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    ¿Hay animales que tienen derechos y hay seres humanos que no los tienen?

    Por: Nubia Leonor Posada

    Tal vez en Bioética el principal representante de la respuesta afirmativa al título de este artículo, es el filósofo utilitarista australiano Peter Albert David Singer, que no apoya de modo sistemático, en referentes de la Ética y la Bioética, un señalamiento de las diferencias entre la perfección a la que se hace referencia con el término “ser humano” y a la señalada con la expresión “ser animal”, sino que propone un tratamiento igualitario a toda especie con sensibilidad al dolor, utilizando como criterio principal la capacidad de sufrir y la de disfrutar.

    El placer es una sensación que no vale más que el que la siente, y esto no es reconocido cuando se pretende justificar la destrucción propia o de terceros, con argumento de gozar el placer o evitar el sufrimiento, por compasión u otra sensación.

    No parece razonable sobrepasar el límite de reconocer que todo acto, tendencia y perfección, guarda una proporción en su valoración, según su aporte al mayor bien posible a cada ser humano que afecte, en su unidad y totalidad, y en la completitud de su vida biológica por corta en el tiempo que ésta sea, y de su vida espiritual, que es infinita.

    En la medida en que las personas abdican de lo que pueden alcanzar distinto a sensaciones de placer y huidas de dolor, son más manipulables por terceros, porque se quedan sin defensas para reconocerse a sí mismas en toda su dignidad, y pueden llegar a alejarse tanto de su propia capacidad de autonomía racional, que su pobreza de percepción no solo puede impedirles reconocer la diferencia de valor, bien o perfección entre los seres humanos y las demás especies, sino que tampoco alcanzan a darse cuenta de que todo cuerpo vivo pertenece a su especie durante su ciclo vital completo, ni a enterarse de lo que la ciencia está señalando, cada vez con más detalles, acerca del inicio de cada ser humano.

    Al llegar a este punto de inanición en sus capacidades de percibir y valorar lo real, su racionalidad crítica y analítica puede quedar fácilmente tan enajenada, que la respuesta con que justifican su promoción de la destrucción de seres humanos no es un verdadero “he concluido que”, fruto de un trabajo intelectual sistemático, interdisciplinario, secular, global y prospectivo, sino un “lo dice” esta persona o institución, o la norma, o “así se ha hecho”, o “es mi punto de vista”, que tantas veces es sinónimo de “es el punto de mi falta de visión”.

    El camino de los niños en su evolución progresiva de aprendizaje y desarrollo armónico de su personalidad, pasa por imitar mientras desarrollan su capacidad de ser más libremente responsables.

    La ruta de la involución de la inteligencia, la afectividad y la libertad responsable, y por lo tanto, de la personalidad de los jóvenes y adultos, es la de la absolutización de lo que era parcial, que, si no se corrige cuanto antes, puede hacerse habitual no logrando ya subordinarlo a la totalidad de su ser y al bien común que no contradice sino que se armoniza con lo que hace a cada ser humano mejor persona.

    En el planteamiento de Singer hay un escalón aún más bajo que el de no saber diferenciar entre hombre y animal, y es el de negar la humanidad de algunos seres humanos.

    El hedonismo es una variante del utilitarismo en la que sentir placer se valora por encima de sí mismo y de los demás, al punto de procurarse o procurar a otros seres humanos la muerte, si es el precio de ciertos placeres o si evita el propio sufrimiento o el de terceros.

    En esta forma de utilitarismo todo otro bien alcanzable por el ser humano se subordina a la sensación de placer y a la evitación del dolor.

    Es una abdicación insostenible con la razón y la ciencia, y quienes llegan a este nivel de ceguera actitudinal, pueden alcanzar incluso a reconocer como iguales “derecho humano” y “derecho animal”, o como superior el “derecho animal”.

    El igualitarismo de especies niega, o reduce gratuitamente a la mera opinión o a la duda, sin argumento alguno de racionalidad sistemática y, por lo tanto, sin referencia científica y humanística, que el ser humano es constitutivamente una realidad corporeoespiritual y el animal es solo cuerpo vivo. Aceptar ese error -sería falso puralismo, por irracional, reconocer al error la aceptabilidad que solo tiene la evidencia-, puede incluso causar un trato preferencial a animales respecto de humanos.

    ¿Cómo ayuda la ciencia a enterarnos de quiénes somos?

    Parece que el primer gran salto cualitativo en la evolución hasta llegar al cuerpo humano, se notó, en el homo habilis y el rudolfensis, que fueron capaces de elaborar y portar herramientas sofisticadas de piedra para utilizarlas en cualquier momento.

    El abogado José Justo Megías Quirós, señala en un artículo que publicó este año en la revista española Cuadernos de Bioética, teniendo en cuenta que el que es constitutivamente persona es cada ser humano: “El animal carece de dignidad, pero debe ser objeto de protección por el Derecho, aunque no se le reconozcan derechos. (…) Este salto cualitativo es el que permite al hombre no sólo saber, sino valorar lo que sabe, transmitir conocimiento abstracto y aprender de los demás, realizar proyectos de vida –a largo plazo- y ejecutarlos, elegir entre las opciones de obrar valorando las consecuencias, sacrificarse por los demás sin hacerlo de modo instintivo, distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, plantearse la existencia de un más allá, etc.”

