En nuestros días, la cultura del remake está demasiado extendida, es un fenómeno que no podemos frenarlo, evitarlo o siquiera ignorarlo, se da en la televisión, en la literatura y en el cine, pero cuando un estudio decide atreverse con este reto de contarnos una historia ya conocida por el público debería partir de un principio muy básico y sencillo y pensar en: ¿Qué aporte nuevo tiene a lo ya visto? ¿Cómo se puede marcar la diferencia y preservar la propuesta original?

El resultado, no hace falta ni decirlo, elude totalmente la subversiva distopía ochentera de Paul Verhoeven, más vigente hoy que nunca en sus ideas, en su contexto y en su acertado, fresco y ultraviolento tono de sátira política.
Este director supo aportar a su visión de Robocop su propia personalidad como cineasta, una máxima negada o rechazada por Jose Padilha en el presente siglo XXI para acabar construyendo un filme de acción rutinario, típico y tópico y, en consecuencia, totalmente hueco y prescindible.
Por desgracia, este rejuvenecido Robocop se queda en una simple revisión de latonería y pintura, lo que en términos hollywoodenses suelen llamarse una “actualización”, desguazando el potente motor de antaño para sustituirlo por un corazón artificial que late como una película de superhéroes del montón, con una farragosa e inocua génesis que ocupa todo el metraje de la película.
La versión de Robocop de Jose Padilha intenta dar una mayor fuerza a la dualidad hombre y máquina, ya presente en la cinta de Paul Verhoeven, pero los recovecos por los que se mueve son callejones sin salida y no conducen a ningún sitio, en algún momento parecen rozar un halo de humanidad pero no logran materializar eso en una conexión más abierta y sincera con el espectador.
Para muestra acá traigo a colación una de las opiniones de uno se los asistentes a este film, él se hace llamar Checho “Me parece que el protagonista no era el más indicado, y se dejó robar protagonismo de actores como Gary Oldman. No sentí esa cercanía de él con la familia, a pesar de haber sido ellos la principal razón por la que pudo sobreponerse al control en que lo tenían. Creo que faltó más acercamiento y atención en la historia familiar detrás del androide. Además, el final – bajo mi perspectiva- fue un poco apresurado y cortaron el esperado reencuentro”
En definitiva, Jose Padilha acaba dando más vueltas para intentar llegar al mismo punto que lo hiciera Paul Verhoeven, pero encima ni siquiera lo logra, acabando por desembocar la película en un final plano, carente de suspense y con las bajas mínimas que puede garantizar la calificación por edades.
Otro aspecto que no lleva a ningún lado, son los primeros compases de la historia, tomando reminiscencias del “cine documental” de Neill Blomkamp, nos engaña para hacernos creer que hay un plan y una hoja de ruta en el despersonalizado intercambio de tiros. Pero por no destacar, este Robocop no destaca ni en su tratamiento de la acción y el espectáculo, escasa, anodina y, por supuesto, limpia como una patena. Los actores se muestran voluntariosos, intentan sacar petróleo de un guion con menos matices de los que intenta aparentar.
En resumen, el Robocop de Jose Padilha viene a ser el prototipo de cine espectáculo de hoy en día, eminentemente efímero, tan pendiente de no herir susceptibilidades que evita asumir cualquier riesgo y acaba dejándose la personalidad y el corazón por el camino.
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