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Lenguaje de guerra, lenguaje de paz

Por: Iván de J. Guzmán López

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El 22 de marzo de 2022, en el portal Las2orillas, leímos: “Fiel a su estilo desbocado, autoritario, populista, Diosdado Cabello, Vicepresidente del Partido Socialista Venezolano, lanzó una temeraria advertencia a Colombia, usando como metáfora la invasión de Rusia a Ucrania: «Mientras más tiempo pase peor para los nazis de Ucrania porque la desnazificación será de raíz”.

Posteriormente, el número dos del chavismo, vociferó en su programa, denominado, Con el Mazo Dando: “¿Por qué no aprovechan para descocainizar a Colombia? ¿Cuántas son las reservas de petróleo que tiene Colombia? La gasolina se la robaban de Venezuela con tuberías… Dicen que Biden le dijo a Duque ‘Duque, es petróleo, no cocaína, céntrate…”. Diosdado Cabello enloqueció: ahora se cree Putin y amenaza con invadir Colombia”, termina diciendo el portal amigo.

Adicional a este lenguaje de guerra, disparado a diestra y siniestra por Diosdado y Maduro desde la hermana República de Venezuela, con visible veneno y olor a mortero, envalentonados ellos por el compadrazgo con Putin y el olor a pólvora y sangre que les llega desde las ruinas de Ucrania, encontramos en Colombia a personajes oscuros, soltando blasfemias, lenguaje de alcantarilla y diatribas en cuanto tablado, micrófono o patio encuentran, para atacar al contendiente. Lo triste es que ese lenguaje de guerra, lo único que hace es sembrar odios, desconcierto, vientos de venganza e incendiar el país. ¡Y los niños y jóvenes colombianos, noche a noche, ven y escuchan el triste espectáculo!

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En las circunstancias políticas, económicas, sociales y culturales que hoy vive Colombia, deberíamos gozar de un lenguaje de paz, de unos acuerdos fundamentales pensando en el país, de unos candidatos absolutamente pulcros en el hablar, en el comportarse y en la estima por sus pares. Lo triste es reseñar que por donde se camina escuchamos a 8 candidatos a la presidencia “sacándose los trapitos al sol”, como se decía en mi pueblo, y dejando la hedentina como un manto premonitorio de amarguras en el ambiente.

Los candidatos no han podido comprender ese dicho tan sabio de mi abuelo: “La piedra hace más daño a quien la lanza que a quien la recibe”. El lenguaje puede ser un arma peligrosa en grado sumo si se usa para la destrucción y la guerra; y es una fuerza poderosa y bella, si se usa para la paz. A este tenor, debo recordar lo que alguna vez escribí, a propósito del cargo entregado a nuestro amigo Juan Camilo Restrepo Gómez:

El doctor Juan Camilo Restrepo Gómez, recibió la gigantesca tarea de aclimatar la paz en Colombia, y a fe mía que va a paso firme, ataviado de una virtud que pocos tienen y que me hace recordar a un grande de la literatura universal, que fue, por encima de cualquier consideración, un amante de la palabra. Hablo de uno de mis autores preferidos, Knut Hamsun, un noruega extraordinario, nacido el 4 de agosto de 1859. Premio Nobel de Literatura 1920 y autor de novelas monumentales como Hambre (1890), Pan (1894), Soñadores (1904), Bajo las estrellas de otoño (1908), y, Bendición de la tierra (1917).

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La virtud que tiene el doctor Juan Camilo, es su facilidad para manejar el abecedario; una suerte de comunión con la palabra; una amistad probada con el verbo como materia viva para la concertación, el diálogo y la construcción de escenarios de paz. Y por ello me trae a la memoria a Knut Hamsun, amante como nadie de la palabra, novelista exuberante que se solazaba en decir: “Las palabras que usamos deben ser música, deben vulnerar el alma hasta hacerla gemir de contento. Las palabras son color, sonido, olor, fuerza secreta y demoledora. Las palabras son la vida”.

El Alto Comisionado para la Paz, sabe que las palabras no son para incendiar y menos para marginar o macartizar. Sabe que son aliadas, materia prima para el constructo de la paz. ¡Esa es su ventaja competitiva!

El lenguaje para la guerra, el que pretende dañar al semejante o contendiente, daña más al que lo usa, que al afectado. Eso decía mi abuelo. Me parece que Colombia necesita menos complacencia por el lenguaje para la guerra y más amor por el lenguaje para la paz.

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