    Desde el punto de vista genético se va avanzando en la identificación de los cambios en el genoma que marcan diferencias específicas entre los humanos y los demás cuerpos vivos.

    El humano cuenta con la relación de su espíritu o perfección simple y su materia consistente en energía, para vivir libremente de modo coherente con la perfección de su propio ser, acertando en el modo como vive su cuerpo y su relación con los demás seres personales y los solamente físicos, sean vivos o inertes.

    Esta unidad que constituye a cada miembro de la familia humana desde la concepción, hace que el cuerpo humano tenga siempre un valor superior a cualquier otra forma de energía, al añadirse a ésta el bien mayor en el universo conocido, de servir de recurso para el perfeccionamiento de alguien que es desde la concepción, un ser humano real.

    Algunos ejemplos del respaldo de la genética a varios avances de la Paleoantropología, son los nuevos datos sobre mecanismos moleculares que potencialmente impulsan cambios evolutivos en el desarrollo cortical, posible por algunas características exclusivas del genoma humano.

    En el artículo de revisión sobre Biología evolutiva, titulado “Impulsores moleculares de la evolución cortical cerebral humana”, (I.K. Suzuki / Neuroscience Research 151 (2020) 1–14), se explican algunas características del desarrollo exclusivas de la corteza cerebral humana u homínida, que no se comparten con otros cuerpos vivos: “Esta revisión discute los procesos ontogénicos y filogenéticos de la corteza cerebral humana, seguida de la introducción de enfoques integrales recientes que identifican los mecanismos moleculares que potencialmente impulsan los cambios evolutivos en el desarrollo cortical.”

    Un ejemplo concreto de lo que se juega cada persona, familia y nación, y la especie humana, fragmentando la percepción de quién es cada ser humano durante su ciclo vital completo, es la equiparación, promovida desde la ONU a sus 193 países, del aborto de un ser humano durante las primeras semanas, con el significado del término “anticoncepción”, como si fuera posible que existieran seres humanos reales creciendo y desarrollándose sin que hubieran iniciado su existencia siendo un organismo unicelular. En esto ni siquiera reconocen los datos científicos más básicos de la genética, la Biología del Desarrollo y la Embriología.

    Para erradicar este genocidio implantado a una sociedad global, nos toca a cada ciudadano arremeter a mejorar la cultura y a procurar por todos los medios honestos, en el hogar y en cada ambiente de la vida social, incluyendo las estructuras jurídicas, gubernamentales, educativas, lúdicas, de comunicación y salud, entre otras, exigir la necesaria competencia científica y humanística en todo el que deba ejercer, por tener uso de razón, actividades de impacto en su autocuidado y el de los demás.

    La genética respalda esta erradicación del abuso contra los seres humanos más pequeños, porque en los genes están las estructuras moleculares que marcan la diferencia de los seres humanos respecto de los otros cuerpos vivos.

    Conociendo las expresiones de los genes, se ha descubierto por ejemplo, que la duración prolongada de la producción y maduración de neuronas también caracteriza el desarrollo cortical humano. De modo que, lo que unos usan para argumentar la destrucción de inocentes, en realidad es una evidencia contundente de la humanidad de estas víctimas, que también se encuentra en los genes de sus victimarios.

    Conociendo esto se enriquece y actualiza la argumentación para señalar que carece de racionalidad la postura de quienes, en nombre de la ONU y de los países que la constituyen, niegan que están promoviendo un genocidio con sus negocios de difusión de anticonceptivos hormonales y demás medios que se sabe que son destructores de seres vivos.

    Es innegable desde el punto de vista genético, que ya fueron concebidos y, por tanto, algunos de estos medios, como los que tienen anticonceptivos hormonales, no son solo anticonceptivos, sino también abortivos. Ojalá se detengan a reflexionar todos los que hacen parte de las acciones y omisiones -no oponiéndose todo lo necesario- que llevan a la muerte de esos inocentes.

    Pero no sirve la mera ciencia si la persona no está abierta a descubrir su propia realidad espiritual, no perceptible en laboratorio, por la que es a la vez, mientras viva en este universo, una unidad simple y de energía.

    El camino es invertir las horas necesarias de estudio para fortalecer la propia cultura científica y humanística, y sus aplicaciones coherentes en todas las etapas de la vida personal, familiar y social.

    Es el único modo de asegurar ser competente en cualquier actitud, decisión y acción, que es como se logra el pleno desarrollo humano al que cada uno, sin excepciones, tiene todo el derecho, y del que surge como efecto, entre otros, saber cuidar bien la naturaleza viva e inerte.

    Ph.D. Filosofía, Mg. Educación, Esp. Bioética, Enfermera
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