Opinión

No asistí al entierro de mi madre

Creo que ningún hijo, por bastardo que sea, olvida el día que su madre murió. Ese dolor se guarda en lo más hondo del corazón; saber que ese ser que nos dio la vida se fue para siempre, duele y sacude el alma.

Sé que la gente me juzgó y me trató mal; aunque lo disimularon, me insultaban mentalmente. La familia y todo el barrio se enteraron de que no asistí al entierro de mi madre. Lo sé. Los murmullos y el secreteo al verme pasar me lo hicieron saber.

—¿Sabías que Ricardo no fue al entierro de su mamá? Eso es inaudito —dijo Lucelly a su vecina, con quien hablaba de un balcón al otro—. Imposible no acompañar a la mamá hasta su tumba.

—¿Qué clase de hijo es ese? —respondió la vecina—. Es increíble que alguien abandone y desprecie a su madre en un momento como ese. Es el último adiós, la última vez que la ve; jamás volverá a estar con ella.

—¡Pobre mujer! —replicó Lucelly—. Y tanto que se esmeró por criarlo y darle la mejor educación. Ah, pero así pagan los malos hijos. Una madre soltera que se esmeró por darle siempre lo mejor.

Sentado en su cama, sin dejar de mirarse los pies, Ricardo llevaba un buen rato agachado pensando y pensando en su madre; sin poder sacarla de su mente.

“Todos me juzgaron, pero ninguno de ellos sabía que llevaba muchos días con sus noches sin dormir. Nadie sabía que pasé meses enteros bañándola, dándole de comer y cambiando sus sábanas; era yo quien limpiaba su boca cada vez que escupía sangre y le daba las medicinas para mitigar sus dolores. Me acostaba a su lado y la arrullaba como si fuera un bebé cada vez que se desesperaba y se revolcaba en su cama. Imposible olvidar su última petición o deseo, pocos días antes de morir:”.

—Hijo, no quiero que vayas a mi entierro y tampoco quiero que me llores.

—Pero mamá, ¿cómo se te ocurre eso? Es imposible; es mi deber como hijo acompañarte hasta tu última morada. ¿Por qué dices eso, mamá?

—Debes recordarme siempre como si estuviera viva a tu lado, dándote ánimo y fuerzas para seguir tu vida. Recuerda mis ojos, mi sonrisa, mis consejos… ¿Me lo prometes?

—Te lo prometo, mamá. Sé que me juzgarán y me tratarán como al peor de los hijos, pero promesa es promesa.

—Mira, hijo, quédate tranquilo; me has acompañado y ayudado cuando más lo he necesitado.

Aquel juramento empezó a pesar en mis extremidades cuando, arrodillado al lado de la cama de mi madre, la veía mover sus labios haciendo sus últimos rezos, sus últimas plegarias.

Recuerdo aquel instante cuando vi salir su cortejo; el reloj se detuvo y desde entonces para mí todo cambió. Mi madre se iba para siempre, jamás volvería a sentirla. Al verme inmóvil, todos me miraron como si fuera de la peor calaña.

Aquel día comprendí que todas las despedidas son diferentes y que, en ocasiones, el silencio es más elocuente que las palabras. No todos los adioses deben gritarse; algunos oprimen el pecho en ese silencio eterno. También aprendí que los duelos se viven de manera diferente; el verdadero amor se demuestra en vida. En el velorio de mi madre vi lágrimas de hipocresía y lamentos falsos. Los golpes de pecho pueden ser muestra de diferentes motivos o situaciones; algunos hacen parte del espectáculo. Para muchos, el amor se mide en coronas de flores y llantos de cementerio, pero mi realidad era otra: yo ya me había despedido de ella.

En medio de una profunda soledad, caminaba por toda la casa y me parecía verla por todos lados; escuchaba su voz, sentía su «chancleteo» y la veía abriéndome la puerta cada vez que yo llegaba del colegio o de la universidad. Miré su cama vacía; la vi en la silla mecedora con su taza de café caliente entre las manos (nadie más tomaba en su taza, era solo para ella). Miré las plantas que ella cuidaba con tanto empeño.

En la cocina, sentado en el butaco donde ella acostumbraba a desgranar los fríjoles y pelar las papas, recordé mi infancia, mi juventud y mi adultez a su lado. Sentía sus manos cálidas acariciando mi cara. Por un instante vino a mi mente aquella imagen de cuando se arreglaba y se ponía sus mejores trajes para ir a misa; había que ver y sentir tanta vanidad en aquel cuerpecito.

—En mi vida había visto un hijo tan malo como Ricardo —continuaba diciendo Lucelly a su vecina—. Algún día se va a arrepentir de haber abandonado a su madre en el momento en que ella más lo necesitaba.

—Definitivamente, más malo imposible. Él no lloró; no lloró a su madre. Todos lloramos, menos él.

Pasados algunos días Ricardo no dejaba de pensar en su madre, recordando sus últimas palabras mientras iba muriendo lentamente; eran susurros ya que su voz se apagaba como se extingue la luz de una vela: —hijo, me voy con el corazón tranquilo, no estés triste. Gracias por cuidarme como lo hiciste. Dios me dio el mejor compañero de vida; fuiste mi mayor acierto. Te bendigo hoy y siempre.

(Cuento)

2026-05-10

Publicado por:
Minuto30.com

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