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Marruecos: 20.000 inmigrantes han caído en precariedad por confinamiento

Alrededor de 20.000 inmigrantes han caído en la precariedad más absoluta en Marruecos por las medidas de confinamiento y la paralización económica, y el único lugar donde encuentran auxilio es en la iglesia católica, adonde van a llamar con las manos vacías.

La cifra, que incluye tanto a emigrantes regularizados como a residentes irregulares, ha sido calculada por el sociólogo Mehdi Alioua, especialista en emigración, y es considerada creíble y realista por las organizaciones que trabajan en el sector desde hace años.

HAMBRE EN LA PUERTA DE MARRUECOS

“A los pocos días de decretarse el confinamiento (el 19 de marzo), llamaron a la puerta trasera de la catedral con un mensaje muy simple: ‘Tenemos hambre; ayúdenos, padre'”, cuenta a Efe el sacerdote Daniel Nourissat de la Catedral de Rabat, un templo que estos días se parece más a un almacén de una ONG.

Sacas de cinco kilos de harina, paquetes de azúcar y arroz, pañales, botellas de aceite, cajas de leche y latas de sardinas se amontonan aquí y allá a la espera de ser ordenados en lotes de ayuda por un grupo de voluntarios y que luego serán entregados a quien llama en busca de auxilio.

La distribución de ayuda entre los más miserables de los necesitados -los subsaharianos de Marruecos, que en una gran parte son náufragos en su camino al sueño europeo- fue una respuesta espontánea de la iglesia, pero debía hacerse evitando cualquier agrupamiento o cola que infringiese la estrictas normas de distancia social decretadas por el gobierno.

Mientras los emigrantes corrían la voz entre los suyos de que la iglesia daba de comer al hambriento, Nourissat emprendía una carrera de obstáculos entre las instituciones internacionales que podrían financiar una campaña que se adivinaba larga en el tiempo.

“Solo la Organización Internacional de Migraciones (OIM) respondió, pero nos ayuda después de enviarnos aquí a los emigrantes que llaman a sus puertas, porque han cerrado sus oficinas por el teletrabajo”, recuerda.

Podría decirse que la OIM ha subcontratado a la iglesia la asistencia a los emigrantes, más de lo que han hecho otras instituciones, y Nourissat señala con el dedo a las embajadas occidentales y de la propia Comisión Europea.

“Me piden papeles y papeles para cumplir procedimientos, pero ¡por favor! ¡es una emergencia humanitaria! ¡la gente muere de hambre!”, se indigna Nourissat, y añade otro detalle: “Ah, cuando se trata de la iglesia, todo son escrúpulos entre los europeos…”, se lamenta.

LISTAS DE ESPERA

El sacerdote calcula que unas 2.500 personas han podido beneficiarse con los lotes de productos básicos en la catedral, con un sistema que con el paso de las semanas funciona así: noventa voluntarios recogen llamadas de teléfono de los inmigrantes, a los que se da una cita para ir a recoger una cantidad de alimentos pensada para alimentar a familias enteras o grupos de hasta veinte personas.

Ordenados en filas escritas a mano, Nourissat muestra hojas y hojas de papel con nombres de solicitantes, números de teléfono y cantidad de bocas que alimentar: son los que esperan su turno, y son tantos que tardarán entre una semana y diez días en atender a cada peticionario.

Cuando por fin llega su turno, los inmigrantes, todos subsaharianos, se dirigen a la catedral a recoger su saco, individualmente y sin formar grupos en la puerta.

Cada saca que se les entrega contiene detergente, aceite, harina, arroz, azúcar, pasta, sardinas y legumbres. Solo se entrega uno por persona.

“Padre, deme para el taxi. Vine a pie varios kilómetros pero no puedo regresar solo con tanto peso”, dice un marfileño tras recoger su saca, y Nourissat rasca su bolsillo y le da un billete; a los pocos minutos, un maliense le dice que el casero le amenaza con echarle de casa, y de nuevo el cura le entrega unos billetes para ayudarle…

“¿Hay algún tipo de control o verificación?”, le pregunto, ingenuamente, y Nourissat se enciende: “¡Vamos a ver! ¿No te basta con ver su cara, su ropa para entender sus necesidades?”.

REPARTO DE BONOS

Ahora que el confinamiento se prolonga en Marruecos hasta el 20 de mayo como mínimo, la iglesia y la OIM han mejorado su sistema de asistencia y van a sustituir en los próximos días la saca de alimentos por unos bonos de 50 dirhams (5 euros) para gastarlos en una cadena local de supermercados. “Esto es más digno que decirles lo que tienen que comer”, explica el sacerdote.

Así evitarán cargar con las pesadas garrafas de aceite o los voluminosos paquetes de pañales durante kilómetros y kilómetros, pues la mayoría vive en la periferia de Rabat. Además, cuentan que al llegar con su carga de víveres despiertan la envidia del vecindario con caras de “y yo, ¿por qué no?”.

Los bonos alimentarios son solo una parte de la ayuda; a través de Caritas, la iglesia también distribuye ayudas para pagar necesidades médicas, recuerda por su parte Hannes Stegemann, responsable de la organización en Marruecos.

“Uno de nuestros asistentes sociales entra en contacto con un emigrante de su confianza -una especie de líder entre su comunidad respectiva-, que tiene un papel de multiplicador: a él le entregamos la ayuda en bonos o el dinero para medicinas que debe repartir para una media de cincuenta personas”, explica.

Caritas trata de llegar a los barrios más apartados, allí donde los emigrantes son tan pobres que no pueden pagarse ni el transporte para llegar a la catedral, pero desde el primer momento han evitado el reparto directo de alimentos para evitar las previsibles aglomeraciones y conflictos con la autoridad.

LA CAÍDA EN LA MISERIA

Una gran parte de inmigrantes subsaharianos en Marruecos -con la excepción de los estudiantes- ha vivido siempre con un pie en la precariedad, con trabajos de subsistencia que les permitían vivir al día, como la construcción, la venta ambulante o el servicio doméstico, cuando no practican la mendicidad.

El brutal parón económico causado por el confinamiento domiciliario los ha arrojado a la pobreza de la noche a la mañana, y habrán gastado rápidamente los pocos ahorros que pudieran tener, comenta a Efe el sociólogo Alioua.

Para él, hay otra categoría todavía más vulnerable: los emigrantes irregulares procedentes de Argelia y Libia, llegados en los pasados meses a Marruecos con el objetivo de cruzar el Estrecho o saltar las vallas de Ceuta y Melilla, y ahora atrapados en este confinamiento.

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“Dependían por completo de la caridad de las ONG y de lo que les pueden dar los marroquíes”, deplora Alioua, quien añade que estas personas, que probablemente se refugian en los bosques del norte del país, se encuentran sin el menor recurso porque las asociaciones que les ayudaban ya no pueden realizar sus visitas e inspecciones.

Marruecos ha legalizado o está a punto de legalizar como residentes a unos 50.000 inmigrantes, sirios y subsaharianos en su mayoría, a los que ha dado acceso a los hospitales públicos, pero la pérdida de sus empleos por el parón económico va a suponer un golpe durísimo para toda esta población.

Dentro de la catedral, rodeado de sacos de aceite y arroz, con voluntarios que rellenan fichas de personas hambrientas, Nourissat no siente el menor orgullo por lo que hace: “Al contrario: tengo mala conciencia porque estoy contribuyendo a la vergonzosa política europea que consiste en que guardemos en Marruecos a los emigrantes que Europa no quiere”.

EFE



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