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Una regla tremendamente particular

Por: Fuad Gonzalo Chacón

Una regla tremendamente particular

Resumen: Ya saben, si en su próximo viaje a la Torre Eiffel ven una pistola decomisada junto a un ejemplar de “La Ilíada” o “Lo que el viento se llevó”, respiren tranquilos, están seguros

Este resumen se realiza automáticamente. Si encuentra errores por favor lea el artículo completo.

Quien hoy pasee bajo la Torre Eiffel notará que el monumento no es exactamente el mismo de hace algunos años. Y es que la renovación que acaban de concluir ha convertido el área bajo su base en una suerte de espacio reservado en lo que antes era una plazoleta abierta al público donde la gente caminaba de la mano y los vendedores ambulantes exponían sus baratijas. Ahora el comercio se mantiene, pero ha mutado en restaurantes de lujo que te piden reserva con meses de anticipación, food trucks a precio de concierto, locales para souvenirs de alquiler elevado y, por supuesto, un control de entrada que filtra a los asistentes que ingresan al recinto.

Y es justamente allí, en aquel puesto de control, y mientras esperábamos nuestro turno para ser requisados, que con mi chica nos percatamos de una regla tremendamente particular en el panel de instrucciones que indica los objetos que tienen prohibida la entrada al recinto. La lista es variopinta y va desde las clásicas armas blancas o de fuego hasta cosas mucho más contemporáneas como los drones o los láseres de bolsillo. Pero allí, al inicio de la segunda fila de íconos había uno de un libro que ponía “Racismo-Violencia” y, entonces, como buenos abogados que somos a tiempo completo, quedamos perplejos ante la peculiaridad de dicha restricción y con muchas preguntas sobre lo difícil de forzar su cumplimiento.

Partamos del mínimo fundamental de que el racismo y la violencia son males detestables que nadie quiere y que deberían ser erradicados de la Tierra, hasta ahí todos alineados. Pero vetar la entrada de libros racistas o violentos a la base de la Torre Eiffel representa un desafío técnico que implicaría tener un conocimiento, siquiera somero, de más o menos todos los libros del mundo para saber si se pueden clasificar como tales o no, y capacitar a sus agentes para identificarlos en las múltiples lenguas de los turistas que visitan el Campo de Marte. Una pesadilla logística que ya sólo desde un punto meramente conceptual echa al traste cualquier iniciativa de este tipo incluso antes de su implementación.

Luego viene lo más delicado de todo: trazar la línea de lo que consideramos “racista” o “violento”, y aquí es donde proliferan las dudas de todos los colores: ¿Se tratará sólo de textos que fomenten el odio directo contra determinados grupos étnicos o también aquellos que reivindiquen doctrinas antirracistas que están bajo ataque en algunos países? ¿Perseguiremos algún tipo de violencia en particular u optaremos por un baneo amplio de cualquier tipo de violencia que está presente en prácticamente todos los libros en alguna medida? ¿Habrá una lista taxativa de títulos o habrá margen para juzgar basándose sólo en la portada? ¿En caso de duda, los agentes se sentarán a leerlo antes de emitir un veredicto? Complicaciones que hacen casi inviable la aplicación de esta norma.

Ya saben, si en su próximo viaje a la Torre Eiffel ven una pistola decomisada junto a un ejemplar de “La Ilíada” o “Lo que el viento se llevó”, respiren tranquilos, están seguros.

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Redacción Minuto30

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