Resumen: La figura del Putas de Aguadas no es solo la de un hombre parrandero o peleador; es un arquetipo que encierra una filosofía de vida muy profunda, arraigada en la identidad del arriero y la colonización antioqueña.
Por azares del destino, hoy han vuelto a mi memoria los relatos de mi padre. Lo recuerdo llegando a la casa con el periódico bajo el brazo; tras un breve descanso, se sentaba en la sala a fumar y a leer. El humo de su cigarrillo se iba hilvanando con sus historias.
Aunque era un hombre recio y, en ocasiones de temperamento difícil, poseía el don de narrar anécdotas y experiencias de vida, su palabra tenía la magia de los antiguos narradores. Oriundo de Abejorral, en el oriente antioqueño, su oficio de arriero lo llevaba a cruzar la cordillera con su recua de mulas; era así como por desfiladeros, ríos y pantanos transcurrían sus días hasta llegar al municipio de Aguadas donde dejaba la carga.
Fue allí, en ese destino de sombreros, carriel y alpargatas, donde conoció a mi madre, se enamoró y formó nuestra familia. Un día, mientras saboreaba una rica “agua sal” que le hacía mi madre, le escuché hablar del “Putas de Aguadas”. Quiero aclarar que, lejos de ser un insulto o una grosería, este apelativo es un superlativo de admiración: representa la capacidad, el arrojo y la berraquera de un hombre que no se detiene ante nada, cuya valentía y tenacidad se fueron convirtiendo en leyenda viva en aquellos caminos de herradura.
Con el pasar de los años, mi padre dejó la arriería y se volvió cantinero, es decir, tenía su propio negocio donde pululaban los borrachos, los jugadores de dados y los gotereros. Algo curioso era que cuando los campesinos bebían cerveza, no dejaban retirar de la mesa las botellas, esto porque para ellos, la cantidad de envases vacíos era un trofeo de hombría; se creía que las mujeres pasaban y con mirar las mesas, sabían cuál de todos era más macho.
Lo que más me impactó de aquellos relatos fueron las peleas a machete o peinilla que narraba mi padre; en medio de bocanadas de humo que salían de su boca como si fuera un dragón, decía que constantemente había desafíos entre campesinos que en medio del licor resultaban peleando; un duelo a machete no era una riña desordenada, no, se trataba de una danza macabra y mortal, donde la sangre corría dejando a su paso brazos, piernas o cabezas mutiladas.
Mi padre decía que en Aguadas se sabía «volear» machete, pero que «el Putas» era un maestro: conocía los veintitrés pasos del manejo de la hoja y parecía bailar mientras se enfrentaba a varios hombres a la vez. Nadie lograba vencerlo.
Hablar del Putas de Aguadas es entrar en ese terreno difuso donde la historia real se encuentra con la mitología paisa. Contaba mi padre que, en una ocasión, una recua de mulas quedó atrapada en un lodazal cerca del río Arma. Mientras las bestias se hundían y los arrieros se desesperaban, apareció él: el Putas. Evitando que la carga se perdiera, sin decir una sola palabra, se echaba al hombro tres o más bultos, mientras los demás miraban estupefactos; con un silbido, que parecía un conjuro, logró sacar las mulas del lodo y continuó su camino sin pedir un centavo de recompensa. Lo cierto fue que, tras muchos intentos fallidos, solo el Putas pudo rescatar la carga y los animales. En el pueblo todos sabían que después de sus actos heroicos, desaparecía entre los cafetales sin dejar rastro alguno.
Una historia más fue que el Diablo, envidioso de la fama que el Putas cosechaba día tras día, lo emboscó en un recodo del camino real, entrando al municipio de Aguadas. Con astucia, el maligno se transformó en un forastero elegante de botas relucientes, traje almidonado y un finísimo sombrero aguadeño. En cuanto divisó al Putas, se lanzó sobre él desafiándolo con su acero.
Sin inmutarse, el Putas desenvainó su peinilla afilada y comenzó a ejecutar la danza de los veintitrés pasos. Cada vez que el Diablo lanzaba un tajo para ensartarlo, el Putas realizaba un «quite» tan perfecto que el metal chocaba con las rocas, sacando chispas que estallaban como pólvora. Humillado por la destreza de aquel mortal, el Diablo se hundió en la tierra, dejando tras de sí un hedor a azufre que, según cuentan los viejos, todavía se siente cuando el sol calienta el barro del camino.
Leyendo y preguntando sobre el “Putas de Aguadas”, pude entender, desde una perspectiva cultural, que el término es una evolución lingüística. Los colonizadores españoles trajeron a estas tierras el miedo como herramienta de dominación con capacidad de doblegar; “El Patas” (el diablo) fue importado de España con fines claros de sometimiento.
El arriero antioqueño, en un acto de rebeldía y orgullo, transformó ese pavor en desafío: si el demonio era «El Patas», aquel hombre capaz de vencerlo, de cruzar cordilleras y domar la montaña, tenía que ser superior a él. De esa metamorfosis del miedo nació «El Putas», y nació en Aguadas. La figura del Putas de Aguadas no es solo la de un hombre parrandero o peleador; es un arquetipo que encierra una filosofía de vida muy profunda, arraigada en la identidad del arriero y la colonización antioqueña.
Pd; visitar Aguadas es nutrirse de aquellas historias colonizadoras, donde “Antioquia la Grande” se abría paso a punta de hacha y machete.
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