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Los ancianos en cuarentena, un aprendizaje de vida en momentos de urgencias

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«Señora, ¿cuándo fue la última vez que comió?», preguntan dos agentes del sistema de emergencias a la anciana que llevan en andas porque apenas puede sostenerse en pie luego de horas haciendo fila a la intemperie para cobrar su jubilación, en un retrato mínimo de cómo parte de los adultos mayores viven la cuarentena por el coronavirus en Argentina.

El aislamiento de los ancianos por el coronavirus preocupa a expertos y autoridades porque a fin de cuentas la cuarentena no hace más que poner bajo la lupa su actitud frente a la vida, algo que hoy está claramente determinado por su situación socioeconómica en un país complejo como la Argentina.

«No pareciera que por ser mayores llevan peor la cuarentena desde el punto de vista emocional que gente de otras edades», declara a Efe el médico gerontólogo Gerardo Gastrón.

LO ECONÓMICO, MÁS QUE LO EMOCIONAL

El experto sostiene que «si el anciano es una persona que ha vivido una vida razonablemente bien, no tiene problemas económicos, tiene el apoyo familiar telefónico o por otros medios pareciera que lo vive igual que gente de otras edades, pero si está viviendo en condiciones precarias, sufre carencias y padece filas de horas para cobrar una jubilación, en esas condiciones la va a pasar mal».

Si la persona es inestable emocionalmente, dará igual la edad, lo padecerá tanto un adolescente, como un adulto o un anciano.

Tras las experiencias de China, Italia y España, donde los ancianos representaban el mayor porcentaje de las víctimas fatales, las autoridades argentinas alertaron desde el primer momento que los adultos mayores representaban el principal grupo de riesgo de la pandemia de COVID-19 y debían respetar a rajatabla la cuarentena total obligatoria.

Pero las imágenes este viernes de miles de ancianos agolpados frente a los bancos urgidos por cobrar luego de varios de días de demora por el cierre de las entidades demuestran que difícilmente se acatan las recomendaciones sanitarias.

«Cómo le voy a tener miedo a la pandemia», desafía un hombre de 77 años que lleva casi diez horas esperando su turno junto a cientos de personas para entrar al banco en la localidad de San Justo, en el populoso cordón urbano que rodea a la ciudad de Buenos Aires, porque hoy su principal urgencia es comprar alimentos.

Las aglomeraciones plasmaron la vulnerabilidad de los ancianos en una economía en recesión desde hace dos años -que el coronavirus seguramente agravará-, con casi la mitad de los adultos mayores cobrando la jubilación mínima de 15.890 pesos (unos 240 dólares).

El distanciamiento social tiene que ver con disminuir los riesgos de que los ancianos se enfermen, «pero en este aislamiento no se ha considerado el aspecto económico ni los aspectos sociales ni los psicológicos», señala el gerontólogo, que urge a evitar una generalización que estigmatice a los adultos mayores porque se debe «rescatar la individualidad».

PASARLO BIEN

Distinto viven la cuarentena los ancianos en una situación más cómoda, donde las necesidades comienzan a ser otras, además de conseguir alimentos y medicamentos sin exponerse a contagios.

Cristina, de casi 80 años, hace las compras por teléfono, paga todo con tarjeta de débito y transcurre sus días sin mayores urgencias: «Los primeros días fueron como una especie de letargo, de pasarme horas viendo la televisión, pero ahora estoy reaccionando, lavo, limpio, mantengo el orden, tengo la gran ventaja de un balcón a la calle que me ayuda mucho para tomar aire».

La psicóloga Alejandra Libenson afirma a Efe que «pasarla bien o mal durante la cuarentena tiene que ver con la actitud de cada uno y con cómo construyó su propia historia, de cómo fue construyendo su soledad acompañada».

ACOMPAÑAMIENTO Y LA COMUNICACIÓN

El aislamiento, sin embargo, puede tener consecuencias psicológicas para el adulto mayor, advierte la especialista, porque «este confinamiento lo hace sentir que pierde todos los lazos posibles y las rutinas, las noticias lo asustan mucho y se puede sentir en una situación de vulnerabilidad física».

Las recomendaciones de la psicóloga para acompañar a los ancianos en estos momentos se centran en «no crear terror, mantenerlos activos, conectados y convocarlos desde un lugar vital y no desde la lástima, desde el lugar de víctimas de la pandemia».

Libenson advierte además del uso de un lenguaje bélico en todo lo que refiere al coronavirus: «No estamos en guerra, no tenemos que quedarnos en las trincheras, no tenemos que combatir ningún ejército, es simplemente un virus que es un ser biológico súper contagioso del cual tenemos que cuidarnos para no infectarnos pero nadie es enemigo de nadie».

Los adultos mayores necesitan un aislamiento físico, no social, ellos además de alimentos y medicinas necesitan la palabra, subraya la infectóloga y geriatra Miriam Rozenek.

Las redes sociales juegan también un «papel fundamental» y son un instrumento vital en la comunicación durante el aislamiento, destaca Libenson.

«Según tu historia y cómo transcurriste los límites en tu vida, vas a vivir este momento de distanciamiento social. Uno se distancia físicamente del otro pero no se aisla del otro, sigue en contacto con el otro y hoy es un desafío encontrar nuevas prácticas de encuentro y de contacto», concluye la psicóloga.

EFE

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