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    ¡La Patria, por encima de los partidos”

    Por: Nelson Hurtado O

    Para tranquilidad de todos, no sufragué por Santos, pero tampoco soy uribista, ni no uribista y menos anti uribista. Admiro y respeto tanto al ex presidente Uribe, como al Presidente Santos, en sus respectivos contextos.

    Por: Nelson Hurtado Obando

    En la peligrosísima lucha, hasta ahora verbal, que los mantiene enfrentados, se exacerban ánimos y sobre todo pasiones partidistas recónditas, bien arraigadas en el alma nacional. Era aún joven, cuando sostenía, que el fenómeno de la violencia política en Colombia, no se había superado con los Pactos de Sitges y Benidorm y que por lo tanto, la relativa “paz” de que disfrutábamos, era una verdadera “caja de pandora”.

    Para entonces, aún el paradigma del mundo era el de la “Seguridad Nacional”, sobre el cual se fundamentaban los discursos de todas las extremas: derechas e izquierdas, reforzados además con los discursos un poco “nacionalistas”, desde la misma cantinela de los Estados nacionales y su soberanía nacional, en lo cual la premisa fundamental era la de prevenir y contrarrestar todo conflicto entre naciones y defender las fronteras tanto desde lo militar, como desde lo económico, como llave de cierre a los regímenes socialistas y comunistas. Condición sine qua non, del progreso y desarrollo económico de cada Estado – Nación, era la seguridad, que pudieran brindar, sobre todo a los inversores extranjeros.

    Pero, el mundo cambió; diversas causas determinaron profundos cambios: las formas de producción, en relación con los recursos naturales; los primeros hallazgos de los efectos de la contaminación ambiental, sobre el cambio climático y sobre todos los elementos bióticos; la necesidad de virar hacia producciones limpias; la estrechez de los mercados nacionales y el no retroceso del hambre, la pobreza y la exclusión social en el mundo, además del crecimiento exponencial de los conflictos nacionales y la aparición del crimen transnacional.

    La apretada síntesis anterior y no de las únicas causas, propiciaron el establecimiento del nuevo paradigma de la “SEGURIDAD HUMANA”, que puede compendiarse en que no puede existir en el mundo, ningún Estado seguro, si cada uno de sus ciudadanos no está seguro. Y hablar de seguridad, desde el contexto de seguridad humana, es más amplio que hablar de la seguridad nacional, pues ya no es solo la seguridad, desde el punto de vista personal y comunitario: más ejército, más policía, sino que comprende la seguridad alimentaria, a la salud, al medio ambiente sano, la seguridad política, etc.

    Consecuente con el nuevo paradigma, los Estados demo-liberales de Derecho y los Estados de beneficencia, evolucionaron constitucionalmente hacia los Estados Sociales de Derecho, democráticos y participativos, como es el establecido en Colombia, en la Constitución de 1991. Plausible la evolución, pero a la par, se devaluó el concepto de soberanía nacional, las fronteras comerciales nacionales cayeron, los mercados y las economías nacionales y aún regionales desaparecieron y todo quedó inmerso, casi sin darnos cuenta, en una economía de mercado global, desde la cual, quien lo creyera, el precio del mercado del pan diario de cada colombiano, sufre las interferencias propias que le correspondan, dependientes de los comportamientos de las bolsas asiáticas, de New York, o de las calenturas petroleras árabes o venezolanas, o de la manera como Europa, especialmente Alemania o Francia, solventen la crisis griega. Había aparecido, había llegado y para quedarse el neoliberalismo, cuya tesis central estriba en que el mercado es DIOS SABIO y PODEROSO, para resolver todas sus interferencias negativas y el único a través del cual se pueden resolver los problemas de pobreza, hambre y exclusión.

