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Las marchas estudiantiles

Con seguridad que las marchas estudiantiles de otras partes del orbe han tenido causas y connotaciones distintas a las de aquí.

Francisco Galvis R.

Por allá la indignación se refiere al comportamiento de las economías venidas abajo por efecto de políticas equivocadas de los gobiernos, que arrastrado al paro a millones de ciudadanos y especialmente de jóvenes, los han dejado sin esperanza de encontrar un qué hacer digno y despensero, cuando no es que las censuras se enderezan parejas a reclamar por el inicuo sistema implantado en el mundo financiero y bursátil por la voracidad de unos muy pocos en coalición con los políticos, a expensas de la desgracia de los muchos que somos el resto.

Hay que convenir que cada quien tiene razón en lo suyo y, en el caso particular de Colombia, la muchachada ha vuelto a tomar posición en la calle en número superlativo después de décadas de ausencia, habiéndole servido el descuidado gobierno en bandeja de plata el motivo que necesitaba para querellarse con la administración aglutinándose alrededor de una idea, esta vez la de combatir el proyecto de reforma a la Ley 30 de educación superior, cuyos contenidos seguramente desconocen la mayoría de los protestantes y la generalidad de la opinión pública. Y todo sucede ante la afonía de la legislatura que, de tiempo atrás, se volvió notaría de lo que otros decidan o propongan.

Enseñanza superior pública, gratuita y de calidad es la consigna cerrada de los manifestantes y de su vocería ad hoc, aspiración idealmente justa pero que tropieza contra la situación de una nación con otras muchas necesidades básicas insatisfechas, como darles salud, comida, formación básica, trabajo y techo a las mayorías que el Estado asistencialista y burocrático trata de proveer en algo con lenitivos como subsidios y acciones sociales de insuficiente cobertura. Los anhelos muchas veces chocan contra muros de hormigón. Tantos, por ejemplo, hubieran querido tener a Sofía Loren por esposa y mujer.

Sí, hay que estar de acuerdo en que la educación superior pública debería ser gratuita, gratuidad solo asegurable con la voluntad política estatal de dotarla de los recursos dinerarios indispensables; sí, hay que estar de acuerdo en que toda la educación superior sea de mejor calidad y para eso se necesita el compromiso de todos los agentes de la academia; agregando un sí a la ampliación de su cobertura que, del verbo de los quiméricos planes de desarrollo, debe volverse carne y realización, siendo imprescindible a este extraordinario logro el concurso por igual de las instituciones privadas, tengan o no ánimo de lucro. La cosa es tan sencilla como indicar que quién no tenga con qué pagar la educación superior concurra a la universidad pública y que quién posea vaya a la universidad privada o, socialmente, ¿qué razón válida podría oponerse a ello?

A algunos nos satisface que el estudiantado, como cualquier otro sector, se expresé orgánicamente, con inteligencia, juicio y constructivamente, aislado con teflón de la influencia corrosiva de merodeadores agentes comunistas que, a esta hora de la historia, ya resultan reaccionarios. No es el tiempo de Marx o Lenin; Castro o el Ché; Mao u Ho; tampoco de Sartre, ni de agitadores de pacotilla.

Pero tampoco se puede ser obtuso, que el gobierno retire el proyecto, esta vez los pulsos son inútiles. Colombia no podría vestirse de túnicas funerarias.

Tiro al aire: parafraseando a Albert Einstein, la diferencia entre ignorancia y estupidez radica en que la ignorancia puede ser pasajera, mientras que la estupidez es eterna, porque para esta no hay remedio conocido.

 

Este es un espacio de opinión que refleja exclusivamente el punto de vista de su autor. Para nada compromete el criterio editorial de Minuto30.com

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