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Clamando en el desierto

Una cosa es que la democracia sea así, porque necesariamente arroja resultados cuando de votar se trata y otra que la política haya llegado a ser tan así: llena de trampas, corruptelas y mil cosas repudiables más.

Francisco Galvis R.

Independientemente de quien haya ganado o perdido las elecciones del domingo, una vez más va quedando entre el pueblo la inevitable conmoción de que el voto ya no es sagrado, sino mercadería persa puesta en pública subasta a disposición del mejor postor, volviendo entonces a mi memoria la reciente contundente opinión de Elbacé Restrepo en su columna “Por encimita” de El Colombiano, cuando dijo: “Somos inquisidores con las platas ilícitas, pero muy relajados con los apoyos de los grandes grupos económicos”, frase que cité en esta misma columna el pasado 9 de octubre.

Indudablemente, a falta de muchos malevos ahora tienden a ganar quienes tengan en grado superlativo los apoyos de los “sagrados” dineros privados. La diferencia puede ser mucha, pero una cosa es que una elección sea legal y otra muy distinta que sea legítima. Lo primero tiene qué ver con la regla jurídica, lo segundo guarda relación estrecha con la moral social.

No voy a entrar en desgastante debate prematuro, que algún día alguien debería adelantar a fondo sin malas intenciones, pero sí clamo en el desierto para proclamar que nuestras costumbres políticas se están degenerando a grado extremo, aún a contentamiento de quienes creyéndose las palomas del Arca guardan sepulcral silencio, porque en algo o en mucho están contribuyendo a tal declinación.

En ese sentido como que avanzáramos a pasos agigantados en la emulación de las insanas prácticas que antes se le adjudicaban en exclusiva a la región Caribe. Por Dios, paremos esa cuesta abajo en la rodada o de lo contrario, quien quiera hacer política electoral y preservar la virtud, previamente deberá asegurarse un premio gordo del “baloto”, ya que los patrocinios privados tampoco alcanzarían a salvar el honor por las contraprestaciones que implican y mucho menos los dineros malditos que volvieron el erario una eficaz lavandería de activos.

La política facciosa ejercida al detal, vuelta ocasión de enriquecimiento injusto, desprovista de liderazgos auténticos, carente de propósitos de alto vuelo, despojada de banderas convocantes, tiene debilitada la democracia colombiana a tal punto que ella pudiese entrar en agonía, estando por lo pronto en cuidados intensivos.

Al ocaso de las buenas prácticas políticas y del sistema republicano contribuyen todos los partidos, cuál más cuál menos, pero indisolubles y al unísono y no se ve en el horizonte quién esté dispuesto a redimir la política de la misma manera que Jesucristo vino a salvar al género humano, pero algunos tendrán que emerger con látigos para poner las cosas en su sitio, por el bien de Colombia, por el bien del pueblo, por el bien de los partidos, por el bien de la democracia.

Desde luego que a esto no es ajeno mi partido, el conservador, con regentillos extraviados tras la administración de moteles y de otros bienes de procedencia turbia y en camarilla de toda guisa de negocios impresentables.

Tiro al aire: como en el caso del general Rojas Pinilla que, al decir de Silvio Villegas, iba camino de la gloria y se encontró en el camino con unos terneros y siguió detrás de ellos, otro tanto le está pasando en la modernidad a buena parte de la clase política colombiana respecto de contratos, canonjías y prebendas. @franjagalvis

Este es un espacio de opinión que refleja exclusivamente el punto de vista de su autor. Para nada compromete el criterio editorial de Minuto30.com

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