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Opinión

No olvidamos a Jaime Sanín Echeverri

Por: Iván de J. Guzmán López

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NUEVO FORMATO Ivan de J Guzman Lopez Sol de Medio Dia

La historia, además de edificar el futuro, nos sirve para recordar con cariño a personas como Jaime Sanín Echeverri. La costumbre intonsa que tenemos los colombianos de desconocer a nuestros connacionales insignias, no va conmigo, y es por esto, y por los tantos motivos que voy a narrar, que la persona de este antioqueño ilustre hace parte de la galería de los inolvidables; al menos, para mí.

El pasado primero de marzo de 2021, se cumplieron 13 años del fallecimiento del escritor Jaime Sanín Echeverri. Hoy quiero recordar, a muchas generaciones, su legado literario y social, no sin antes acotar que la comunidad antioqueña y colombiana, que antes se deshacía en elogios y se inclinaba con reverencia pastoril, ahora ya no lo recuerda. ¡Vea usted!, diría mi santa e inteligente abuela.

Para empezar, digamos que las ideas siempre han sido -y seguramente lo seguirán siendo, quiera Dios- el motor de los pueblos. Consecuente con el aserto anterior, y apoyado en la magnífica biografía hecha por Jorge Emilio Sierra, intitulada Jaime Sanín Echeverri, un humanista integral, puedo afirmar que el doctor Jaime Sanín Echeverri fue pionero de la novela antioqueña, del subsidio familiar y artífice de las Cajas de compensación familiar, cuando, a partir de su ensayo ¿Es posible en Colombia el salario familiar?, publicado a mediados del siglo pasado, y tras una intensa campaña que finalmente recibió el apoyo de la Andi, gremio presidido entonces por José Gutiérrez Gómez, Don Guti, nació, en 1954, la primera caja de compensación familiar de Colombia, Comfama.

La referencia inicial que tuve del doctor Jaime Sanín Echeverri, data de la década del 70, siendo yo un estudiante pueblerino, oteador de horizontes y tocado ya por el finísimo y definitivo tul de la literatura. Dicha referencia fue, cómo no, su celebrada novela Una mujer de cuatro en conducta (1948), la historia de la joven Helena Restrepo, campesina de Santa Elena, hija de Marco Antonio, un agricultor pobre, analfabeta y recatado.

Helena sale de su tierra, en 1936, como consecuencia del abandono del campo, las leyes del mercado -que para entonces ya hacían estragos- y el espejismo de una ciudad, ya agobiada por la presión demográfica, el desordenado crecimiento urbano y la sempiterna violencia colombiana.

Al perder su trabajo como empleada doméstica, por el solo delito de conservar la foto del joven de la casa, recala en una fábrica donde es asediada por compañeros y empleados. Embarazada, se encuentra en la calle; con su niño, termina de mesera en bares y cantinas hasta la llegada de un rico mecenas, por cuya muerte aparece enjuiciada y condenada. Al final de la novela, el hijo de Helena se enrola en una comunidad religiosa y ella aparece en un convento.

Escritores del caletre de Otto Morales Benítez, Abel Naranjo Villegas, Javier Arango Ferrer y Manuel Mejía Vallejo, están de acuerdo en afirmar que Una mujer de cuatro en conducta, constituyó el primer intento de novelar la ciudad y una de las más importantes novelas colombianas en su género “porque con un mínimo de materia narrada logra el máximo de expresión y es un texto que muestra de cerca las pasiones, sentimientos, luchas y agonías que atenazan la vida de los hombres de provincia y los transciende para dejar entrever lo que ellos tienen de universal”.

Nacido en Rionegro, en 1922, el doctor Jaime Sanín Echeverri se presenta a nuestros ojos como un verdadero humanista: abogado, educador, académico, escritor, periodista, diplomático, rector de la Universidad de Antioquia y cofundador del Sena. Redactor de El Pueblo, director de la revista Arco, cónsul de Colombia en Génova y miembro de la Academia Colombiana de la Lengua.

Autor consagrado de: El estudio y la cuestión social (1934), Las misiones en Colombia (1938), la citada Una mujer de cuatro en conducta (1948), Palabras de un viejo maestro (1949), Crónicas de Medellín (1950), el mencionado ensayo ¿Es posible en Colombia un salario familiar? (1953), ¿Quién dijo miedo? (1960), Acercamiento a la universidad (1961), Palabras de un viejo colega (1964), La universidad nunca lograda (1971), Emilio Robledo (1974), La chozna tortuga (1976), Ospina supo esperar (1978), El obispo Builes (1988).

Su más reciente obra: Jesús el de José, es una bella apología. Recibió reconocimientos como la estatuilla Ciencia y Libertad, por su labor para la creación del Icfes, y la medalla Agustín Nieto Caballero, que compartió con el escritor venezolano Arturo Uslar Pietri y el científico colombiano Rodolfo Llinás.

A propósito de su humanismo, bonhomía y don de gentes, el poeta Hernando García Mejía, en una tarde de deliciosos paliques en que regresábamos de Rionegro, luego de una conferencia al alimón, me confió la reveladora historia de cómo su primer empleo como corrector de prueba en la desaparecida Editorial Bedout, reemplazando nada más ni nada menos que a don Benigno A. Gutiérrez, se lo debe al doctor Jaime Sanín Echeverri, cuando este era director del Sena, en 1960. La anécdota apareció, 46 años después, en su libro autobiográfico Salvado por los cuentos, memorias de infancia, juventud y literatura, publicado en septiembre de 2006 por Ghana Editores; en él, se lee:

“Detrás de un inmenso escritorio de refulgente caoba había un hombre blanco, de aspecto noble, cuya edad frisaría los cuarenta años. Me acerqué y le extendí la mano, que estrechó con gesto benévolo y casi paternal.

