Carl Langebaek: «La Colombia prehispánica se resistió a ser civilizada»

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Fotografía cedida este domingo por Penguin Random House en la que se registró al arqueólogo colombiano Carl Henrik Langebaek, en Bogotá (Colombia). EFE/Penguin Random House

Bogotá, 8 ago (EFE).- Los indígenas no son ángeles o demonios, la mayoría de conquistadores acabó pobre y las sociedades prehispánicas que habitaban Colombia no eran más atrasadas que otras por no tener grandes templos. La historia está llena de estereotipos que el arqueólogo colombiano Carl Henrik Langebaek quiere desmontar.

«No somos conscientes de la parte del mundo que habitamos, de lo distinta que es respecto a otras partes y de lo que ello implica para entender a sus antiguos pobladores», escribe el arqueólogo en su libro «Antes de Colombia» (Debate), donde trata de explicar cómo era lo que hoy llamamos Colombia en sus primeros 14.000 años.

Antes de que llegaran los españoles, en Colombia había numerosos pueblos, aunque no fueran tan conocidos o hicieran obras arquitectónicas tan deslumbrantes como los incas o los aztecas.

«Lo que muestra la arqueología en Colombia es que durante 14.000 años -por lo menos- los seres humanos que ocuparon este territorio se resistieron a ser iguales a las sociedades que llamamos civilizadas», resume Langebaek en una entrevista con Efe.

El autor trata de ir contra esa «extraña razón» por la que gustan «las cosas grandes y muy antiguas, especialmente si fueron hechas por algún mandamás muy poderoso» para explicar la riqueza del pasado en otros aspectos.

NI ÁNGELES NI DEMONIOS

Y también aborda esa narrativa que aún se usa con los indígenas para tratarles como «ángeles o demonios» para no darles «el crédito que merecen».

«Toda esta manera de ver al indígena como un ser humano intachable o como un ser humano totalmente despreciable nos ha privado de tratar de entender la riqueza de las sociedades indígenas prehispánicas en toda su dimensión», afirma Langebaek.

En su opinión, las sociedades indígenas han ido evolucionado, pero hay una retórica de verlas como entes pasivos que se pueden contemplar y estudiar.

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«Los hemos patrimonializado, los hemos vuelto un poco paisaje», afirma el antropólogo de la Universidad de los Andes. «Entonces tenemos nuestras bellezas de paisaje: la Sierra Nevada de Santa Marta, el Eje Cafetero, el Amazonas y ahí metemos la imagen del indígena también como parte de un patrimonio de los colombianos».

CAMBIO DE MIRADA

Es cuestión de cambiar la forma en la que miramos el pasado y entender que los valores que ahora rigen no son los mismos de antes.

«Lo que nosotros creemos que es natural, no es natural; creemos que es natural porque es lo que nos rodea, lo hemos naturalizado, pero eso no quiere decir que sea natural», subraya el autor.

En el territorio colombiano no triunfó la agricultura intensiva ni cuando quisieron introducirla los españoles, las sociedades nómadas eran la norma y aunque eran comunidades muy jerarquizadas, no había grandes líderes que actuaran como déspotas.

«Cuando la gente se mueve, no hay un gran cacique que pueda aprovecharse de ellos. Cuando la gente diversifica y tiene varios cultivos, el control económico es prácticamente imposible», argumenta.

Evidentemente había caciques -hombres y mujeres-, pero, como indica en el libro, no eran esos líderes a los que los agricultores les llevaban sus mejores cosechas o el oro y las joyas como tributo.

De hecho, sociedades como la muisca, que vivían en los alrededores de Bogotá, pasaban como mínimo cuatro meses al año de fiesta y llevaban sus mejores cosechas, pero para poder alimentarse y seguir festejando. Es decir, «invertían los excedentes en relaciones sociales».

«Están consumiendo los excedentes, no se los están dando a un cacique para que lo guarde en un granero para que después decida a quién le da y a quién no; están en una fiesta absoluta, botando los excedentes, literalmente, o el oro», alega.

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Otro ejemplo que ayuda a entender esa diferencia son las hachas de hierro que introdujeron los colonizadores. Antes para cortar un árbol podían estar semanas con las hachas de madera, así que, desde una «racionalidad económica», se pensaría que cuando llegaron, los americanos se lanzaron a usarlas.

Sin embargo, las tenían pero no las afilaban y las usaban como adorno. «El mismo objeto representa dos cosas en dos sociedades distintas», explica.

MIRAR EL FUTURO

Langebaek ataca la imagen de conquistador a caballo con armadura que se tiene, ya que la mayoría de ellos eran españoles que habían sido desplazados en un imperio donde el 90 % de la tierra estaba en manos de un 5 % de la élite, y que se iban al Nuevo Mundo para probar fortuna pero acababan más arruinados de lo que estaban.

Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Bogotá, por ejemplo, «terminó completamente empobrecido», recuerda Langebaek.

En ese afán por quitar estereotipos, el arqueólogo bogotano llama a dejar de culpar a la Conquista de todos los males actuales: «Creo que a veces usamos la historia para aliviar ciertos complejos de culpa y no enfrentar los problemas que tenemos hoy».

«Yo creo que la historia tiene esa belleza: es mostrar el mundo que tenemos al frente, que nosotros hemos construido, pero que también es un mundo que podemos cambiar», asegura.

Es decir, tener conciencia de que hay cosas que no deberían ser así y ver «que la historia nos muestra que no siempre fue así, y no siempre tendrá que ser igual, y que cada uno puede poner de su parte para que eso sea posible», alega.

Por: Irene Escudero

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