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Dos años sin “El Pachanga”

La mejor manera de ofrecerle un homenaje a la memoria del inolvidable escritor cordobés David Sánchez Juliao (Lorica 1945-Bogotá 2011) es rescatando lo mejor de su opulento anecdotario en estas fiestas tradicionales.

En La Barbería, que ahora se transmite por el canal Telepacífico, tuvo su última aparición en la pantalla plana este querido personaje que antes de irse a cuadrar caja con el de arriba se confesó francamente arrepentido de haber incursionado en la política y de ser un costeño muy querendón de la urbe capitalina.

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Sánchez en anécdotas.

Después de paladear con fruición “De viaje por el mundo”, el libro póstumo de David, que recoge crónicas y notas sobre sus vivencias en 70 países, el lector concluye que el papá de “El Flecha”, “El Pachanga” y ”Abraham Al Humor” no pasó a mejor vida, cuando expiró el 9 de febrero de 2011, en la clínica Shaio, de Bogotá.

Al cumplirse el próximo 9 de febrero dos años de la muerte repentina del notable narrador loriquero nos permitimos reproducir, con la venia de sus herederos, dos sabrosas anécdotas que marcaron impronta en su papel de trotamundos infatigable:

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Un pollo vivo.

Tony Bean, un amigo de Nueva York, me contó en esa ciudad que jamás, y eso lo creo, había visto un pollo vivo. No es raro que un neoyorquino, y más si es de Manhattan, nunca haya deleitado su vista en el plumaje de una gallina, y que la idea que tenga del pollo sea la de un ave de corral nudista, sin cabeza como un fantasma, y con las patas estiradas hacia arriba al igual que un boxeador cayendo al ring; que se comprará en un hipermercado, se echará en agua condimentada y se comerá con patatas fritas y ensalada pre-congelada. Para un extraterrestre de estos, una gallina casera levantada a mano con maíz en el patio de casa, es una referencia que recuerda la edad media. Un neoyorquino jamás ha visitado una granja ni sabe qué cosa es un guacal.

***

El genio no pagaba arriendo.

La visita a la casa de Beethoven encabezaba la lista de mis prioridades en Viena. De manera que, una vez me instalé en la habitación del hotel, tomé el teléfono y marqué un número. Lo había planeado todo en el tren que me traía de Budapest.

Pertenezco a una asociación mundial de viajeros que permite a los socios contactar gente en cualquier país y solicitar ayuda, no solamente en caso de emergencia.

–Aló—respondió una voz femenina.

Saludé afablemente, me presenté como mimbro de la cofradía de viajeros, confesé con orgullo mi profunda admiración por el genial sordo de Bohn, y entré en materia:

–Quisiera visitar la Casa de Beethoven, ¿podría usted indicarme la manera más fácil de llegar allí?

–Hay muchísimas casas de Beethoven en Viena—respondió la señora con acento áspero, cargado a la vez de ironía y de desprecio–. Ese señor cambiaba de casa con demasiada frecuencia, pues nunca pagaba el arriendo.



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