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    ¿Cómo impacto a la sociedad con mi modo de vivir la amistad?

    Por: Nubia Leonor Posada González

    Según cuenta Aristóteles en el Libro octavo de “Ética a Nicómaco”, la amistad “Es además una de las necesidades más apremiantes de la vida; nadie aceptaría esta sin amigos, aun cuando poseyera todos los demás bienes.” http://www.filosofia.org/cla/ari/azc01211.htm

    En una sociedad se vive el bienestar en la proporción del bien ser de cada uno de los que la conforman. Con solo bienestar incluso el placer se vive del modo más infeliz, usándolo despóticamente, como mero medio para un fin egoísta.

    Esto nos alejaría del amigo, sería un uso opresor de lo mejor de sí mismo y de terceros, que impide el desarrollo de la personalidad de los implicados, porque el egoísta se cierra voluntariamente a la posibilidad de hacerse mejor persona, al preferir un bien menor dispersándose del reconocimiento de la diferencia entre éste y un bien mayor que es un ser humano.

    ¿Tengo derecho a llamar “amistad” a cualquier modo de relación? El fundamento del derecho no es el deseo, sino cada ser humano en su unidad y totalidad, y en su temporalidad biológica e infinitud espiritual.

    Quien prefiere un bien menor que a un ser humano, se deshumaniza en la proporción de la diferencia de ambos bienes y pierde una oportunidad de ser mejor persona con otros.

    No existe el derecho a ser egoísta, porque las actitudes y obras, propias de este defecto, nunca desarrollan la personalidad al no perfeccionar al ser humano en lo que se excluye de procurar el bien de terceros.

    El uso arbitrario del argumento del libre desarrollo de la personalidad, tiene un efecto destructor de ésta, especialmente cuando se pretende justificar el egoísmo distorcionando la finalidad de las relaciones más nobles, como las de amistad, en la vida familiar y, como efecto, en lo que tiene que ver con la sociedad y el Estado, porque las obras pierden, por lo menos, su impacto en el desarrollo afectivo.

    El abuso egoísta de otro es lo más antitético en la amistad, que tarde o temprano caduca, dejando vacío y estrago porque es una forma de violencia, que es la contradicción de la dotación en que consistimos y su lógica interna.

    Por eso, después del aporrión que nos damos con un acto de egoísmo, nos hacemos más torpes de inteligencia para ver rápida y claramente lo que más nos conviene en cuanto humanos, y debilitamos nuestra voluntad para acertar en la elección del mayor entre distintos bienes posibles y para obrar lo que hace falta con el fin de alcanzarlo.

    Además, menguamos nuestra capacidad de abrirnos a la realidad en que consistimos y que también son los demás, en cuanto personas.

    Como nos vemos desde el interior pero no desde afuera, necesitamos a los amigos para enterarnos del daño causado con nuestros defectos, en nosotros y tal vez en los demás, y recuperar en lo posible lo perdido por estar buscando bienes menores o aparentes.

    Las amistades nos estimulan para arremeter nuevamente en el empeño por alcanzar los bienes mejores, para nosotros y todos en quienes podemos tener alguna influencia por el impacto de nuestras actitudes y obras.

    Para algunos, el placer es sensible y le gozo espiritual, y un buen amigo solo valora el primero en la medida en que aporte al segundo de estos bienes. El crecimiento en la amistad mejora la capacidad prospectiva.

    Suele haber una sensación placentera cuando se obra bien; parece que el placer es un estímulo para ser mejores amigos, pero hay que estar pendiente para diferenciar siempre el grado de perfección que aporta, de modo que no nos dejemos eclipsar por el bien que es el placer, dispersándonos de las perfecciones mayores, que se hacen notar por el gozo posterior a su consecución y por la alegría, incluso mientras se ponen los medios para alcanzarlas, aunque parte de su precio sea el sufrimiento de renunciar a bienes menores que nos dispersarían de centrarnos en alcanzar lo mejor.

    Una persona que se habitúa a la procura del bien mayor para sí mismo y para otros, esforzándose de modo óptimo por vivir bien la amistad, optimiza todas sus facultades, incluyendo la inteligencia, la voluntad y la afectividad, y las físicas, para ayudar lo más posible a los demás, comenzando por sus más cercanos.

    Como sus capacidades son las mismas que luego aplica en su vida social, con el estímulo de vivir bien la amistad se desarrollan también las cualidades necesarias para servir del mejor modo a cualquier otro miembro de la sociedad, de modo independiente a la edad, la armonía en las partes y funciones del cuerpo, el estado de salud, los conocimientos, competencias y posesiones.

    Servir desde lo más profundo del propio ser, que es la acción coherente con reconcocer el bien de ser persona y acompañarse con generosidad a desarrollarse plenamente en cuanto realidades corporeoespirituales, es sobreabundancia de la relación de verdadera amistad.

    De estas competencias desarrolladas en la intimidad correspondiente a la clase de amistad -entre esposos, hijos, hermanos, parientes, novios, compañeros, compatriotas, o simplemente humanos-, depende saber ser buen ciudadano, porque no se reduce la vida social a vivir respetando el marco de unas normas, sino que trasciende a mejorarlas y hacer además todo el bien no impuesto por éstas.

    En la medida en que vivimos la amistad leal, notamos la diferencia entre los bienes que imponen la sociedad y el Estado con las normas justas, y los que las obedecen pero trascendiéndolas, como lo hacen nuestros verdaderos amigos, que son los mayores estímulos para que seamos mejores personas, realidad que es la razón de asociarnos constituyendo la sociedad y el Estado, que deben estar siempre al servicio de cada ser humano durante su ciclo vital completo y sin excepciones.

    Por justicia, donde primero se debe cultivar así la amistad es entre los miembros del propio hogar, entorno más inmediato de relaciones interpersonales de cercanía y cuidado.

    Parece que, en esto, Aristóteles tenía razón.



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