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Hablar y hablar…  

Por: Carlos Mario Cortés Rincón

Hablar y hablar…  

Resumen: “Guarapazo” no es un término técnico ni jurídico; es popular, corporal y sobre todo muy sonoro. Las palabras populares no son “vulgares” ni “inferiores”; son depósitos de memoria colectiva

Este resumen se realiza automáticamente. Si encuentra errores por favor lea el artículo completo.

Hace pocos días, el alcalde de la ciudad de Medellin, Federico Andrés Gutiérrez Zuluaga (Fico), refiriéndose a la salida de algunos cabecillas de bandas y grupos delincuenciales para llevarlos a una tarima con efectos políticos y así favorecer al gobierno central dijo, “Los criminales no merecen tarimazos, merecen guarapazos de parte de la Fuerza Pública” (febrero 20 de 2026). Cuando escucho guarapazo, llega a mi mente la idea de un golpe fuerte, seco y estruendoso; guarapazo es una palabra que se siente en todo el cuerpo con solo pronunciarla. Inmediatamente pensé en un golpe físico contra algo o contra alguien, algo así como, “se dio un guarapazo o le dieron un guarapazo”. También se habla de guarapazo cuando se bebe un trago fuerte, “tómese un guarapazo”. Es de anotar que los grupos culturales tienen su forma de hablar y entenderse, no es lo mismo escuchar hablar a un venezolano que, a un pastuso, ambos usan palabras que de generación en generación fueron creando ese acervo comunicacional que solo ellos reconocen.

Lo que quiero decir es que existen vocablos que conectan con la ciudadanía, permitiendo una identificación verbal; y es que el lenguaje no es solo un código de comunicación sino un vehículo de identidad y memoria afectiva. En este caso el político se desplaza del lenguaje institucional al lenguaje del pueblo, buscando una identificación emocional. “Guarapazo” no es un término técnico ni jurídico; es popular, corporal y sobre todo muy sonoro. Las palabras populares no son “vulgares” ni “inferiores”; son depósitos de memoria colectiva. Cuando alguien las usa en un escenario formal, activa una red de emociones compartidas. Debemos tener en cuenta que en Colombia —y especialmente en regiones como Antioquia— el habla popular es un marcador identitario fuerte. Decir “guarapazo” en lugar de “acción contundente de la fuerza pública” cambia el registro comunicacional, pero no la idea.

Puede ser que el alcalde como buen antioqueño lo haga de forma natural o que tenga a su lado buenos asesores, es decir, no necesariamente es autenticidad; puede ser estrategia comunicacional, pero funciona. En este caso el discurso dejó de ser distante y se volvió familiar; la autoridad se humanizó, haciendo del alcalde un vecino más.

Pensando en esa forma de hablar cotidianamente sin adornos ni prejuicios, vinieron a mi mente varias palabras, una de ellas cuchichear, palabra sonora que se refiere a hablar en voz baja, generalmente para que los demás no se enteren de lo que se dice. A diferencia de un simple susurro, el cuchicheo suele tener una connotación de complicidad, chisme o misterio entre dos personas, algo así como un misterio, un murmullo; se trata de crear intriga sobre algo o alguien. Se hace referencia a una palabra que crea complicidad, de ahí que se hable de murmurar. Algún día en clase le dije a mis estudiantes, “dejen ese cuchicheo y concéntrense, por favor”. Recuerdo que mi madre decía, cuando en la casa mis hermanos y yo estábamos muy necios, “dejen de machoniar” Mi madre se refería a esa forma tosca o brusca de jugar entre amigos o familiares; no se trata de peleas reales, sino de forcejeos o empujones amistosos.

Muy similar al verbo anterior está recochar. Recochar es un verbo intransitivo, usado principalmente en Colombia, que significa divertirse, bromear, hacer chistes o pasar un rato agradable con amigos o familiares, a menudo causando alboroto. Recochar es un verbo que vibra. No es solo “bromear”, es un estilo de vida temporal donde el orden no existe. Cuando se está recochando generalmente se habla cháchara, y hablar cháchara es hablar de cosas o asuntos insustanciales, sin importancia, cuando se habla mucho, pero no se dice nada. Mientras que cuchichear es hablar secreto y recochar es desorden, la cháchara es puro hablar por hablar.

Para completar el ruido que hacen estas palabras vino a mi mente Chilguetear o chilguetiar, como se pronuncia en la calle, un verbo que salpica con solo escucharlo. Es un término muy colombiano, especialmente de la región Andina. “El bus pasó rápido y me chilguetió todo el pantalón”; muy parecido a salpicar.

Quiero dejar claro que las palabras no son simples sonidos que se lanzan al aire: son huellas de historia, territorio y afecto. “Guarapazo”, “cuchichear”, “machoniar”, “recochar”, “chácharear” o “chilguetear” no aparecen en los discursos técnicos ni en los manuales jurídicos, pero sí viven en la cotidianidad de la gente. Son vocablos que cargan ritmo, color y memoria; que evocan escenas familiares, patios de colegio, calles de barrio y conversaciones de esquina. Cuando un líder público recurre a ese lenguaje, no solo cambia el tono: acorta distancias y activa una identidad compartida. Al final, más allá de la intención —espontánea o estratégica— lo cierto es que el lenguaje revela cercanía o distancia, humanidad o frialdad. Y quizá por eso estas expresiones siguen vigentes: porque nos nombran, nos representan y nos recuerdan que, antes que discursos elaborados, somos memoria viva que se transmite, simplemente, hablando y hablando.

 

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Redacción Minuto30

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