Maduro no se irá, o anatomía del totalitarismo

Por: Antón Toursinov

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Las torpes pataletas que el ilegítimo presidente venezolano Nicolás Maduro sigue dando desde el primer día en el poder se hacen cada vez más salvajes y fuera de cualquier contexto de la realidad. La pérdida de la mayoría en el parlamento del país y el intento del referéndum revocatorio, convocado por los diputados, despertaron la bestia. No nos engañemos: este zafio no se irá. Ni por las buenas, ni por las malas.

Ya conocemos la historia. No ha habido un solo dictador en la modernidad universal que haya dejado el poder por voluntad ajena a sus ansias del absolutismo. En el mejor caso – mejor para ellos – tales personajes espurios murieron estando en el poder, bien por causas naturales bien suicidándose: Hitler, Stalin y toda la manada de la nomenclatura decrépita que le siguió, Castro y uno que otro dictador más. En el peor caso – peor para ellos – fueron derrocados y linchados o asesinados: Mussolini, Pol Pot, Doe, Ceaușescu y otros.

Queda un tercer grupo, que sigue aferrándose al poder, pasándose por el forro no solo sus respectivas Constituciones de sus países sino todo el sentido común y su propio bienestar mental: Putin en Rusia, Lukashenko en Bielorrusia, Nazarbayev en Kazajistán, Mugabe en Zimbabue, los Ortega en Nicaragua, los Castro en Cuba, Morales en Bolivia y Maduro en la vecindad. Vaya grupito. Y, por cierto, todos son “colegas” entre sí, apoyándose, echándose flores y vociferando al unísono las memeces sobre “el imperio enemigo”, “nos quieren hundir”, “la masa nos ama” y “somos gobiernos democráticos”. De verdad, dime de qué presumes…

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Ya sabemos que todos ellos han cambiado sus Constituciones para poder perpetuarse en el poder. Todos ellos tienen en sus manos las Cortes Supremas y los parlamentos. Es la razón del ataque de rabia de Maduro cuando, seguro de sí mismo y de sus “capacidades”, por descuidó perdió la mayoría de los diputados de la Asamblea Nacional, y comenzó con su habitual show pseudojurídico.

Al igual que todos dictadores de este último grup, Maduro se agarra del poder victimizándose y creando enemigos aun donde no los hay. Le importa demasiado ser el centro de atención, de otra no se puede. Recordemos el último circo politiquero con la presidencia de UNASUR cuando, cual un niño berrinchudo, Maduro llegó a asegurar que “entrará por la ventana” si lo echan por la puerta. Y así trató de hacer enviando a su bufona cortesana Delcy Rodríguez a Buenos Aires a protagonizar una obra caricaturesca lamentable e insólita en la historia de la diplomacia mundial. Pero, por lo menos, estuvo en el centro de atención mundial por un tiempo. Es lo que pretendía.

Ya demasiado se ha dicho y se ha escrito sobre las patanadas de Maduro, de que debe irse por las buenas antes de que ocurra una tragedia y lo veamos hacer el papel de Mussolini en alguna plaza central de algún pueblo remoto de Venezuela. El fallido intento del revocatorio el año pasado y la declaración del abandono del cargo recién hecha por la Asamblea Nacional – declaración apoyada por el artículo 233 de la Constitución venezolana que dice “Serán faltas absolutas del Presidente o Presidenta de la República: su muerte, su renuncia, o su destitución decretada por sentencia del Tribunal Supremo de Justicia, su incapacidad física o mental permanente certificada por una junta médica designada por el Tribunal Supremo de Justicia y con aprobación de la Asamblea Nacional, el abandono del cargo, declarado como tal por la Asamblea Nacional, así como la revocación popular de su mandato” – nada de ello surtirá efecto dentro de la situación del actuar absolutamente ilegal de Maduro, donde se detiene a los diputados y alcaldes, donde un ministro, quien debe ser completamente fuera de cualquier ideología y estar al servicio de la defensa nacional, declara amenazas a sus ciudadanos y es apoyado por Maduro y por los tribunales de pacotilla.

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Demasiado acorralado está el busero para comprender que, si pierde, acabará en el banquillo de los acusados de donde, con toda seguridad, será enviado preso. Es la misma situación de un lobo salvaje quien, atrapado, ya no pierde absolutamente nada en la vida si saca los dientes y las garras y sigue matando hasta que acaban con él.

Desgraciadamente, la única conclusión a la que podemos llegar es que no, Maduro con sus sandeces sobre una efímera revolución y el inexistente “socialismo” no dejará el poder mientras esté vivo. Y por más que pierda las elecciones o referendos, más salvaje se va a poner. La historia ya nos lo ha enseñado: los dictadores no se van por las buenas.

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