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    Bilis negra

    Por: Eccehomo Cetina

    Las masacres de jóvenes instauradas en varias regiones del país llegan a cincuentaiuna. Bajo la cifra—que es la peor de las cuentas que cualquier país pueda llevar hoy en día—brota un estado de postración, un malestar, un abatimiento espiritual al que las palabras del expresivo castellano no logran definir en su exacta calamidad.

    Por tal razón, trato ahora como ejercicio personal definir lo que sentí, y sigo sintiendo, con cada masacre que ocurre en este desventurado año 2020, en este país que lleva sesenta años de masacres y que un día, hace seis años, fue testigo de su cese. De repente, y por un lustro, la palabra no estuvo en los titulares ni en los informes sobre derechos humanos, y eso es un capital que venimos ahora a valorar en su justa importancia.

    Pero con la muerte a cuenta gotas de líderes comunales en todo el país, y la aparición de los cuerpos de decenas de jóvenes, esos tiempos de matanza y violencia diaria aparecieron de repente. Entonces, volvió ese vacío en las entrañas. Ese desaliento estructural que parecía un asunto del pasado. De nuevo somos emboscados por la sensación pavorosa de quedarse sin porvenir al ver toda la sangre derramada, al descubrir el dolor, la rabia y la impotencia que dejan las muertes de esos jóvenes que se resisten a convertirse en una simple cifra y en mármol mudo.

    Creativo y aventurero en lo referente a la exploración del alma humana, Hipócrates, llamó esta dolencia bilis negra y la catalogó dentro de los cuatro humores o líquidos del cuerpo que afectaban al paciente. La tradición médica de entonces, asoció este humor o bilis negra con la melancolía, esa afección del alma que después poetas, artistas plásticos convirtieron en fuente de inspiración.

    Sin embargo, muchas veces es difícil establecer si agobia más la bilis negra o la melancolía por estas masacres, que la indignación causada por aquellos que han convertido este brutal luto en una discusión inoportuna y fría, en leguleyadas con las que se intenta establecer si se debe llamar masacre a una matanza de seres indefensos u homicidio colectivo. La sola discusión, con tantos cadáveres tibios, y familiares pasmados por el dolor y la indignación, resulta ser no menos que obscena.

    La obscenidad se tomó la política hace mucho tiempo. Y no solo en esta finca-estado llamada Colombia. Hay que ver las evidencias que han dejado mandatarios, como el zarista Vladimir Putin, cuando ha intentado dar explicaciones por los frecuentes envenenamientos y homicidios de sus opositores en Moscú. “Todos tenemos rivales políticos”, le contestó a una periodista de Fox News, mientras hacía un recuento de cómo en Estados Unidos habían sido asesinados Martin Luther King y John F. Kennedy. “Lamentablemente, hay unos crímenes”, concluyó.

    La fría y patológica respuesta de Putin fue superada por la de su homólogo, Donald Trump, con quien tiene rasgos comunes y una mentalidad formada en los casinos y los negocios que implementan en sus asuntos domésticos y en la agenda internacional de sus respectivos países.

    Frente a la pregunta que le hiciera una periodista amiga, también de Fox News, sobre la brutalidad policial que ha causado la muerte de varios ciudadanos de la comunidad afro, el presidente candidato a la reelección, dueño de clubes y hoteles con campos de golf en varios países del mundo y jugador empedernido, comparó a los agentes que disparan sin justificación con esos jugadores a quien él tanto conoce, y que se “atascan” (sic) con el palo en un tiro de precisión.

    La insensible pérdida de humanidad frente la muerte del otro también es causa de esa bilis negra que regresó con la sangre. El escritor argentino, Ernesto Sábato, quien documentó uno de los genocidios más abominables del continente como lo fue la desaparición de 30 mil personas durante las dictaduras militares, destaca en su informe “Nunca más” esta irreversible deshumanización a la que conlleva el crimen y la impunidad sistemática.

    Dentro de este dantesco documento se recoge, por supuesto, la más perversa y criminal declaración expresada por el dictador, Rafael Videla en 1979, sobre el genocidio que ya estaba en marcha: “Le diré que frente al desaparecido en tanto éste como tal, es una incógnita, mientras sea desaparecido no puede tener tratamiento especial, porque no tiene entidad. No está muerto ni vivo…está desaparecido”.

    Valga decir que este déspota, inculto también hasta la abominación, fue el mismo que persiguió estudiantes por portar libros como “La Cuba electrolítica” y “Ensayos sobre el cubismo”, ignorante de sus contenidos, que por los títulos equiparaba a cartillas subversivas de la Cuba de Fidel Castro.

    Confieso que oír los archivos de este canalla genocida, tantos años después, no deja de causar la peor de mis bilis negras, solo comparable a la que me provocan quienes se han atrevido en este platanal de infortunios a buscar eufemismo a las matanzas de jóvenes en vez de atender con humanidad, justicia y sentido social los estragos de un funeral histórico que aún está lejos de terminar para los colombianos.

    En los caminos de involuciones que conducen a la violencia, los sociólogos, psicólogos e historiadores han identificado que esta es la lógica que lleva a deshumanizar al otro, a codificarlo y animalizarlo, con rótulos irracionales que apelan a odios y miedos. En los peores regímenes esto ha justificado que se acabe con los contradictores y las minorías adversas a fuerzas extremas que han ostentado el poder.

    De nuevo llego a Ernesto Sábato. Formado en el racionalismo de la ciencia—a la que al final repudió—acostumbraba citar al matemático y filósofo, Blaise Pascal, que señaló los límites de la razón cuando dijo que “el corazón tiene razones que la razón no conoce”. Es difícil pedirle a tahúres-presidentes como Putin, Trump o, incluso, al mandatario de este platanal infausto llamado Colombia, que intenten un chispazo de humanismo y oigan a su corazón. Solo se oye al corazón cuando se tiene corazón.

    Sin embargo, cuanto bien le haría a tanto mandatario y político en Colombia renegar de la superficialidad y la ligereza mental que los domina en materia de vida y muerte, dolor y angustia. Cuando lo han intentado, han confundido sensibilidad con sensiblería y así, apelando al efecto populista de la religiosidad—como si religión fuese lo mismo que tener ese toque existencial—, han terminado ridiculizando símbolos de la tradición cristiana con invocaciones de beatería de las diferentes advocaciones de la Virgen.

    Se ha perdido el valor del mundo existencial porque podrán ser inteligentes racionales—cosa que también lo dudo mucho—pero son unos auténticos iletrados emocionales.

    Podrían adoptar en sus vidas personales y en las determinaciones públicas lo que ahora llaman con una palabra de moda: empatía. Ponerse en los zapatos del otro, dicen. Tener recato y, si lo prefieren, cierta moralidad.

    Prefiero, para evitar el tópico, concluir que esos gobernantes incapaces de un átimo de humanidad en su conducta, son lisiados emocionales sin corazón, que deberían empezar, por fin, ante las matanzas y las muertes sistemáticas, a respetar a su igual y darle el lugar al que tiene derecho como ser humano.



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