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Asesinar a un niño es dinamitar la paz

Por Iván de J. Guzmán López

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Nada puede inspirar tanta ternura, como un niño. Un niño es la pureza, es la mirada celeste sobre las cosas del mundo, los brazos tendidos a la vida como caricia divina. Un niño es la plena armonía, la arquitectura del universo, el verso, el verbo que se hace carne.

Asesinar a un niño es como dinamitar la paz; la paz del corazón, la paz de la casa, la paz del campo, la paz de la oración; la paz del rio que riela “alegre y garrula, cantando su cantar”. Nada tan parecido a la paz como los ojos de un niño, el corazón de un niño, la sonrisa de un niño humilde y poderoso en su fragilidad. Se dinamita la paz cuando se asesina un niño.

Esta semana fue, tal vez, en el largo historial de los violentos, y nuestra vida republicana, la semana más oscura de nuestra historia.  El mundo todo se espantó con el ataque terrorista que acabó con la vida de los niños Daniel Estiven Duque, de sólo 12 años de edad, y la pequeña Ivanna Salomé Rangel Molina, quien a sus escasos cinco años de edad, dejó una huella imborrable entre sus seres queridos y el corazón de sus compañeritos, que la recuerdan como una niña generosa y alegre. Adicional, el balance deja 39 personas lesionadas, recordando épocas cuando Pablo Escobar ordenaba atentados sobre el cuerpo de Colombia, sin reato alguno de conciencia.

El rechazo del mundo civilizado, fue unánime. Nuestro Juanes, allende el mar, trinó: “Me parte el alma el asesinato de los dos niños en ciudad Bolívar y más ganas me da de partirles el alma a los que lo hicieron. Colombia no debería seguir viviendo estos actos de terrorismo”.

A nivel global, “La Organización de Naciones Unidas, ONU, rechazó el atentado terrorista en Ciudad Bolívar (Colombia) que le costó la vida a dos menores de edad y pidió al Gobierno Nacional que se avance en las investigaciones para dar con el paradero de sus autores”.

El vesánico crimen también generó el rechazo de la Embajada de Estados Unidos: “Condenamos enérgicamente el horrible atentado terrorista en Ciudad Bolívar que ha causado la muerte de 2 niños y ha dejado 39 heridos. EE. UU., está junto a Colombia y reafirma su solidaridad con el gobierno y el pueblo colombiano», señaló Philip Goldberg, embajador de Estados Unidos en Colombia.

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Asesinar a un niño, es cortar la vida. El mundo, que envejece a pasos rápidos encuentra en los niños la esperanza. Triste es mi patria y es vergüenza que el mundo vea cómo asesinan a nuestros niños. La belleza del mundo, de las cosas y de los seres es plena cuando se puede relacionar con la infancia. El poeta Porfirio Barba Jacob, no es ajeno a lo que afirmo, cuando dice en su poema, Los niños:

“Los niños son tranquilos y suaves:

trino en la noche, lampo de la aurora

sus risas puras y sus ojos graves.

Divinamente saben la canción

del prodigioso ritmo sub-oído

que hace regocijar el corazón;

y en los brazos abiertos de la noche

gustan la maravilla del olvido.

Y olvidan luz y amor y goce y pena,

y la trisca pueril en los senderos,

donde se imprime en la menuda arena

el tibio rastro de sus pies ligeros.

O si apunta la luz del día infante

de Navidad, cuando el rocío es miel,

se lanzan en un ímpetu anhelante

por ver al niño y por jugar con él.

Y juegan armoniosos, arrecidos,

y cantan embebidos

coros enardecidos…

pide amor -¡entre duelos!- sus júbilos y coros,

y ellos, ricos del reino de los cielos,

jamás economizan sus tesoros.

En sus almas recónditas se inicia

una virtud humana que aún se esconde;

mas cuando llega la ocasión propicia

y un genio llama, esa virtud responde…

¡Niños! He aquí la luz del día eterno

de Navidad, cuando el rocío es miel.

¡Id hacia el mundo en ímpetu fraterno

por ver al Niño… y jugaréis con él!”

 

Sería vergüenza para mí –y para mi país–, si el poeta Antonio Machado, se enterase de que en Colombia matan a los niños, o los obligan a matar, forzados a ir a la guerra. Sería triste apagar su canto de infantil ternura:

“Yo conocí siendo niño,

la alegría de dar vueltas

sobre un corcel colorado,

en una noche de fiesta.

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En el aire polvoriento

 

chispeaban las candelas,

 

y la noche azul ardía

 

toda sembrada de estrellas.

 

Alegrías infantiles

 

que cuestan una moneda

 

de cobre, lindos pegasos,

 

¡caballitos de madera!”

 

Leí alguna vez en una crónica de El País de España: “Es un espectáculo, una verdadera orquesta silenciosa, más hermoso que una puesta de sol o que una lluvia de estrellas. El movimiento de los párpados, la respiración entrecortada por repentinas inspiraciones hondas, las manitas cerradas o abiertas. Es la despreocupación y la vulnerabilidad infinita del que tiene frío y no sabe taparse, del que acaba en el suelo sin ni quisiera despertarse. Su naturaleza le susurra misteriosamente que está a salvo, en las pupilas de su madre, de su padre. Perdido en sus sueños, parece que haya conseguido superar las fuerzas de la gravedad volando en el mundo de los dulces sueños”.

En mi juventud, hubo un grupo que cantaba con ternura, casi con pasión, una hermosa composición que aún hoy se llama El Vendedor, y que en una de sus estrofas, dice: “¿Quién quiere vender conmigo la paz de un niño durmiendo?, la tarde sobre mi madre, Y el tiempo que estoy queriendo”.

El niño, es el ser más amado, en su íntima pureza, en lo sublime de su ser desvalido, en el rosicler de ternura que se dibuja en su rostro; en el vuelo de sus manitas que se mueven como aspas, para alabar a Dios.

Qué triste es morir dinamitado ¡de 12 años!, ¡de 5 años!

Qué triste es saber que a tantos pregoneros de la  paz, que a tantos que se autoproclaman legitimadores del camino de la paz, no les duela dinamitar a nuestros niños. Qué triste es saber que el terrorismo está seguro que busca la paz cuando dinamita a nuestros niños. Y Qué triste que tantos “progresistas e intelectuales de un nuevo porvenir”, Legitimen y justifiquen estas cosas horrendas desde la comodidad de sus oficinas y el degustar del vino dulce, que en el contexto sagrado es signo de paz.

¡Asesinar a un niño, es dinamitar la paz!

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