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El muro

Por: Eccehomo Cetina

Ya se dijo. Sobre todo a lo largo de treinta años en que dividió a la Alemania de la guerra fría: un muro que cercena a dos pueblos, levántese donde se levante, es una infamia.

Es por eso que ahora, cuando se vuelve a señalar que el anunciado muro que Donald Trump amenazó con levantar en la frontera mexicana, no solo era el rebrote de la infamia sino que, además, descubre una empresa turbia—que tiene bajo la mira de las autoridades a Steve Bannon, el tesorero de tal monstruosidad—, vale la pena echar un vistazo a los infames que auspician estas moles, emblemas de la bajeza humana.

Que el emperador Shi Huang Di haya iniciado la construcción de la Gran Muralla China, solo puede explicarse por el inmenso poder militar que desarrolló trescientos años antes de la era cristiana, y que le permitió contener el paso de sus enemigos por su vasto territorio. Este déspota—capaz de hacer que los seguidores de Confucio pusieran pie en polvorosa—levantó su muro en los territorios que conquistó, persiguió y encarceló a los foráneos, convirtiendo a los demás clanes y reinos sometidos en bárbaros.

Él, con la construcción de la Gran Muralla China, también levantó un símbolo: el límite entre la barbarie y la civilización. Para el marco de pensamiento de su régimen, Shi Huang Di, era el prócer civilizador y los demás simplemente eran la antítesis de la humanidad: nómadas indeseables.

El temor de una invasión de los pictos procedentes de lo que hoy es Escocia, no le permitió al emperador romano Adriano conciliar el sueño, hasta que no hizo construir su muro de 117 kilómetros con piedras de los acantilados del norte de la provincia de Britania. Este muro, cuyos vestigios son una lejana y fría atracción turística, solo sirvió en su tiempo como límite físico, más allá de la contención militar presagiada.

Tanto la Gran Muralla China—con sus 21 mil 196 kilómetros—como el muro de Adriano fueron superados. También los que se construyeron alrededor de aquellas ciudades estados para mantener la seguridad y la asepsia política y cultural con ciudades vecinas. Baste mirar el muro que rodeaba a Cuidad del Vaticano y, más atrás, la triple muralla de Cartago. La obra magna del papa León IV hoy es útil solo para la curiosidad de miles de turistas. De Cartago, pulverizada por las guerras púnicas, solo queda el vestigio literario de esa gran obra, Salambó, de Flaubert.

Tales murallas cayeron, y todo porque un muro es en síntesis la prefiguración de su propia derrota. Estas tapias, que son un navajazo en los territorios anchos y profundos de los pueblos, entrañan con su apariencia inexpugnable la superación misma.

Sin embargo, hay otros muros recientes que prevalecen. Uno de ellos, es el construido por Israel en Cisjordania y que ha servido, pese al rechazo mundial, para validar la invasión del territorio palestino. Ni el ariete de defensa de los derechos humanos de Naciones Unidas, ni el de otras organizaciones como la Corte Internacional de La Haya, han sido capaces de echar por tierra esta barrera, como llaman de manera eufemística este vil ultraje en cemento armado, que dividió la tierra palestina a lo largo de 721 kilómetros, arrebatando cerca del 10 por ciento de Cisjordania.

Por lo visto, Israel ha inspirado otros muros. Desde que este país construyera su línea divisoria Bar Lev, levantada en el Canal del Suéz, otros han aprendido sus métodos. Marruecos, por ejemplo, construyó desde 1980 un sistema de muros de 2.720 kilómetros con guarniciones militares, torretas de tiro y campos minados para defender el territorio que le arrebató al Sahara Occidental. Hoy esta infamante pared se mantiene, pero el pueblo saharaui la traspasó con su denuncia mundial, con su dignidad a toda prueba, en su largo litigio por el territorio que les pertenece con plenos derechos.

Muros que inspiran muros, también inspiraron alambradas, como la que España construyó en su ciudad africana de Melilla que limita con Marruecos. Con esto, Marruecos que ha mantenido su inmenso muro que usurpa el territorio saharaui, también presenció cómo España construyó una alambrada de 12 kilómetros en su frontera para contener el paso de inmigrantes indocumentados.

Por supuesto, Ceuta—ciudad española en la zona neutral fronteriza con Marruecos—también siguió el ejemplo de Melilla y levantó su pared de alambre de seis metros de altura y ocho kilómetros de longitud.

Todas estas construcciones son muros mudos, como me dijo el escritor Eduardo Galeano, en un diálogo que sostuve con él una tarde en Porto de Galinhas, en la famosa feria del libro pernambucana de 2009. “Todos estos muros no salen en los medios de comunicación, están allí pero no existen para el resto de la gente porque también existen muros de incomunicación”, dijo tajante.

Eduardo Galeano y Eccehomo Cetina, en Porto de Galinhas, Brasil. (27 noviembre de 2009)

¿Quiénes callan y consienten con su mudez la existencia de estas paredes? Callan sus promotores, que a menudo han sido víctimas de otros muros. Porque, ¿cómo se explica que hoy aquellos que fueron víctimas de un repudiable genocidio en campos de concentración alambrados y en guetos tapiados en Alemania y Polonia, sean los mismos que levanten el muro de Cisjordania? ¿O que España, antiguo colonizador de Sahara Occidental, mantenga un silencio atroz y cómplice ante lo que ocurre con el pueblo saharaui a manos de los marroquíes?

“Hay muros mentales”, me dijo aquella tarde Eduardo Galeano. Tal vez por eso sigamos levantando tantos muros y, ladrillo tras ladrillo, callando sobre su existencia.

Con el muro de Berlín, Alemania del Este evitó que sus habitantes huyeran en estampida hacia Alemania del Oeste en busca de mejores condiciones de vida; el emperador Adriano esperaba con su muralla contener a los bárbaros escoceses de su tiempo, los pictos; Shi Huang Di creyó que no bastarían sus 21 mil kilómetros de muralla para detener a las hordas nómadas del norte.

Otros como Israel o Marruecos creen que sus vallas acorazadas serán el mejor argumento para mantener en propiedad lo que no les pertenece. Y los demás, que no soportan a sus vecinos, intentan negar su existencia, apartándolos, como Ceuta y Melilla.

Y como Estados Unidos, país forjado gracias a la inmigración, y que hoy por cuenta de un gobernante–¡también de padres inmigrantes!–, recoge fondos provenientes de magnates supremacistas incapaces de aceptar el mestizaje económico y social que hoy son, y, entonces, amenazan con construir un muro financiado por la empresa privada.

La Historia enseña que todos cayeron. Y que si algún día separaron, encadenaron conciencias, escindieron, arrebataron, sojuzgaron y limitaron hasta enmudecer las voces que debían denunciarlos, un muro es y será la prefiguración de su propia derrota.

Periodista y escritor colombiano



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