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Opinión

El humor del Papa

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Ivan de J Guzman Lopez Sol de Medio Dia tn

El humor (en un país como Colombia, descompensado, lleno de odios, de polarización, de pobreza y de chismes) es bálsamo necesario a la salud, tanto física como mental. Mi papá solía decirme: “mijo, dude de quien no se ría”.

Nunca he dudado de las calidades humanas y espirituales del muy argentino Papa Francisco, y menos ahora, cuando ha decidido mostrarnos una faceta tan humana, bella y sana como lo es su gusto por el humor. Hace poco lo vi (por las redes sociales, pues mi viaje a Roma está pendiente por asunto de simple pecunia), narrando placenteramente la historia de una mujer chismosa:

“Me contaba un cardenal simpático, que conoció a un sacerdote con un gran sentido del humor y que en la parroquia tenía a una mujer muy chismosa que hablaba de todos y de todo, y que vivía tan cerca de la iglesia que desde la ventana de su habitación podía ver el altar. La señora iba a misa todos los días, y luego las otras horas del día, las dedicaba a andar por la parroquia, hablando de los demás.

Un día estaba enferma y llamó al padre, para decirle: padre, estoy en cama con una fuerte gripa. Por favor ¿me puede traer la comunión? A lo que el padre contestó: No se preocupe, con la lengua larga que usted tiene, desde su ventana llega al tabernáculo”.

El querido Papa Francisco (a quien todavía no me atrevo a llamar “Pachito”, como lo hacen sus amigos), sabe que “el humor es cosa seria” y que “entre el humor y la broma, la verdad se asoma”. Estos aforismos, por citar solamente dos, están plenamente demostrados con la obra y la vida del escritor bogotano Álvaro Salom Becerra (1922-1987).

Sus incontables lectores podemos dar fe de ello, al igual que las personas que tuvieron la suerte de conocerlo, algunas de las cuales lo describen como un gran contertulio, dueño de una conversación inteligente, llena de gracejos y bastante picante. Por mi parte, recuerdo que en mi ya lejana época de juventud, los libros de Salom Becerra fueron mi compañía en franca competencia con el fútbol, el baile, la barra de amigos y los paseos a los pueblos vecinos (de Liborina).

Para entonces, eran la mejor golosina y la fuente expedita para conocer asuntos literarios, históricos, sociales y políticos de la Santa Fe de Bogotá de entre los años 1917 y 1979 que, de otra forma, por esas calendas y el abandono de la provincia, habría sido imposible. Algunas triquiñuelas políticas, leídas por entonces de forma desprevenida e incrédula, las pude comprobar años más tarde ¡cómo no!, al lado de la astuta y ambiciosa clase política de hoy, que no se diferencia mucho de la de entonces. Solo que antes, eran, básicamente, dos: liberales y conservadores. Hoy proliferan como conejos, en directorios de garaje y cuentas boyantes en el cómplice sistema bancario.

Tardes enteras pasó mi juventud, muellemente tendida en mi cuarto, leyendo y riendo (¡socorro, dos gerundios juntos!) con las desventuras del pobre Simeón Torrente, víctima de la pobreza desde antes de nacer y en trance de locura permanente desde que el amor se le apareció en un balcón santafereño con cara de púber, sonrisa virgen y dos trenzas, para convertirlo luego en un excelente reproductor… de la raza humana.

Hijo de la “eternamente sufrida clase media”, Simeón solamente dejó de… deber, cuando recibió la visita de la “amiga muerte”, no sin antes lograr resolver de forma ingeniosa el problema que significaba el costo de su entierro, donando su menguado cuerpo y todos sus órganos (en muy regular estado, por cierto, según el inventario que aparece en el libro), a la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá, porque no alcanzó para Palmira y Medellín.

Debo agregar que mi madre (excelente lectora y bien enterada de aquel suceso en el cual Don Quijote, el ilustre manchego, pierde la razón “de tanto leer y no dormir”), escuchaba y veía con visible preocupación mis constantes carcajadas.

El humor es cosa seria, y este país, el mundo entero, como lo ha entendido nuestro maravilloso Papa Francisco, necesita de él para no enloquecer con la triste realidad; urge de él, para hacer más llevadera la carga diaria de sus males y ponderar el esfuerzo de decenas de parlamentarios, trabajando sin descanso y mal remunerados, para darles solución.

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