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La realidad del Medellín

Por: Mauricio Correa

Mauricio Correa La oveja roja de la familia WEBP 1
La realidad del Medellín

Resumen: Después del partido entre Independiente Santa Fe y el “Rey de corazones”, en el que los capitalinos se impusieron con un solitario gol de Víctor Moreno, el ambiente en los alrededores del estadio de Ditaires y en las conversaciones de los hinchas era de hastío.

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Después del partido entre Independiente Santa Fe y el “Rey de corazones”, en el que los capitalinos se impusieron con un solitario gol de Víctor Moreno, el ambiente en los alrededores del estadio de Ditaires y en las conversaciones de los hinchas era de hastío.

No era solo la derrota. Era la sensación de siempre: un equipo que no convence, que no transmite y que parece caminar sin rumbo claro. En medio de ese malestar me encontré al tío Vanegón alegando con unos hinchas por el incidente ocurrido al ‘hermano’ Daniel Torres. Luego de calmarlo lo invité a una cerveza y lo que sigue es la recreación de ese encuentro.

—Mauro, ¿usted vio lo mismo que yo? —arrancó el Tío Vanegon, todavía con el ceño fruncido—. Esa defensa no da ninguna seguridad. Cada balón que llega al área es una lotería. No hay contundencia, no hay anticipación, no hay orden. Parece que juegan a ver quién falla menos, y así no se puede.

Asentí con la cabeza, tomando un buen sorbo de mi cerveza.

—Exacto, Tío. La zaga está desprotegida y descoordinada. No hay un líder que ordene, no hay líneas cortas, no hay esa agresividad que históricamente caracterizó al Medellín. Y arriba… mejor ni hablar. No hay delanteros que definan. Se generan algunas llegadas, pero la definición es un drama. Y lo más triste es esa esperanza que nos están vendiendo: un jugador que lleva seis años parado y todavía no se concreta su debut. ¿Hasta cuándo vamos a vivir de promesas que nunca llegan?

El Tío Vanegón soltó una risa amarga.

—Eso es lo que más duele. Uno entiende las lesiones, los procesos y para acabar de ajustar tenemos un equipo que sigue sin un nueve, que mate los partidos, sin un hombre de área que genere respeto. Y no es solo eso. Físicamente el equipo está mal preparado. Se les nota el cansancio temprano, las recuperaciones lentas, la falta de intensidad en los duelos. Parece que el preparador físico y el cuerpo técnico no logran sacar el rendimiento que se necesita en esta altura de la competencia.

Me incliné hacia adelante como tratando de contarle un secreto al tío Vanegón.

—Y ahí entra la dirección técnica de Amaranto Perea. Yo respeto la trayectoria del hombre, pero lo que se ve en la cancha no enamora. No hay una idea clara de juego. El equipo no tiene una estructura táctica que le dé tranquilidad al hincha. Un día intenta una cosa, al otro cambia, y al final queda la sensación de que improvisan. Cuando el Medellín era grande, el hincha salía del estadio soñando con el título. Hoy sale preguntándose si el próximo partido será menos malo.

—El bajo nivel de muchos jugadores también pesa —añadió el Tío—. Hay nombres que están muy lejos de su mejor versión. Algunos parecen desconectados, otros no responden a las exigencias del club. Y eso se nota en la desmotivación de la hinchada. La gente está cansada de ver siempre lo mismo: promesas, cambios de nombres, discursos y resultados que no llegan. La incertidumbre se come la ilusión. Un equipo que no genera confianza difícilmente puede soñar con pelear un título de verdad.

Miré alrededor a los hinchas que seguían molestos y dirigiéndome al tío Vanegón le hablé más bajo, casi como un lamento:

—El hincha del Medellín no pide milagros. Pide identidad. Pide que el equipo salga a competir con garra, con orden y con jugadores que se entreguen de verdad. Hoy no se ve eso. La defensa no cierra, el ataque no define, el físico no acompaña, la táctica no convence y la dirección técnica no logra transmitir una idea que ilusione. Así es muy difícil.

El Tío Vanegon terminó su cerveza y se levantó.

—Ojalá alguien en el club esté escuchando. Porque la realidad del Medellín hoy es dura: un equipo sin estructura, sin seguridad defensiva, sin definición arriba, físicamente irregular y con una hinchada que empieza a perder la fe. Y sin fe, Mauro, no hay título posible.

Me despedí del tío Vanegón con un apretón de manos. Ambos sabíamos que el diagnóstico era crudo, pero necesario. Porque el ‘Poderoso de la Montaña’ no se merece vivir de esperanzas eternas ni de promesas que nunca se concretan. Se merece un equipo que juegue con identidad, que dé tranquilidad y que vuelva a hacer soñar a su poderosa hinchada con un nuevo título. Por ahora, la realidad es otra. Y duele.

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Redacción Minuto30

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