Ya sentado, completamente distensionado y conversando con tranquilidad, le hablé de su novela, de mi reciente llegada a la ciudad en busca de trabajo, de mi afición impenitente por la lectura, de mis escritos…

Escuchándome con tanta atención como curiosidad, me preguntó si traía, por casualidad, alguno de los tales escritos.

─Sí, doctor -contesté-, feliz de haber tenido la precaución de echarme uno al bolsillo del saco, antes de salir.

─Déjeme verlo, por favor.

Oprimió un timbre, pidió un par de tintos y se concentró en la lectura. Al terminar sacó una estilográfica y, corrigiendo algo en el manuscrito, dijo:
─ Tiene buena madera, joven…
─ Gracias, doctor -respondí-,…

Al cabo de un rato me preguntó en dónde aspiraba a trabajar.

─ En la Editorial Bedout o en El Colombiano -respondí-.

Sonrió, no sé si por mi atrevimiento o por la coherencia entre aptitud y aspiración. (…)”
Sobra acotar que nuestro poeta amigo Hernando García, cumplió una larga y fructífera labor de muchos años en la desaparecida y añorada Editorial Bedout.

Así era el talante humanístico, literario y social del autor de Una mujer de cuatro en conducta, talante casi desaparecido por estos días, donde el altruismo se mide en pesos.

Para ilustración del lector y motivación a leer o releer una novela que fue una revolución literaria en su momento, hagamos un breve comentario a Una mujer de cuatro en conducta, escrita por un hombre, cuya conducta nunca bajó de cinco:

El texto se inicia con la despedida del año viejo de 1930 en Santa Elena, vereda campesina de Medellín. Allí, varias familias amigas de clase media celebran las fiestas de fin de año sin el volumen y la solemnidad de años anteriores. Una atmósfera cambiante y disolutiva aparece en el ánimo de cada uno de los asistentes y en el ambiente de aquel trágico año viejo. Ese encuentro, en el cual se reniega y cuestiona todo porque ya nada es igual, y el inicio de la vida de Helena -la protagonista- en la ciudad, obligada por la miseria y el abandono institucional del campo, son el signo de tiempos aciagos -según el narrador, y a la vez protagonista- que deben padecer los individuos y la sociedad por la imperativa urgencia del cambio y por haber abandonado las formas de vida del pasado.

En medio de esta realidad aparece Helena Restrepo, una ingenua campesina cuya familia se ha desmembrado por razones de apremio económico y que vive sola con su padre en una mísera parcela cultivando flores que nadie quiere comprar. Ella abandona el campo que tanto ama por los mismos motivos que su familia: para ir a trabajar como empleada de servicio doméstico en casa de sus patrones.

Este viaje, desde la bucólica vereda de Santa Elena a la ciudad hostil, es el camino de descenso al infierno en aquel crítico año de 1931. Su vida de sirvienta, las actitudes conservadoras de la clase emergente y las críticas de la nueva clase capitalista, el desarrollo de la clase obrera, las secuelas de la descomposición social producto del naciente capitalismo, los cambios de hábitos de la clase media, derivados todos de la crisis mundial de 1929, que veladamente se sugiere al inicio de la novela con la celebración deslucida, se vuelven recurrentes en el texto. Estos motivos, y otros afines, permiten indicar el carácter realista y testimonial de la novela, sin que se reduzca a esto, de una época en la que confluyen:

Primero, dos formas de vida en el tiempo: el pasado, que se quiere dejar atrás con sus viejas costumbres provenientes de la vida campesina de antes; y el presente, con el que se pretende, para ser contemporáneo de todos los hombres, imitar las modas y costumbres traídas de fuera que dejan un sabor amargo y un desarraigo en el espíritu de esa sociedad.

Segundo, dos modos de producción y de relaciones sociales: la precapitalista, propia de una economía insubsistente, artesanal, como la de la familia de Helena y la de los campesinos de Santa Elena, en la cual predominan relaciones paternalistas que sujetan a los individuos a una tradición y al orden de valores de los patrones, siempre inalterable y que impiden todo progreso; y el modo de producción capitalista que se observa en el funcionamiento de grandes fábricas, en el desarrollo urbanístico y en las nuevas formas de consumo.

El doctor Sanín Echeverri, señor de la vida y de las letras, falleciò el sábado primero de marzo de 2008, en Bogotá, seguramente con la alegría de saber que nos dejaba una buena herencia de humanismo, un buen legado literario y un sistema de compensación fuerte y saludable, que hoy cobija con su manto generoso a millones de colombianos.

Mi maestro Manuel Mejía Vallejo, nos invitaba a leer y a recordar a los grandes de la literatura: “Uno se muere cuando lo olvidan”, nos decía.

Jaime Sanín Echeverri, el gran humanista antioqueño –de Rionegro, para màs señas-, no ha sido olvidado. ¡Al menos por mí!

La opinión del autor de este espacio no compromete la línea editorial de Minuto30.com

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