Los retos del Nuevo Liberalismo

Por: Jorge Mejía Martínez

La reaparición del Nuevo Liberalismo en el escenario político despierta expectativas. Pertinente la decisión de la Corte Constitucional de devolver su personaría, como también debiera ocurrir lo mismo con Colombia Humana y Oxigeno verde. Fue toda una odisea la protagonizada por la familia Galán luego de múltiples negativas hasta que, por fin, coronó. Ahora sigue lo bueno, diseñar un proyecto político lo suficientemente sólido para garantizar la permanencia del logro alcanzado ante el alto tribunal.

Lo cierto es que en materia de propuestas hay muy poco que agarrar. Juan Manuel Galán ha sido audaz con el tema de buscar una salida de fondo a la debacle de las drogas, importante pero insuficiente. Esperamos una convocatoria que además de recoger las banderas de la transparencia en el ejercicio político y la no corrupción pública, que caracterizaron a Luis Carlos Galán, ponga sobre el tapete el modelo económico y social que garantice la lucha cierta contra la pobreza y la desigualdad en Colombia.

No ahondar hasta allí, es dar por perdida la reaparición del Nuevo Liberalismo. No se trata simplemente de repetir las viejas proclamas del inmolado dirigente, ni recoger la vieja dirigencia del NL regada en varios partidos o en el ostracismo, sino de ofrecer nuevas identidades alrededor de los asuntos más gruesos de este país, una esperanza naufragada desde partidos, tradicionales y recientes. Buena parte de esa vieja dirigencia en vías de resurrección con la nueva personería, ha sido coparticipe del forjamiento del país excluyente, no sostenible, corrupto e injusto que lamentamos hoy.

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Los voceros del NL han anunciado que continuarán en el bloque de la esperanza, la coalición que se reclama del centro y la no polarización. Ejercicio fácil y cómodo porque rehúye la confrontación, mucho más si a ese espacio se puede llegar sin enarbolar comprometedoras propuestas. Es lo que hemos visto hasta ahora. La problemática tan álgida de Colombia reclama asumir posturas de fondo, sin temor a la polarización y a la confrontación en la deliberación pública.

Acorde con la magnitud de los retos que anclan sus raíces en las estructuras económicas, sociales, ambientales, culturales e institucionales, que solo fomentan el escepticismo en los sectores llamados a echarle el hombro a la construcción de un nuevo país y que en los últimos meses solo han tenido las calles para expresarse, los jóvenes. En Colombia nadie habla de socialismo o comunismo como propuesta política, como debe ser. Pero sí de un capitalismo donde quepamos todos por la generación de oportunidades, y no solo para unos pocos, los privilegiados del sistema, como ocurre ahora.

Estamos en el año de la conmemoración de los 200 años de vida republicana, después de más de 300 años de vida colonial. En esta república bicentenaria arrastramos todavía herencias coloniales que se expresan, por ejemplo, en la absurda concentración de la propiedad de la tierra, acrecentada por la recurrente violencia en el campo.

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De los 43 millones de hectáreas con uso agrícola, 34,4 se dedican a la ganadería y 8,6 a la agricultura, a pesar de que 22 millones son aptas para cultivar. De Los predios de más de 1000 hs, 87 % están al servicio de la ganadería y el 13 % de la agricultura. En los predios menores a 5 hectáreas, el 55 % se dedica a ganadería y el 45 % a agricultura. Los monocultivos predominan. Un millón de hogares campesinos viven en menos espacio del que tiene una vaca (cifras de Oxfam). Sobra hablar de la magnitud de la informalidad rural.

Colombia en toda su historia no ha dejado de depender del sector primario de la economía, de lo que da la tierra como materias primas, cultivos, extracción de minerales y combustibles, sin mayor valor agregado, con un sector secundario, propio de la industria, cada vez más impotente para compensar la deficitada balanza comercial y un sector de servicios donde el aparato financiero se harta de crecer mientras, insaciable, chupa la sangre de todo el sistema económico.

El NL tiene el reto de encontrar las respuestas a estos y otros interrogantes de fondo, que hasta ahora, solo Gustavo Petro se atreve a esbozar. Ellas, las respuestas, valen más que el temor a la polarización y a la confrontación en el campo de las ideas y los programas.

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