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Opinión

Mentira (Volumen 2)

Por: Eccehomo Cetina

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Eccehomo Cetina 1200

La mentira se ha impuesto. Es cosa normal que un funcionario, garante de la confianza ciudadana, mienta con descaro. Que haga de la trapisonda, el bulo y el embuste la base de su retórica pública.

Estos burócratas (llámense presidentes, gobernadores, alcaldes, ministros, concejales, etcétera), pelafustanes sin méritos en elocuencia, por supuesto, han apelado a la mentira no solo por precariedad ética sino, además, por incapacidad dialéctica para afrontar el quehacer político y la comunicación con los ciudadanos.

Juzgan que la mentira es más fácil porque, curiosamente, se generaliza con eficacia entre el vulgo o la masa. Respecto a tal punto, los mentirosos también creen en su ligereza moral que a la gente le gusta que le mientan. Por eso también mienten.

Pero cuidado. En esto no debemos equivocarnos, pues una cosa es mentir y otra muy distinta decir mentiras, como bien lo advirtió en su momento Michel de Montaigne, gran guía en el manglar de los embustes. Al respecto, quien miente sabe que lo hace. Él mismo construye un atajo, destruyendo la verdad. Y lo hace a conciencia, guardando en todo ello cálculo criminal. Al otro extremo está la gente, el común que oye y traga sin detenerse y, en consecuencia, termina diciendo las mentiras que ese otro dijo.

Éstos últimos tienen una grande responsabilidad por la propalación de tantas farsas, por supuesto, pero es saludable distinguir que quien dice o repite un embuste muchas veces está alienado por la pobreza, la ignorancia, la falta de educación o la ideología que también es una forma de estupidez.

Este es el lodazal en el que la verdad y los asomos de sensatez terminan empantanados todos los días. Y en el centro del barro, los protagonistas de esta calamidad: los mendaces y los imbéciles (y muchos incautos también) revolcándose en el fango de una desdicha que parece no tener fin.

Y parece no tener fin porque en plena revolución digital se ha multiplicado la mentira y, a la vez, es palpable ver la expansión de las fronteras de la trapisonda: miente el padre por quedar bien con su hijo; miente el que atemorizado por la pandemia, suplanta para que lo vacunen; miente el que vacuna; miente el que vende para ganar más; miente el que compra para cuidar sus réditos; se miente también por amor y desamor; mienten los cónyuges para soportarse; miente el acaudalado ante sus empleados; miente el comunicador o influenciador; el que imparte justicia; el que la vigila; miente el que la promueve; mienten los docentes; los alumnos mienten; miente el médico junto al cadáver de su paciente; miente el aviador a 30 mil pies de altura; miente el cura junto al alma de su feligrés; miente el poderoso que escribe artículos de día y saca réditos de sus chantajes por la noche. Mentimos. La sal se corrompió.

Como reflexión última vale la pena mirar atrás, a aquellos primitivos jefes de manada o clan con la responsabilidad de garantizar la supervivencia del grupo. A estos primeros depositarios de la confianza colectiva de la prehistoria difícilmente se les hubiese ocurrido mentir sobre las trampas de la caza o las celadas propicias para atrapar un bisonte. Sabían una gran verdad: que en su palabra estaba la vida o la muerte. De todos, incluido él mismo. Igual es ahora. La verdad, en todos los niveles, más aún en el servicio público, siempre será un bien de vida o muerte con el que nadie puede jugar.

Pero se juega en esa ruleta macabra de vida y muerte todos los días. Y no pasa nada, porque ni quienes conciben la mentira ni aquellos que la repiten sufren sanciones o, al menos, la desaprobación de su clan, de su barrio, de su vereda, municipio o ciudad; porque ahora resulta que la mentira es más segura en tanto que no reta ni desafía. Serena a inquietos y conformistas. Y, sobre todo, apacigua los fantasmas propios.

Habrá que desarrollar o fortalecer una habilidad personal para preservarnos de esta debacle que impone la embustería: dudar de modo implacable, desconfiar de manera insoslayable y, siempre, ser honestos y emprender una búsqueda juiciosa de la verdad que a menudo está sola, esperando en una esquina a cruzar una mirada con nosotros que, pobres mortales, casi siempre caminamos mirando al suelo.

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