¿Qué nos espera en este nuevo año?

Por Antón A. Toursinov

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Ya ha pasado una semana de este año, 2017. No es tan poco, como puede parecer. Dicho de otra manera, ya ha pasado el 2% del año. El 2016 no trajo nada bueno, en términos político y sociales, al mundo en general ni a nuestro continente en particular. El último día del año pasado daban ganas de parafrasear a un personaje de una comedia española: “ha acabado otro año nefasto en nuestra vecindad”.

Recordemos lo que nos trajo el pasado: desde las guerras, epidemias y catástrofes hasta los premios Nóbel y acuerdos de paz que provocan más dudas y sospechas que beneficios. La mayoría de estos eventos ya sucedidos tienen y seguirán tendiendo repercusiones en nuestras vidas a corto y mediano plazo. Es decir, nos dan pautas para el rumbo de la historia en el transcurso del año que acaba de comenzar.

Desde enero pasado vimos más señales del hundimiento de las políticas demagógicas de los gobiernos socialistas (y de izquierda en general) en todo el hemisferio. El nuevo Congreso venezolano, dominado por la oposición al gobierno de Maduro – a la que el chavismo llama “derecha” pero sigue siendo la misma izquierda social-demócrata – empezó con la resistencia al ilegítimo gobierno, lo que provocó la crisis política más grande en la historia venezolana. Los colombianos son testigos directos de esta crisis, de las anecdóticas escapadas de los venezolanos que cruzan frontera con Colombia para ir a “hacer el súper” y de los intentos de Maduro de cerrar las fronteras “para que nadie escape del paraíso”.

La visita de Obama a Cuba en marzo pasado, que tanto ruido hizo a nivel mundial hasta el punto de llamarla “histórica”, “apertura” y otros epítetos bonitos, en realidad no trajo absolutamente ningún beneficio para los propios cubanos que viven la pesadilla castrista. Castro llegó a exigir el pago de míticas indemnizaciones por el embargo – aunque el embargo fue impuesto por los EEUU debido a la deuda que Castro había rehusado a pagar en 1961. Pero el genocida Fidel Castro ya es historia.

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En la propia Colombia, a pesar de todos los argumentos en contra de cualquier trato político con los terroristas, el Presidente Juan Manuel Santos se hizo de oídos sordos y firmó el Acuerdo. Aunque, hay que reconocer, atendió el llamado de realizar una consulta popular en la que perdió con estrecho margen, lo que le hizo revisar estos Acuerdos.

A pesar de todo ello, el tratado ahí está, otorgando amplios beneficios legales y políticos a las FARC – ansiosos de venganza contra el ejército que defendió a los colombianos, contra el propio Gobierno y contra los colombianos. De paso recordemos que estos Acuerdos le trajeron el Premio Nóbel de la Paz (qué ironía), ya completamente devaluado después de que fuera otorgado en distintas épocas a personajes tan aciagos como Rigoberta Menchú, Óscar Arias o Barack Obama.

Nuestro vecino del norte, EEUU, tampoco evitó estragos en la política. Las elecciones presidenciales del 19 de diciembre pasado hicieron ver al mundo que algo anda mal en aquel país. Mientras la mayoría se burlaba de la misma participación en las elecciones de un personaje tan insólito y, por qué no, exótico, como Donald Trump, este cumplió por fin con su sueño de ser el presidente de la potencia más fuerte del mundo. Claro, lo hizo a través de la demagogia prometiendo miles de cosas para todos los gustos. Sin embargo, la gente pensante sabe que poco de lo prometido este personaje podrá realizar. Al fin y al cabo, el sistema político estadounidense se fundamenta en la estricta separación de los tres poderes del Estado precisamente con el objetivo de que ningún loco en el poder pueda hacer de las suyas. Si no, EEUU ya sería Venezuela o Bolivia, o Rusia.

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Pero, quizá lo más triste del año pasado fue la partida de las personas grandes que siempre aportaron con sus conocimientos a la humanidad y que van a quedar en la historia como personalidades – a diferencia de muchos políticos. Y más triste todavía es que algunas de estas pérdidas me afectaron directamente porque se trataba de mis amigos o Maestros.

El primer día del año pasado nos enteramos del fallecimiento de uno de los economistas liberales “austriacos” más importantes y significativos de la actualidad, Juan Carlos Cachanosky. En Buenos Aires, mientras trabajaba en su oficina durante la Nochevieja, se detuvo su corazón. Murió haciendo lo que más le apasionaba – trabajando, escribiendo, preparándose para sus futuras conferencias en las universidades tanto argentinas, como latinoamericanas y europeas donde solía ser un visitante especial en las facultades de economía. Además, era un amigo incondicional para nosotros, sus amigos; y un padre excepcional para sus tres hijos, dos de ellos siguen sus pasos y son economistas reconocidos.

En febrero a los intelectuales nos entristeció otra noticia, esta vez desde Italia, donde falleció Umberto Eco. Muchos lo conocen por sus famosas novelas y ensayos. Definitivamente, era un pensador que dejó huella tanto en la literatura como en la filosofía. Pero, además – o sobre todo, como consideraba él mismo – era un destacado científico y profesor, uno de los “padres” de la semiótica moderna. En este campo fue mi Maestro de lo que siempre presumo orgulloso.

Hubo muchos acontecimientos el año pasado. No dudo que cada persona haya tenido sus momentos felices, pero a nivel global definitivamente fue un año nefasto. Esperemos que este año, que ya empezamos a vivir, traiga más optimismo a la vida, más momentos positivos, a pesar de que todo indica que no será así.

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