    Desde este postulado, apodíctico, del neoliberalismo, el Estado Social de Derecho, perdió su configuración, pues condicionó y despojó al Estado de sus funciones de intervención y regulación, no solo respecto de la materia económica, sino de sus funciones esenciales, entre ellas la de administración de justicia, guiada por los principios del eficientismo y la creciente desjudicialización de las causas, su administrativización y su negociación desde los referentes de coste y beneficio; a la par, la seguridad y entre sus componentes el de la salud y la seguridad personal, en buena medida quedan libradas al mercado, lo cual me permite sostener que desde el cambio de paradigma, el problema del mundo actual, no es la seguridad, sino justamente la inseguridad, vivimos en un mundo completamente inseguro, como lo afirman diversos organismos mundiales, por lo que desde lo económico, es una variable o un componente del mercado, valuado perfectamente en el análisis del riesgo económico o de inversión, que bajo el criterio de la transnacionalización de capitales, la globalidad del mercado, deviene si se quiere, como un coste mínimo, frente a las ganancias o utilidades y de alguna manera sin solución, ante el crimen común y político global, de tal manera sensible, que mientras se exige del Estado que deje de hacer todo aquello que siempre ha hecho ineficientemente, no obstante, a la par se le exige alta inversión de recursos públicos en seguridad comunitaria y personal. De otro modo, la seguridad comunitaria y personal, en cada Estado – Nación, no es en definitiva determinante de la inversión nacional, ni extranjera, ni de sus propios crecimientos económicos, sino algo más profundo que las meras ausencias de conflictos internos, llámese crimen común o político, en tanto el mercado y a pesar de estas persistencias, se superpone a ellas, generando siempre mayores utilidades locales y globales, que por lo general desde cada Estado, se protegen desde el ordenamiento jurídico, con las llamadas cláusulas de estabilidad jurídica, regímenes cambiarios, TLC´s y el eficientismo judicial, en la brevedad de los juicios, desde su análisis económico.

    Todo lo anterior para significar, que en el actual gobierno del Presidente Santos, no es que haya perdido el rumbo o que haya quebrado los huevitos de “…la seguridad democrática y la confianza inversionista…” que dejó el Dr. Uribe Vélez, sencillamente esos huevitos, en el contexto global, no podían “empollar”, porque el crimen, común y político, al contrario, cada día no solo tienden a crecer, sino a ser más globales y lo peor, más interdependientes e interactuantes y más cercanos a cada Estado del mundo, por alejados que estén unos de otros. Así, Colombia, en el gobierno del Dr. Uribe Vélez, podemos decir que disfrutó de una relativa seguridad, siendo común escuchar, sobre todo en estratos económicos medios y hacia los bajos, como argumento toral, que durante sus 8 años de gobierno, se “pudo viajar con tranquilidad” por todas las carreteras de la Patria, se minimizaron las “pescas milagrosas”, los ataques a poblaciones y civiles, lo que es cierto, como también es cierto que ello jamás implicó que se hubiera alcanzado la seguridad y menos la paz, es decir que se hubieran eliminado los conflictos de crimen común o político. Desde esta percepción puntual, evidentemente, podríamos decir que el Presidente Santos ha aflojado; el Dr. Uribe siempre alentó a la tropa; Santos es parco, su Ministro de Defensa, no comunica, no insuflan aliento patriótico, pero sea ello así o no, con o sin el Dr. Uribe, con o sin el Dr. Santos, los problemas de inseguridad que vive Colombia, no son meras cuestiones internas a resolver en el micro escenario nacional, de tal modo que podemos decir que no existen conflictos nacionales, locales, localizados; existe sí, un gran conflicto y es mundial, la INSEGURIDAD GLOBAL, de tal manera que, vecinos incómodos como Chávez, aisladamente en la región, puede ser tolerable desde el “mi gran nuevo amigo”, pero no desde sus relaciones y amistad con Cuba y con Mahmud Ahmadineyad y menos por fuera de los contextos de una economía global y del crimen transnacional.

    En efecto, las inversiones extranjeras en sectores claves de la economía mundial, no se detienen en Colombia, comunicaciones, petróleo, minería, construcción, etc., lo que revela que la inseguridad, como riesgo, es un componente de la inversión, cuya solución se deja “librada al mercado”, en los términos de generación de utilidades.

    Digresiones o no, -de eso dirán los expertos economistas-, lo único que percibo como ciudadano, es que ni la pugnacidad patriótica del Dr. Uribe, ni la frialdad del Dr. Santos, son el camino correcto, pues lo que está en juego no puede ser meramente la continuidad de un proyecto, una política o programa de gobierno, a resolver desde la mera opinión y por el medio electoral; parece que los Colombianos estamos frente a la misma pugna histórica que existió entre URIBE URIBE y BENJAMIN HERRERA, éste último que pronunció la breve sentencia de “La Patria por encima de los partidos”.

    Tanto el Dr. Uribe Vélez, como el Dr. Santos, tienen no solo ese enorme reto, sino la grave obligación de impedir que la ciega opinión ciudadana, se polarice, como viene ocurriendo, que es tanto como atizar el fuego de las pasiones y consolidar una nueva división de los colombianos, por cuyos intersticios se cuelan todo tipo de subversiones, porque a no dudarlo, a más del distanciamiento entre el Dr. Uribe y el Dr. Santos, ese sería el mayor logro político de las Farc y no creemos, que ni uno, ni otro, sea ese el destino que quieren para la Patria. Las circunstancias llaman a la unidad, no al unanimismo; cada quien tiene un pedazo de verdad y ni juntos poseerán la verdad absoluta.

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