¿Por qué la eutanasia siempre es incompatible con la muerte digna?

Para intentar discernir una respuesta a la pregunta del título, valdría la pena partir de algunos conceptos que son determinantes del modo de intentar profundizar en estos temas.

Eutanasia es causar la muerte a un ser humano con argumento de que sufre. El término “siempre” significa no haber excepción en el tiempo o trascenderlo.

Incompatible es lo imposibilitado para coincidir, en ser o en modos de ser.

Muerte es la terminación irreversible del automovimiento que mantiene la unidad que hace posible la coordinación de las propias estructuras y funciones orgánicas en un cuerpo vivo, para actualizar su continuidad en el tiempo.

La palabra “digna” significa coherencia con la realidad espiritual en que alguien consiste, que se hace perceptible, aunque su existencia no dependa de esto, con ocasión del sano desarrollo de un ser humano, con el que éste capta algunas realidades no biológicas como perdonar y ser personado, y puede elegir libremente qué hacer con sus necesidades instintivas, cómo responder o no, a la violencia con violencia o remplazar ésta con estímulos para que el violento aprenda a ser pacífico.

El ser humano tiene un dominio de sus impulsos instintivos que no se observa en el resto de especies, que funcionan por automatismos. Por ejemplo, es capaz de persistir en privarse del alimento necesario para dar más posibilidades de supervivencia a quien es más débil que él; en cambio, en las demás especies las conductas de supervivencia del individuo corresponden a solo automatismos destinadas a la procura de la continuidad la especie.

El ser humano desarrollado y sano, tiene cierto dominio sobre su circuito cerebral de estímulo-respuesta, que controla y aprovecha creativamente, con estrategias científicas, artísticas y tecnológicas, entre otras, logrando satisfacer sus necesidades instintivas de modos muy variados y cuando voluntariamente lo decide.

Puede actuar movido consciente y libremente, por finalidades trascendentes al tiempo, en vez de quedarse encerrado en las dinámicas netamente instintivas de su cuerpo mamífero.

También si quiere y se da la ocasión de tener su cuerpo suficientemente desarrollado y sano, logra fortalecer tendencias distintas a las netamente biológicas, que sean perfeccionantes de lo que la biología no es, con las que se hace mejor persona.

Con su cuerpo sano y suficientemente desarrollado, puede ser capaz de ser consciente de ser él y no otro, crecer en autoconocimiento y autoestima, amarse y amar a los demás seres que son personas, actuar según la autoposesión del espíritu en que él consiste y que constituye la unidad de su ser con su cuerpo humano, y ser responsable de hacerse mejor en cuanto persona, con sus decisiones y acciones, por su inteligencia, afectovodad y libertad.

Es capaz de deducir su identidad, basado en las perfecciones que conoce que lo constituyen, la dinámica interna de éstas, la interrelación de las mismas y su conocimiento propio como unidad y totalidad.

También puede proyectar más allá del tiempo, la trascendencia de sus decisiones y acciones libres, por concluir, con la evidencia del modo de ser con que se vive a sí mismo, acerca de la realidad simple que es su espíritu.

Tiene una capacidad prospectiva que va más allá del mantenimiento de su cuerpo en el tiempo. Por eso se sabe responsable de los efectos de sus fines, decisiones y acciones, en las generaciones futuras, igual que sabe algo de lo que él puede influir en la vida personal, familiar y social de otros miembros de la especie humana.

Tal vez una de las evidencias más contundentes para un ser humano, de qué es una realidad principalmente espiritual, es el enamoramiento y la entrega fiel de sí mismo a otro ser humano, como cónyuge, durante el resto de su vida, y a sus hijos, como padre el hombre o como madre la mujer, donándose plena y libremente a ellos y siéndoles enteramente fiel.

A medida que madura como persona, el ser humano identifica que es igual en dignidad respecto a cualquiera de su especie, y que, ninguno de ésta es un ser exclusivamente para sí mismo, puesto que es limitado y, por lo tanto, no se causó a sí mismo; por eso nadie es propiedad absoluta de sí mismo ni tiene derecho a tratarse o tratar a otros de modo despótico o con otras formas de violencia, ni es propiedad de otro ser humano, por ser espiritual, que significa inmortal y, por lo tanto, debe ser siempre valorado por sí mismo y no en función de ser útil para alguien, ni siquiera para sí mismo.

