La sucesión de negocios con persianas bajas, la proliferación de locales de empeño de alhajas y las colas de taxis estacionados que parten con cuentagotas ya no sorprenden ni asustan a ningún mortal en la España de hoy.
El drástico ajuste que impulsa el gobierno provoca incertidumbre
El verdadero miedo, aquel que paraliza, es la sola idea de perder el tren del Primer Mundo, y se refleja en las tapas de los diarios, en las discusiones en las oficinas, en los bares y las calles de la ciudad, donde nada ni nadie puede escaparle a la amarga sensación de incertidumbre que siguió al anuncio del ajuste más brutal en la historia reciente del país.
El recorte oficial de 15.000 millones de euros en el gasto público, proyectado el miércoles pasado por presión de los mercados internacionales para intentar cerrar el abismo de un déficit fiscal de dos dígitos, fue el detonante que pareció acabar con la paciencia de muchos españoles.
Aunque el apoyo de las centrales sindicales al gobierno y el “efecto anestesia” generado por el amplio seguro de desempleo español conspiran aún contra la realización de grandes protestas populares, el “quiebre” del presidente José Luis Rodríguez Zapatero terminó por profundizar la percepción de vivir un antes y un después de una crisis inédita.
España pasó del sueño dorado al ajuste; de la ostentación al ahorro. Todo eso, en muy poco tiempo.
“Hace dos años me ofrecían créditos hasta para dar la vuelta al mundo, y los empleados de los bancos no te dejaban ir hasta que no te convencían de que debías aceptarlo”, dice LA NACION a Alvaro Iturbide López, integrante, desde la semana pasada, del grueso de los 4,6 millones de desocupados que dependen del seguro de desempleo para asegurar su subsistencia.
“Hoy estoy agradecido de que no tomé ni ese ni otro préstamo superfluo, pero estoy preocupado porque no sé cómo voy a hacer para terminar de pagar la hipoteca de mi único departamento, que es mi hogar”, agrega.
Pero su desazón no es una experiencia exclusiva del gran número de desempleados que existe hoy en día en España.
Tras conocerse la intención del gobierno de recortar las remuneraciones de los empleados públicos un 5% en promedio, crece en general la preocupación por la posibilidad de nuevas medidas que avancen sobre sueldos y los beneficios del todavía frondoso sistema de contención social. Todo eso amenaza con alejar aún más a los españoles de sus abandonados sueños de prosperidad sin límites, tan al alcance de la mano apenas un año atrás.
Aprendizaje forzoso
“Fuimos aprendiendo desde 2008, y en forma acelerada, todas las malas palabras de la economía: desocupación, deflación, caída del crecimiento, freno del consumo… y ahora, además, nos desayunamos con el «ajuste»”, afirma José Antonio Solá, un jubilado de 68 años.
“Yo creo que ya nos hemos graduado de especialistas en crisis, aunque todavía nos falta aprender mucho más”, comenta, mientras señala, desde el madrileño Puente de Toledo, las excavadoras que ahora parecen dormidas a la vera del río Manzanares. Los trabajos de restauración del entorno del río también serían alcanzados por la crisis.
Si bien horas antes de anunciarse el plan de ajuste se inauguró un nuevo tramo de las obras de restauración del entorno de la vía fluvial, el gobierno ya adelantó que la obra pública va a sufrir el mayor recorte. Serán 6045 millones de euros menos. El único proyecto que tendría su continuidad garantizada es la del tren de alta velocidad entre Madrid y Valencia, que circulará a partir de fines de este año. Pero sobre el resto aún no se sabe nada.
“Ni el mismo rey es más misterioso que nuestra situación económica en estos momentos, aunque yo creo que ni nuestros gobernantes saben qué van a hacer”, protesta este ex empleado de ferrocarril.
Sin embargo, en las últimas horas, desde el poder no ha habido empeño en demostrar lo contrario.
Ante la presunta falta de respuestas claras sobre el alcance de los recortes, la vicepresidenta primera, María Teresa Fernández de la Vega, ensayó anteayer una explicación que sería muy comentada por los medios locales.
“Hacen falta recortes excepcionales para atender una situación excepcional”, deslizó, con su aplomo habitual, la número dos de Moncloa y siempre número uno en la administración socialista de Rodríguez Zapatero a la hora de enfrentar a la prensa.
Escepticismo en alza
Sin embargo, la gran excepción esta vez fue el fracaso de la funcionaria en convencer a personas y mercados de que la gran poda millonaria servirá para hacer reverdecer en el corto plazo a la reseca economía española.
Sus palabras fueron seguidas por el mayor derrumbe del año de la bolsa madrileña, además de crecientes versiones de la primera huelga general en ocho años y la sugerencia de los organismos de crédito internacionales de practicar un ajuste todavía mayor para poder llevar a cifras honrosas el déficit público de 11,2% proyectado para este año.
Pero las consecuencias de sus declaraciones tienen sin cuidado a Felipe Suárez, uno de los tantos taxistas que aprovechan los alargados tiempos de espera en las colas formadas en las paradas para leer de punta a punta los diarios gratuitos.
“Para mí, la palabra «déficit» no es nueva. Hace un año y medio, tenía una recaudación diaria que, como mínimo, orillaba los 250 euros”, afirma.
“Hoy tengo que estar contento si logro recolectar 150, de los que tengo que deducir una buena parte para poder pagar la cuota del crédito de la licencia del taxi, que me costó 180.000 euros. Si lo mío no es saber de déficit, vamos, ¿qué es?”, pregunta.
La respuesta, una vez más, es la gran ausente en estos días.
Adrián Sack
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