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Un fantasma recorre Europa

El pasado domingo, Alexis Tsipras, del izquierdista movimiento Syriza, fue el gran ganador de las elecciones griegas.

En los años noventa, fui testigo de la unificación real de Europa, a través del establecimiento del euro, como moneda común de los Estados miembros. Hoy, dos decenios más tarde, temo estar presenciando el comienzo de su desmembramiento. La crisis institucional que crece cada día en los países “greco-latinos” europeos, como España, Italia, Francia o Grecia, se está traduciendo algunas veces en abstencionismo y otras, en la formación de movimientos de inconformismo, como en el caso de España, con el Podemos; o el de Portugal, con el Juntos Podemos, o el de Grecia, con el vencedor Syriza. Se trata de proyectos políticos contestatarios, un poco sobreideologizados, primíparos en la política, en la cual incursionan con gran éxito.

Estos movimientos resultan atractivos porque aunque, en el fondo, sólo proponen generalidades; dentro de las mismas, hay postulados válidos, como denuncias críticas a un sistema financiero que no genera desarrollo, no da empleo estable, es pura especulación y enriquece a unos pocos.

Gracias a las redes sociales, estos grupos han logrado movilizar actores como los jóvenes, los estudiantes, los profesores y los antisistema, y han aprovechado el fragor de esa masa, que tradicionalmente no participaba y que ahora se ha decidido a actuar, para pronunciarse respecto de la problemática más alarmante en cada uno de estos países. En el caso de Europa, el problema es de falta de fe y de credibilidad de los políticos y las instituciones.

Estas turbulencias son producto de la crisis económica que se inició en 2008 y que afectó gravemente a España, a Portugal, a Italia, a Irlanda y, por supuesto, a Grecia.

[pullquote]Con su triunfo en Grecia y su desafío a Alemania, estos movimientos han puesto a temblar la unidad de Europa…[/pullquote]Es una tendencia histórica que las balanzas se inclinen, en tiempos de crisis, hacia los modelos más solidarios, y en tiempos de bonanza, hacia sistemas más de derecha. Es natural, entonces, que, en Grecia, la crisis, que ya ha sido bastante larga, haya propiciado el triunfo de esta izquierda radical.

El problema radica en que el Syriza, como los demás grupos a los que nos referimos, son fuerzas de jóvenes con mucho ímpetu, pero nada de experiencia. Son revolucionarios, pero cuentan con un presupuesto limitado frente a un universo de necesidades por resolver. Esto, normalmente, genera unos espacios de responsabilidad que dan una mesura a cualquier discurso; pero de esa mesura, que, justamente, era un concepto tan valioso en la Grecia Clásica, carecen estos movimientos por ahora.

Desde el punto de vista económico, estos grupos son de izquierda radical y no quieren someterse a las fuertes medidas de austeridad que está imponiendo Alemania, con el inconveniente de que, en el caso de Grecia, esto pondría en riesgo su permanencia en la Unión Europea. Es cierto que la idea original de la Unión Europea era la de una Europa equilibrada donde todos los países tuvieran igual peso y que el hecho de tener que obedecer y hacer reportes constantes a Alemania no es el ideal que se previó de esa unión; pero el que Grecia pretenda no cumplir con sus obligaciones, después de todos los préstamos que Europa destinó para salvarla del colapso (que se malversaron, en muchos casos, por corrupción), es inaceptable, porque siempre tendrá que haber un ingrediente de responsabilidad frente a cualquier préstamo o recurso solidario que un país reciba para su desarrollo.

Con su triunfo en Grecia y su desafío a Alemania, estos movimientos han puesto a temblar la unidad de Europa. Esperemos que no se trate de la catástrofe que han señalado diversos medios europeos, sino que estos grupos sigan el curso natural de los movimientos políticos, que, a medida que van creciendo, van morigerando sus posiciones, porque tienen un abanico más grande de seguidores, que los hacen ser menos radicales, para poder cohesionar esa masa y cubrir un espectro más amplio. Si sus dirigentes son obtusos, no darán este viraje y su proyecto terminará siendo un fracaso y perjudicando el conjunto de la Unión Europea. Pero si logran encauzar un discurso constructivo, que no busque romper la sociedad, sino, al contrario, unificar a los diferentes sectores, para construir, podríamos ser testigos de una muy positiva sorpresa.

Espero que los agoreros no tengan razón y que este no sea el inicio del fin de la unidad que Europa ha establecido alrededor de los conceptos de solidaridad, de paz, de libre movilidad de bienes, de servicios y de personas. Por el momento, espero que lo que está sucediendo en el Viejo Continente sea lección para los colombianos. La política es escuchar a la gente sin intermediación, tratar de resolverle sus necesidades proactivamente, no tratar de imponer lo que creemos que es esencial, sino lo que la gente necesita.

Sofía Gaviria Correa es Senadora de la República y Codirectora del Partido Liberal



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