César Montoya Ocampo: Luminaria del buen vivir

Por: Gustavo Salazar Pineda

Quise rendirle homenaje en vida a quien fuera mi gran mentor en el derecho penal. Con tal fin, a finales de 2017, fuí en compañía de mi novia Eliana Burgos Bobadilla a su pueblo natal, Aranzazu (Caldas). Indagué a nativos, pregunté en cafés y hoteles por el hijo ilustre de esa apreciada comarca caldense. Solo puede saber que se había residenciado en Pereira.

Regresé hace unos pocos días a la pequeña pero importante comarca del norte de Caldas con el propósito de saber sobre el cultísimo hombre de letras y el insigne príncipe del foro penal colombiano, las pistas que buscaba no eran desacertadas. Una amable dama del hotel-casa me refirió acerca de su muerte y de sus frecuentes estadías en esa bella casona que alberga turistas llegados a la interesante población.

Dos ilustres periodistas aranzacitas, César López Giraldo y Miguel Alzate Alzate, fueron mis guías para acceder a varios libros que nos legó este pontífice de la pluma, el mejor prosista de la Colombia del siglo pasado y del presente.

A César Montoya Ocampo lo conocí, lo admiré y lo idolatré en los sagrados templos de la justicia, asistir a las audiencias públicas en que oficiaba de defensor era un auténtico festín para la mente y el alma, pocos como él dominaron la oratoria política y la oración forense.

Tuve el honor que mi maestro, esa gran luminaria del derecho penal y del arte del buen vivir, me prologara un libro sobre el foro criminal a finales de la centuria pasada. Comparte Montoya Ocampo con Rodrigo Jiménez Mejía el honor de haber sido el dúo de juristas egregios y maestros del arte de vivir en la Colombia del siglo XX y XXI. Emperador de la bohemia, honrando su nombre, fue César Montoya Ocampo. Su parábola vital fue extraordinaria y encantadora. Campesino raizal en su niñez, devino Montoya Ocampo en culto bachiller luego de haber probado lo que a muchos nos hizo falta en la adolescencia: el seminario.

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El haber estado internado en el seminario de los Hermanos Maristas de San Pedro, Antioquia, durante varios años, el haber vivido en Salamina (Caldas), estudiado allí y haber sido también estudiante en la Popayán de décadas atrás, formó al que fuera un auténtico maestro en los estrados judiciales, un escritor culto, profundo y de escritura exquisita y un conversador de los que ya no quedan.

Mucho podría decir del penalista, pero me basta solamente afirmar que se ganó el primer puesto en la galería de los afamados criminalistas que el país he tenido. Sobresale Montoya Ocampo al lado de Antonio Cancino Moreno, Hernando Londoño Jiménez, Pablo Salah Villamizar y otros como los demás brillantes exponentes del bello arte de la oratoria forense. Sin embargo, a mí me seduce más su arista de hombre cultísimo, de escritor singular y de ensayista consagrado.

Pocos hombres han tenido, como tuvo en vida el maestro César, tan vasta cultura y, sobre todo, una existencia sibarita, hedonista, epicúrea y erotómana.

José Miguel Alzate Alzate lo bautizó, no sin razón, el último greco caldense. Superlativos tuvo Montoya Ocampo dados por gentes cultas que lo camparon con Demóstenes y Cicerón. Indudablemente que acertaron quienes así lo describen. No obstante, yo admiré y sigo profesando un sentimiento próximo a la idolatría, es al hombre.

Parece haber sido nuestro mencionado personaje un hombre del renacimiento o una reencarnación de los maestros de Grecia, se agrega a lo anterior su inmensa sensibilidad frente al universo, a la vida y por sobre todo, al supremo arte del buen vivir.

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No es fácil conseguir un ejemplar de la raza humana que haya conocido y vivido tantas como ricas facetas de su existencia. Rezandero y piadoso en sus albores de vida; crápula, bohemio y putañero en los de primavera vivencial; político de comarcas en su juventud; tribuno de faenas electorales; padre de familia y litigante eximio muchos años de su vida.

Por fortuna para quienes lo admiramos, en él la política fue un camino tortuoso de dificultades, derrotas y traiciones por cuanto esto permitió que los estrados judiciales y la cultura lo tuvieran como un oficiante sacerdotal.

Pudo dejar varios tomos de escritos matizados de cultura, anécdotas, rimas y prosas que en Latinoamérica no son muy abundantes, legó a las generaciones actuales y venideras apenas una media docena de textos que son el summum del pensamiento de quien fuera en vida un torrente de inteligencia y cultura descomunales.

La vena artística para arengar, escribir y cautivar con la palabra de Montoya Ocampo y su vital y apasionada forma de degustar cada instante de la existencia hace que lo denominemos una luminaria, un pontífice de la cultura y del bello arte del vivir sensual y cultural.

Su hijo Juan Alvaro Montoya, a juzgar por el prólogo que hiciera del libro de su egregio padre, Oda a la Alegría, está llamado a no dejar morir el inmenso y valioso legado personal, profesional y cultural del más grande colombiano de los últimos tiempos.

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