La Iglesia Católica no está pasando por un buen momento, es innegable. Recientemente hemos asistido a decisiones papales severas respecto a altos prelados y jerarcas, que han quedado –como se decía- “reducidos” al estado laical, mayormente por silencios y omisiones en escándalos de abusos sexuales, y otros problemas no menos graves. Hoy, como nunca, pareciera que la institución occidental más grande y tal vez de las más veteranas del mundo, debe replantear su existencia.
Pero no es solo hoy. En cada época de la Historia un puñado de hombres ha afirmado que la religión es un asunto superado, por mil razones. Que coarta la libertad auténtica del ser humano; que es cruel y despiadada, que es una piedra de atraso, que entorpece el desarrollo, y toda clase de argumentos se han esgrimido una y otra vez repitiéndose infinitamente por un corifeo siempre cambiante de mortales, de los que ninguno ha llegado a vivir lo suficiente para ver cumplidos sus propósitos.
El político británico Gilbert K. Chesterton, refutando a quienes sostienen que la religión católica abruma y aflige a los hombres, sostenía que los únicos países de Europa en los que todavía se canta y se baila son aquellos donde aún es fuerte la influencia de la Iglesia de Roma. «La doctrina y la disciplina católicas son muros, si se quiere -escribía en su obra Ortodoxia-; pero son muros de un teatro de regocijos». Y, a continuación, esbozaba una alegoría de plena vigencia:
«Imaginémonos que un grupo de niños juega sobre la florida cumbre de una isla eminente: mientras haya un muro que cerque la cumbre, pueden entregarse a sus locos juegos y poblar el sitio de rumores. Supongamos ahora que el muro se derrumba, dejando a la vista los precipicios: los niños no caen necesariamente; pero cuando, poco después, venimos a buscarlos, los hallamos amontonados en el vértice de la isla cónica, mudos de horror. Ya no se les oye cantar».
Esa imagen de unos niños asomados a un abismo de angustias que nos proponía Chesterton representa como ninguna al hombre contemporáneo, más concretamente al hombre occidental. Ha derribado los muros que cimentaban su existencia, creyendo que así accedería a una forma de vida más libre; pero, en su lugar, se ha topado con ese indescifrable malestar que nos corroe cuando nos hallamos a la intemperie, sin vínculos ni asideros que nos ayuden a combatir ese hastío metafísico que empieza a ser el principal signo de identidad de los países prósperos, ensimismados en su bienestar.
Hay quienes sostienen que el cristianismo encarna una mentalidad premoderna, atrasada, que nos devuelve a las eras de oscuridad. Si la gente, en lugar de leer las majaderías que escriben los «modernos», se dedicara a leer un poco a los maestros, descubriría que el cristianismo fue la luz que impidió que Europa se extinguiese, como antes se extinguieron Asiria o Babilonia; y que dio origen al resto de Occidente, llegando hasta nuestra América.
En una época de decadencia y excesos como la nuestra, el pensamiento cristiano vuelve a erigirse en muro de salvación que nos abriga de la intemperie. Frente al inventario caótico de dulces incertidumbres con que nos anestesia el relativismo, frente a esa convicción cada día más extendida según la cual el hombre se convierte en un ser desvinculado (de Dios, de la moral, de la Historia), el cristianismo nos enseña que no estamos necesariamente condenados a vivir en un mundo fragmentario, ininteligible, sin vínculos con el pasado. El humanismo cristiano muestra una forma diversa y más exigente de ser moderno, una nueva «vinculación» con la realidad -revitalizada por el encuentro con Cristo- que restituye al hombre su genealogía espiritual.
Intentar comprender la realidad sin contar con la trascendencia, como pretende el relativismo, es un despropósito. La historia humana, a la postre, se resume en la búsqueda afanosa de Dios; todo lo demás es cronología y tedio. Una época como la nuestra, que se pavonea de haber desterrado la trascendencia, es como una casa sin ventilación: quizá vista desde fuera, su fachada resulte muy lustrosa e incitante; pero en su interior se retuercen las serpientes de la asfixia. Los muros del cristianismo quizá parezcan ásperos, inexpugnables en su grosor milenario; pero son muros, como nos enseñaba Chesterton, de un teatro de regocijos. La aventura de la vida cristiana es una magnífica alternativa al hastío metafísico que el relativismo nos vende como marchamo de modernidad (cuando en realidad es síntoma de rigor mortis); y se trata, además, de la única aventura moderna que aún podemos vivir en un mundo ya marchito y enfermo, que ha viajado hasta marearse en la carroza de Asmodeo.
Ciertamente hay maleza y podredumbre ad intra de los muros eclesiales, pero ¿dónde no la hay? ¿Y por eso hemos renunciado a nuestra familia, a nuestro grupo de amigos, a nuestro entorno? No. Porque el mal de algunos, no es la generalidad de la familia.
Todos, así algunos lo nieguen, sentimos en nuestro corazón un anhelo, una sed, un vacío, un faltante. Ese anhelo no puede ser saciado aquí, ni con todos los bienes materiales del mundo. El gran C. S. Lewis dijo, con atino incomparable: “El hecho de que nuestro corazón anhele algo que la tierra no puede darnos, es la prueba de que el cielo es nuestro hogar”. Yo añado: y la Iglesia el único camino posible para llegar a él.
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