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Opinión

Covid y alerta roja en Antioquia

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Ivan de J Guzman Lopez Sol de Medio Dia tn

Cómo es de fácil decretar alertas, como es de fácil decretar encierros, como es de fácil gobernar así. El viernes 23 de octubre de 2020, se registraron un total de 1.739 nuevos casos de covid-19 en el departamento de Antioquia y una ocupación de camas UCI de 81.48 %. Como consecuencia, se decretó alerta roja hospitalaria, lo que implica llana y sencillamente, que los pacientes que habían esperado por largos meses, incluso años, por una cirugía o un procedimiento, deben seguir (¿morir?) esperando. Y a los pacientes de covid-19, ¡que Dios nos ampare!

Se nos prometió un encierro inicial de 3 meses con la promesa de gestionar y lograr la dotación hospitalaria adecuada e implementar las medidas sanitaria necesarias para la contención del virus, pero hoy tenemos un panorama desolador y peligroso, al extremo de anunciar Alerta roja, que es como decir “ya no se puede enfermar nadie, porque no tenemos como garantizarle el servicio básico de la salud”. Y punto.

Ya lo habíamos dicho en otro artículo de esta columna (08-09-2020), pero los oídos que no escuchan y los ojos que no ven (https://www.minuto30.com/opinion/don-dinero-vs-covid-19/1126151/) y la indolencia que no responde, predominan en los estamentos públicos. El valor de la vida sigue siendo mínimo, en tanto el valor de don dinero, se refuerza con la pandemia:

Lo habíamos alertado a tiempo:

“Hoy, no obstante el paso desbordado del virus, parece que don dinero se impone, y el tapabocas, que antes nos protegía contraer el virus, ahora nos tapa los ojos para hacernos creer que ya se ha ido. Las medidas se relajan a extremos peligrosos, todavía con la memoria fresca del pasado y desastroso día sin IVA. Parece que don dinero ordenó volver a la sociedad del trueque: se cambian muertos por monedas.

No nos engañemos: asusta ver espacios que pasaron de un control absoluto a un absoluto descontrol. Asusta ahora que don dinero esté imponiendo la norma a los presidentes, gobernadorcillos y alcaldes, y pasemos a un descontrol absoluto”.

Nos pusimos tapabocas en los ojos. Los dueños de la economía dijeron a los gobernantes “no más restricciones a los establecimientos comerciales, no más cuarentenas, necesitamos dinero”. El relajamiento de la ciudadanía y de los entes de control, son evidentes e increíbles. El descontrol en el Metro de Medellín, donde los miles de usuario no pueden conservar la distancia mínima y ningún funcionario del Metro está para exigirla, produce miedo.

El transporte público ya no cuenta con material de desinfección, no presenta alternancia en la silletería y se observan busetas (de una sola puerta) con racimos humanos como antes de la pandemia. Los municipios de Antioquia, en fines de semana, se han convertido en tierra de “turistas” que consideran que el pueblo es de ellos y así dan rienda suelta a sus más primarios instintos.

El Centro de Medellín, con su histórico Parque de Berrio, está convertido en tierra de nadie y sin autoridad que haga cumplir las normas sanitarias; el ciudadano de todos los estratos “disfruta” de fiestas públicas y clandestinas, sin el menor respeto por su familia, la comunidad y la sociedad, jugando al “yo mando”.

El relajamiento de las autoridades, que desaparecieron del espacio público permitiendo que este sea tierra libre para todo tipo de fechorías… Todo esto nos está diciendo que el Coronavirus no existe, pero la incapacidad del sistema hospitalario nos está diciendo que existe; el millón de contagiados y los 30 mil muertos nos está diciendo que el virus está vivo y crece exponencialmente. Mientras, el gobierno, tranquilamente, decreta Alerta roja. Y el relajo continúa.

Somos un pueblo ignaro, pero no tanto. Alerta roja hospitalaria significa que se viene una nueva cuarentena, o, como mínimo, fuertes restricciones a las libertades individuales y sociales. El violín empezó a tocar: “… Así lo sostuvo ante EL COLOMBIANO, en días anteriores, Leopoldo Giraldo, gerente para la atención de la covid en Antioquia, quien descartó una cuarentena para los próximos días pero aseveró que, de ser necesario, ‘tendremos que poner por encima la vida de las personas y habrá que solicitar los cierres pertinentes’”.

Para la epidemióloga de la Universidad CES, Yessica Giraldo Castrillón, “esa alerta significa que puede haber un colapso del sistema hospitalario que impediría atender la emergencia”.

Si la ciudadanía se engaña, el gobierno no puede engañar a la ciudadanía: según As.com, “El coronavirus no para en Colombia, el país sigue siendo uno de los más afectados en el mundo y se acerca al millón de contagiados. En el último informe del Ministerio de Salud y Protección Social, entregado en la tarde del último viernes (23 de octubre de 2020), se reportaron 8.672 nuevos casos, para llegar a un total de 998.942, divididos en los 32 departamentos del territorio nacional”. Ya estamos en “el club del millón” de contagiados.

A siete meses largos de la declaratoria de pandemia, se puede pensar que los gobernantes no fueron capaces de dimensionar lo que se nos venía pierna arriba: la destrucción del aparato productivo, una economía que a hoy registra una caída del 8,1 por ciento; una pérdida calculada para la economía nacional, en 100 billones de pesos; una tasa nacional de desempleo del 17,8 por ciento, una cifra en “crescendo” de desocupados, la caída nuevamente en el abismo de la pobreza de 4 millones de personas. Súmele a los gobernantes de turno y a los 15 candidatos “madrugadores” a la presidencia de la república, que prometen convertir a Colombia en la Suiza de América, la horda de venezolanos y colombianos hambrientos, en situación de pobreza extrema, que deambulan por los caminos, calles, avenidas, parques y ciudades de la patria.

Ad portas de otra encerrona, se me antoja que la martingala que sufren algunos gobernantes (que un día son gobernantes y al otro día no), los ha llevado a soñar que ya no hay virus, o que por arte de magia (como en los cuentos orientales, que tanto nos gustan), el genio, o mejor, el virus, desaparecería, sin tener la capacidad para calcular que la ineficacia de las medidas que estaban dictando y el relajo consiguiente, los iba a enfrentar con una realidad aterradora y que puede desencadenar en una bomba social sin precedentes, de consecuencias inenarrables.

El coronavirus no para, y lo peor es que Antioquia es el departamento más afectado de Colombia, con 153.283 casos (4 veces la capacidad del estadio Atanasio Girardot de Medellín). Le sigue Valle del Cauca, con 76.958; y Atlántico, con 70.507. Es decir, Antioquia duplica al segundo. Qué pasa en Antioquia, me preguntan los compañeros periodistas de algunas ciudades como Bogotá y Cali.

Yo pregunto: ¡Qué pasa en nuestro departamento!, le pregunto a las autoridades de Antioquia; ¿por qué el coronavirus se adueñó de esta tierra, a la que juramos amar, defender, respetar y honrar

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