Muchos años, pocos segundos

Por: Carlos Mario Cortés Rincón

¡Qué paradoja!, un atleta se prepara muchos años para entregarlo todo en pocos segundos, mientras que un corrupto no se prepara para robar toda la vida. Tantas cosas aprendidas cada vez que pasan los Juegos Olímpicos, tantas verdades develadas acerca de la quijotesca realidad que viven algunos de nuestros deportistas. Esfuerzos, angustias y miserias solo sirven de titulares noticiosos cuando se llega al triunfo, de no ser así nunca serían reconocidos, hoy todos quieren fotos con los ganadores.

Déjenme decirles que los medallistas olímpicos, no son fruto del sistema educativo y tampoco de abundantes recursos estatales, lo digo porque al recordar mis años escolares, puedo asegurar que tuve profesores de educación física que nada sabían del área, los ponían en deportes para completarles la “carga” académica; tal vez por eso nos ponían a trotar dándole vueltas a una cancha, y luego nos entregaban un balón para jugar lo que quisiéramos, al mejor estilo del dibujo libre. Está claro que el Estado poco invierte en la educación física de todos los ciudadanos.

Con relación a los Juegos Olímpicos, tema de moda por estos días, es fascinante saber de cambios y transformaciones que estos han tenido. Me llamó la atención que, en Olimpia, ciudad griega del siglo VIII a.C., iniciaron las competencias en honor a Zeus, cuenta la historia que los espartanos, dedicados a la guerra y las justas deportivas, tenían una manera particular de escoger a sus guerreros y atletas.

En una tarima, a manera de reinado de belleza, hombres y mujeres dejaban ver sus cuerpos desnudos, aspirando a ser seleccionados para el ejército espartano y también poder competir en las diferentes competencias deportivas. Quienes eran seleccionados, el Estado se encargaba de toda su manutención con el fin de que no se distrajeran en nada y toda su concentración estuviera en mantener un cuerpo atlético. Nada parecido al tiempo presente donde el Estado colombiano está totalmente desarticulado y se desentiende con los deportistas y sus competencias, sólo se interesan en ellos cuando sus triunfos son trascendentes y dejan el país en alto.

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Con relación al tema, el primero de agosto del año en curso, apareció en el New York Times un buen artículo, escrito por Vanessa Friedman, bajo el título de, “¿Quién decide cómo luce el vestuario de una campeona?”. La idea general es como explicar la cosificación del cuerpo femenino por los vestidos o prendas usadas en su desempeño deportivo, dice Vanessa que resulta casi imposible desligar los conceptos de sexualidad y atleta, esto porque en medio de una competencia, los cuerpos se exhiben, pero, hombres y mujeres no están pensando en seducir a los espectadores, sino en estar cómodamente vestidos. “El desempeño de un atleta es mejor cuando se siente cómodo con la ropa que usa”.

Cuando la liga de fútbol femenino empezó a ganar importancia, las jugadoras exigieron un trato igualitario y unas mejores condiciones salariales, “Sepp Blatter, entonces presidente de la FIFA, sugirió que ellas jugaran en pantaloncillos más ajustados y pequeños para ‘crear una estética más femenina’. La insinuación era que la única forma de lograr que la gente pagara para ver a las jugadoras era vender sus cuerpos”.

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La idea según se lee en el artículo, es que por muchos años se ha dicho que los atletas están para ser vistos, no escuchados, de ahí el control a los atuendos deportivos, en algunos casos por exhibicionistas y otros por recatados. Debe tenerse en cuenta que detrás de toda competencia deportiva hay patrocinadores que algo quieren vender, es por esto que “la cultura del deporte hace que las jugadoras de voleibol playa, parezcan conejitas de playa”, no solo en este deporte sino en otros más.

Después de haber leído el artículo en mención, me quedó la idea de que ya sea por fas o por nefas, o también por exceso o defecto, esto del vestuario en el deporte es un tema bastante complejo, recuerdo las palabras de mi madre, “ni tanto que queme al santo, ni tan poquito que no lo alumbre”. Termino mi escrito citando una idea de Vanessa quien da un claro ejemplo de lo sucedido en el tenis, “…en 1919, Suzanne Lenglen de Francia causó un impacto en Wimbledon al usar una falda a la altura de la pantorrilla sin enaguas y no llevar corsé; la calificaron de ‘indecente’. Años después la tenista estadounidense Gertrude Moran jugó con un atuendo que le llegaba a la mitad del muslo y, una vez más, los poderosos de Wimbledon declararon que había introducido el pecado y la vulgaridad en el tenis”.

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