Un ser humano abierto a reconocer la existencia de todo otro ser que sea también persona, si no tiene ciertos problemas de salud mental, ni grandes traumas de maltrato, ni un egoísmo extremo o causas similares, no suele mantener una tendencia permanente a hacerse violencia en su inteligencia para utilizar la estrategia de negar la evidencia de que, por ser parte de un universo limitado, lo razonable es que también reconozca que fue causado por otro ser, superior a él, que es inteligente y libre, y que evidencia una actitud positiva hacia este ser humano y todos los de su especie, porque los causó y les dio ser infinitos sin condicionar a su conducta la continuidad de su ser espiritual.

Lea también
El anhelado puerto de la paz

Como quien da el ser es quien determina la razón de ser o finalidad por la que participa a otro que sea, el causado es un ser para otro -para hacer realidad la finalidad para la que otro lo causó- , a la vez que se da cuenta, por su capacidad de autodirigirse al fin que desee, que no es un ser instrumentalizado, manipulado, sino querido por sí mismo y que logra su mayor perfección haciendo realidad el motivo para el que se le participó ser, que puede llegar a deducir en parte, de sí mismo y otros seres personales, y del resto del universo. Esta búsqueda y el correspondiente hallazgo, han dejado una huella a lo largo de la historia de la especie humana, que sirve a las indagaciones de cada generación.

El ser humano con uso de razón y con cultura, es capaz de plantearse la nada.

Como de la nada, nada es y la nada no es energía ni la causa de ésta, sino ausencia de ser, quien se plantea la ausencia de ser, lo hace porque constitutivamente trasciende el universo de los seres constituidos por energía, que solamente logran otras formas de relacionarse la energía que los constituye.

Así se evidencia que el ser humano es, además de cuerpo, una realidad que, por su mayor perfección, después de la etapa de su unión con el cuerpo material, es independiente en el ser y el obrar, que puede estar unida al cuerpo pero no está constituida por partículas de energía y por eso es capaz de conocer más de lo que la energía es.

Esto es posible siendo una perfección que, a diferencia de la energía, es incorruptible, inmaterial, intemporal e inmutable.

Esforzándose en indagar estas realidades, cada ser humano con uso de razón puede ir conociendo formas de ser de la realidad espiritual en que él consiste.

Por la diferencia entre las dos perfecciones que lo constituyen, concluye que su vivir es de mayor perfección espiritual que biológica, y en este sentido la vida biológica humana tiene el plus del valor de ser ocasión de crecimiento espiritual.

Vivir espiritual es permanente a futuro, definitivo. El ser humano, también al morir, sigue siendo la realidad espiritual en que consiste desde su inicio: un ser supratemporal que vive una breve etapa biológica y continúa siendo porque su ser es trascendente, superior al universo constituido de energía.

La sempiternalidad de un ser personal limitado, lleva a concluir la de un ser a quien nadie dio origen, y por eso, es eterno, absolutamente inmutable o permeneciente en el ser, por no tener origen ni término, sino que es en sí mismo el ser y por eso puede participar ser causando a seres limitados.

Con la muerte, que es siempre biológica, el ser humano pierde solo el modo menos perfecto de percibirse.

El mismo ser en que consiste el espíritu es sempiternidad -subsiste siempre- y, por eso, debe ser siempre responsable con los efectos para siempre, en él y otros seres personales en que puede influir actualmente y a futuro, que causa con sus actitudes, decisiones y conductas. La ética estudia cuáles pueden ser los mejores efectos, con base a las perfecciones constituyentes de cada ser humano.

El modo como el alma espiritual humana es mejor propietaria sí misma y de su vivir espiritual, y se perfecciona, es amando con una buena jerarquía de bienes, aun a costa de sufrir, que es efecto de valorar más los bienes mayores padeciendo para alcanzarlos, la privación de los menores, porque también son bienes. Como es limitada, no puede poseer todos los bienes.

La eutanasia no es un acto de compasión, piedad o amor, sino de destrucción ciega o despótica, por preferir bienes menores como el de la evasión del sufrimiento inevitable, a costa de despreciar y destruir el cuerpo de la persona humana, truncando el crecimiento espiritual de ésta y de quienes la destruyen con su acción u omisión, próxima o remota.

Por ser limitada y, por lo tanto causada, el alma humana no tuvo siempre sus propiedades, pero las tiene para siempre, no muta pasando del ser al no ser, trasciende el cuerpo biológico al que está unida temporalmente, pero se hace mejor o peor persona con los efectos, también espirituales, de las decisiones sobre su cuerpo, y este parece ser el principal motivo para decir no a la eutanasia: nadie se hace mejor persona si no respeta su unidad corporeoespiritual y la de otros.

