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Opinión

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Por: Jorge Mejía Martínez

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Miles de personas salieron a marchar este fin de semana bajo la consigna “no más paro”. Muchos tenían camiseta blanca como para mostrar voluntad de paz a partir del dialogo y, en Medellín, “la gente de bien” aprovechó la oportunidad para levantar la pancarta de la revocatoria del alcalde de la ciudad.

Los marchantes tras el anti paro enarbolaron la bandera de negociar el levantamiento de las marchas, mientras manifestaron un respaldo irrestricto a la policía con los ojos cerrados ante sus desafueros por acción u omisión. Ni una sola consigna sobre la pobreza, el desempleo y la inequidad.

A estos sectores de derecha solo les interesa conservar el statu quo como el mejor escenario para usufructuar la falta de inclusión social y económica y beneficiarse de los privilegios de un régimen clasista y discriminador.

La solicitud al gobierno y a la dirigencia del paro de negociar la agenda de reivindicaciones para cesar las marchas, también proviene, con más fuerza, de sectores del centro y de la izquierda. Se reconocen logros significativos como activos tangibles del movimiento: la caída de las nefastas reformas tributaria y de la salud, y de algunos funcionarios de alto nivel en el gobierno central, y lo más significativo, quedó en evidencia ante la comunidad internacional el recurso estructural a la violencia y violación de los DDHH por parte del Estado, para acallar la creciente inconformidad social en el país.

Pero los llamados de algunos sectores de la derecha, el centro y la izquierda para recurrir al diálogo en aras de resolver la conflictividad existente y salirle al paso a las pretensiones del gobierno Duque de decretar medidas de excepción y entorpecer las elecciones de 2022 – como ha planteado Gustavo Petro- no encuentran recepción oportuna de parte de quienes están sentados en la mesa de negociación, en reuniones que se volvieron estériles e interminables.

El gobierno parece encaminarse a una estrategia de desgaste del movimiento de protesta por la vía de dilatar y dilatar, mientras en la calle endurece la respuesta de violencia militar, paramilitar y policial, con incremento del número de muertos, heridos y desaparecidos.

Ello en correspondencia con los llamados de la extrema derecha al ejercicio de la autoridad y el pulso firme, como la mejor respuesta en lugar de conversar. Duque recurrió a la conmoción interior, parcial y georreferenciada, bajo cualquier nombre, en correspondencia con la conminación del Centro democrático, partido de gobierno, hecha pública en un comunicado. Ninguna alusión a las causas de las protestas, al desespero por la pobreza y la falta de empleo y de oportunidades prevalecientes en Colombia. Solo sangre y fuego.

En el otro extremo, la extrema izquierda, poco afán evidencia en negociar. Como su antagonista en la mesa, dilatar y dilatar.

Este sector hace una lectura alegre del momento: estamos presenciando una coyuntura única en la historia nacional cercana a la insurrección o levantamiento popular que requiere una agudización de las contradicciones con el régimen, para lo cual, la represión, los muertos, los heridos, los desaparecidos, el vandalismo y las incomodidades de la población, coadyuvan a acrecentar la inconformidad y la protesta social.

Así como la fuerza pública recurre o tolera a civiles armados que disparan en las marchas, la extrema izquierda hace lo mismo. Su meta es convertir al país en una asamblea permanente, en constante ebullición violenta, hasta su pretendida caída del gobierno. El Comité Nacional del Paro parece preso de este radicalismo que en el fondo sirve de justificación para la represión oficial que observamos en las calles.

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