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Fuad Gonzalo Chacón

Mi aguda confesión

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Yo era muy pequeño, pero todavía lo recuerdo bastante bien. El sol se extinguía pintando de anaranjado la carrera 33 mientras en cierto centro de salud de mis horrores me aferraba como una boa en constricción a la mesita de madera de su sala de espera. Entre gritos angustiosos clamé durante horas por la heroica intervención providencial de la policía y los bomberos de toda Bucaramanga.

Tenía la certeza incontrovertible de que solo ellos podrían salvarme de la inminente amenaza de la vacuna Triple Viral. Mi pobre madre, muerta de vergüenza, trataba de desenredar a su hijo del mueble siamés bajo la mirada abochornada de las enfermeras. Pero el berrinche funcionó: aquella tarde solo a uno de los mellizos Chacón le pincharon.

Diez años después, los demonios de mis pesadillas afiladas emergerían para atormentarme por cortesía de una amable anciana octogenaria. Mientras preparaba sus herramientas para una prueba de hemoglobina la hice mi confidente contándole mis múltiples desventuras con las vacunas y esa necesidad patológica que tengo de cerrar los ojos para no ver el pinchazo. “No se preocupe, tengo buena mano” dijo y me amarró con fuerza ancestral la banda de caucho. Todo pasó muy rápido.

Tras el pellizco metálico de la aguja, el ¡Zas! inesperado, la repentina presión distendida, sus exclamaciones a la orden de “¡No mire! ¡No mire!” y, finalmente, el espeso líquido caliente que sentía resbalar por mi brazo en un denso caudal. Cuando abrí los párpados todavía había vestigios de la escena tarantinesca que acaba de protagonizar. Trauma instantáneo.

A estas hermosas anécdotas constructoras de infancia se le sumaron una dolorosísima inyección antitetánica tras un altercado entre mi quijada y el suelo de una piscina, un doblete de corrientazos anestésicos en encías para extraerme las muelas del juicio y, más recientemente, media docena de pinchazos en ambos brazos y la mano derecha para una PCR porque mis venas son tímidas y suelen sufrir de miedo escénico.

Pero nada se compara con el maratón de cuatro vacunas al que asistí una mañana de mayo de hace quince años en la Secretaría de Salud de Santander por exigencias migratorias de la embajada de los Estados Unidos. Con diez minutos de receso entre una y otra para evitar un colapso, sudé el alma hasta ahogarme en un océano de nervios.

Aunque algunos no lo entiendan, mi aversión a las agujas tiene un sustento perfectamente racional y completamente justificado en el desarrollado instinto de autoconservación de mi cuerpo. No importa cuántas veces me repitan eso de “¿No le da vergüenza, tan viejo?”, la verdad es que sigue sin darme, en absoluto.

¿Por qué tendría? No soy quién para llevarle la contraria a la naturaleza ni para luchar contra las pulsaciones orgánicas que me empujan a impedir que me perforen la piel con minúsculos túbulos de acero inoxidable.

Pero, paradójicamente, y muy a pesar de mi aguda confesión, hoy no hay nada que me apetezca más que vacunarme. La de Pfizer, la de Oxford, la de Moderna, incluso la de Putin. Una cualquiera, prometo (intentar) no llorar.

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