Lea también
El anhelado puerto de la paz

La energía es solo una entre varias realidades y, al ser propiedad de partículas -el ser humano la trasciende planteándose lo que la energía no es -la nada. Solo un ser que sea simple al menos en una de las perfecciones que lo constituyen, es capaz de plantearse la ausencia de ser, trascendiendo la totalidad de los seres causados y evidenciando así que es superior a éstos.

Con su experiencia de los errores personales, el ser humano sabe que su espíritu es limitado y, por lo tanto, causado.

También conoce que necesita su cuerpo biológico, mientras constituya una unidad con éste, para hacerse mejor persona.

Sabe que no se causó a sí mismo y por eso no es razonable que sea él quien determine cuál es el sentido de su vida, sufrimiento y muerte.

La única actitud a la altura de un ser humano es acogerlo y acompañarlo respetuosa y constructivamente, procurando su máximo desarrollo en cuanto realidad corporeoespiritual.

La eutanasia siempre es incompatible con morir dignamente, porque jamás es un trato coherente con la realidad corporeoespiritual en que consiste un ser humano.

Esta realidad es cognoscible con nuestras facultades espirituales y, por ser humanos, en su indagación tenemos en cuenta la información que proporciona nuestra constitución biológica.

Es nuestra realidad de seres espirituales, la que dignifica nuestro cuerpo que, con toda su indigencia, sufriente y caduca, es capaz de espíritu.

Siempre el cuerpo humano es digno, aunque no siempre lo tratemos a la altura de su valor, bien o perfección cognoscible por la unidad corporeoespiritual que es todo ser humano durante su ciclo vital completo.

Todos los sufrimientos que conlleva el lenguaje físico de la vida honesta del espíritu humano, pueden ser ocasión de crecimiento espiritual que es saber amar o abrirse de modo constante y creciente, a la persona que uno mismo es, y a los demás seres personales.

La eutanasia ataca lo que con el cuerpo el ser humano sufriente puede enriquecerse y aportar a otros, con su acción trascendente que es efecto de su modo corporeoespiritual de coexistir, de forma activa o pasiva, con otros seres espirituales, y su gestión del cuerpo humano, la libertad, la inteligencia y la afectividad, aportantes al pleno desarrollo humano.

El ser humano que se encierra en sí mismo, se priva de su Autor, del sentido o razón de ser de sí mismo, de acompañar y ser acompañado ejerciendo hasta el final de la vida biológica, la libertad de amar y dejarse amar como corresponde a una coexistencia genuinamente humana.

La persona humana tratarse como digna, cuando utiliza el cuerpo humano como un objeto útil, al que tuviera derecho a destruir.

Con la eutanasia el ser humano pierde la oportunidad de mayor plenitud de su ser, del futuro que desde ya puede poseer porque se modela con sus decisiones como realidad corporal y espiritual que incide en el la forma de vivirse en la sempiternidad de su propio ser.

La eutanasia en este sentido, es una práctica que corresponde a una desfuturización miope de la mayor felicidad humana posible, por parte de quien no alcanza a relacionarla con su infinitud ni a saber prepararse para el futuro que, por ser una realidad espiritual, le pertenece de modo inmanente, pero con sus acciones el ser humano decide cómo va a ser el resto sin fin, de su vida.

La libertad bien ejercida, sin destruir el cuerpo humano, es el mejor modo de vivirse y vivir a otros a plenitud, respetando el ser que es cada uno y el impacto en el futuro vivísimo y activísimo sin fin -sempiterno por la simplicidad del espíritu-, que reclama el respeto incondicional permanente a cada uno de todos los seres humanos sin excepciones, en su unidad e integridad corporeoespiritual.

Con la eutanasia se destruye esta realidad perfeccionante del bien mayor dentro del universo conocido: un cuerpo humano que constituye una unidad con su respectivo espíritu.

Lo que sí da la altura del ser que es cada uno en nuestra especie, es procurar el mejor cuidado y conservación, física y espiritual -siempre excluyente de la eutanasia y de todo ensañamiento terapéutico-, para sí mismo y todos a los que cada uno pueda ayudar, también con ocasión de la enfermedad y otras formas de sufrimiento, y mientras se muere, teniendo en cuenta la capacidad natural de aprovechamiento de los cuidados, que así serán completos para todos y con un impacto positivo que tiene efecto para siempre.

La opinión del autor de este espacio no compromete la línea editorial de Minuto30.com

Síguenos en:
Google Noticias Canal Telegram Canal Telegram