Partidos conectados

Por: Sebastian Grundberger

partidos politicos

La salud democrática de los países esta intrínsicamente relacionada con la capacidad de sus partidos de interpretar a sus sociedades de la manera adecuada.

No hay democracia viva sin partidos políticos. No obstante, según la última encuesta del “Latinobarómentro” en 2018, solamente 13% de los encuestados en América Latina afirmó tener “confianza” en los partidos políticos. Llama la atención que en muchos países de la región el desprecio a los partidos ha sido la antesala de regímenes autoritarios, populistas y personalistas de todo tipo de formas y tonalidades.

Así, la crisis de los partidos rápidamente puede convertirse en una crisis de la democracia misma. Es algo que ignoran quienes, por razones populistas, electorales o simplemente por decepción, alimentan los sentimientos de la calle contra los partidos, los mismos de siempre o – peor aún – el sistema. En vez de cuestionar si los partidos aún son necesarios, lo que debemos más bien es preguntarnos qué tipo de partidos necesitamos construir para que estos sigan o vuelvan a ser protagonistas de sus democracias.

Para superar la tantas veces constatada “desconexión” de los partidos políticos, éstos deben asumir el reto de ser partidos conectados – con sus sociedades, con el presente y, sobre todo, con el futuro. No existen respuestas fáciles sobre cómo lograr esta conexión. Sin embargo, ofrecemos algunas pautas en la nueva edición especial de “Diálogo Político” – un proyecto del Programa Regional Partidos Políticos y Democracia en América Latina de la Fundación Konrad Adenauer con sede en Montevideo.

El primer punto de conexión es el área programática. La principal tarea de los partidos políticos es trasladar demandas ciudadanas a la esfera política y -ojalá- convertirlas en leyes y políticas públicas. Como son diversas las demandas y a veces contrapuestas, hacen falta distintos partidos que las interpreten de distintas maneras. No obstante, es peligroso cuando los partidos no hablan de los mismos temas que el tantas veces idolatrado “ciudadano de a pie”. Si los partidos ya no pueden enarbolar las demandas ciudadanas, estas últimas se buscan otros caminos.

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Las recientes revueltas sociales en muchos países de América Latina dan fe de aquello indicando a su vez un fracaso de los partidos de funcionar como sistemas de alerta temprana. Temas como la digitalización y el cambio climático ya están instalados en el debate político marcando una parte de lo que deben ser las agendas partidistas mejor para hoy que para mañana.

Esto lleva al segundo punto de conexión. Los patrones de comunicación de las sociedades están viviendo cambios rápidos. Los partidos conectados tienen que saber comunicar con el lenguaje de las sociedades que aspiran a representar y en todos aquellos espacios físicos o virtuales donde estas comunican. Un partido conectado debe invertir en esta comunicación. Claramente no es suficiente cuando antes de cada acto electoral se contratan a consultores profesionales y en el tiempo entre elecciones se deja la comunicación institucional partidista a algún familiar de un líder quien “sabe de redes”.

Como tercer elemento de conexión cabe mencionar la forma y la organización del partido mismo. ¿El partido se parece a la sociedad? Aunque es perfectamente legítimo que un partido represente más a ciertos sectores -y sus demandas- que a otros, existen algunas evidencias que un partido conectado no puede ignorar. La escandalosa subrepresentación de las mujeres en cargos de liderazgo en partidos políticos es una de ellas. Otra es la tendencia de muchos partidos de darse estatutos y procedimientos internos tan complejos que se necesita un ejército de abogados para resolver disputas internas mientras que el ciudadano mira para otro lado.

A esto se suman desafíos endémicos. Uno particularmente dañino es la extrema personalización. Donde el líder se convierte en un fin en sí mismo, completamente desconectado de ideas e ideales, los partidos se convierten en clubes de hinchas en vez de un lugar donde se debaten conceptos. No es de extrañar que, en países donde esta tendencia es muy avanzada, son los líderes quienes crean partidos a su semejanza en vez de formarse en ellos y llevar sus banderas y sobre todo sus ideas con orgullo a los lugares de responsabilidad. En resumen es el líder (o demasiado pocas veces la lideresa) quien debe pertenecer al partido y no al revés.

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Resulta llamativo escribir estas líneas justamente en Uruguay, país que alberga los dos partidos más antiguos de la región y que cuenta con una estabilidad política envidiada por muchos. No obstante, hay que estar vigilante. Incluso sistemas de partidos estables han sido sacudidos por fenómenos como los descritos arriba. El caso chileno quizás es el más ejemplar. Otros casos se hallan en Europa. A pesar de sus matices, los desafíos de los partidos políticos en ambas orillas del Océano Atlántico se parecen cada vez más.

Por esto, el intercambio y la cooperación entre partidos democráticos cobra vital importancia. Este intercambio es aún más importante para afinar estrategias frente a la entrada de fuerzas autoritarias como China a la escena internacional, cuestionando de una manera cada vez más agresiva derechos y libertades fundamentales. La mejor respuesta a estos desafíos es el fortalecimiento de la democracia liberal hacía adentro. Y la más eficaz manera de hacerlo es dar respuestas convincentes al desafío de construir partidos conectados.

 Representante de la Fundación Konrad Adenauer en Uruguay y Director del Programa Regional Partidos Políticos y Democracia en América Latina (KAS Partidos) @kasmontevideo

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