El fracaso de la apertura económica

Por: Jorge Mejia Martínez

El proteccionismo sigue siendo el coco de los economistas neoliberales. Todos a una claman para que, en las elecciones presidenciales próximas, los colombianos se inclinen por candidatos defensores del statu quo generado por la apertura económica de Virgilio Barco y Cesar Gaviria. Luego de 30 años el aperturismo neoliberal fracasó en Colombia, como también en el mundo. La pandemia del covid-19 evidenció el colapso del modelo.

José Antonio Ocampo, el economista más prestigioso del país –El Tiempo 05-09-2021- con cifras demuestra el incumplimiento de las promesas y expectativas pregonadas para justificar la apertura y contradice el discurso de los tecnócratas neoliberales de hoy en el sentido de que ahora hay más proteccionismo económico que antes. Dice el exsecretario de la CEPAL que, en el “2019, las importaciones, a precios constantes, fueron el 22,9% del producto interno bruto, más del doble de lo que había sido en el año cuando este coeficiente había sido más alto antes de la apertura (10,9 % en 1982). De hecho, es más alta que en cualquier otro periodo de nuestra historia, casi el doble que el pico histórico anterior en 1928)”.

La apertura económica se aceleró en el gobierno de Gaviria 1990-1994, quien introdujo reformas en aranceles y en las políticas estructurales para motivar a los diferentes actores hacía el sector externo. El arancel promedio de importación cayó de 89% en 1988, hasta 18% en 1993; y se echaron andar las grandes reformas en materia de flexibilidad cambiaria, laboral y externa.

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La Ley 50 de 1990 y la Ley 100 de 1993 modernizaron supuestamente el mercado laboral, desmontando la retroactividad de las cesantías y creó los fondos privados de pensiones y salud. La apertura se vendió como una varita mágica para internacionalizar la economía, fomentar las exportaciones, dinamizar la producción y reducir el desempleo. Además de las reformas legales anteriores, se suscribieron múltiples tratados de libre comercio con el argumento de que, así como nuestro mercado se iba a ver inundado de productos de afuera, nosotros también íbamos a inundar esos mercados con nuestros productos. Solo ocurrió lo primero.

De acuerdo con los datos de importaciones reportados por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane) y la Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales (Dian), en el periodo enero-diciembre 2020, Colombia registró un déficit en la balanza comercial de US$10.128,9 millones FOB (Free On Board). En el mismo periodo de 2019 se presentó un déficit de US$10.781,6 millones FOB. El déficit es una constante desde 2011. Importamos más de lo que exportamos, compramos más de lo que vendemos. Ese hueco fiscal estimula el endeudamiento nacional, que a su vez se acrecienta por el comportamiento al alza del dólar, lo que de igual manera estimula la inflación por los altos precios de los insumos, materias primas, equipos, y demás bienes importados.

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El fracaso del modelo neoliberal no solo tiene que ver con una balanza comercial deficitada. ¿Qué es lo que exportamos e importamos? Nuestra canasta exportadora depende del sector primario de la economía, o sea de la naturaleza. Vendemos petróleo, café, bananos, flores, carbón, oro, productos con poco o nulo valor agregado. Importamos insumos químicos, equipos y maquinaria pesada y liviana, tecnología, productos con un alto valor agregado. Todo un problema estructural de nuestro modelo económico.

Una razón de peso para explicar el desmonte del andamiaje industrial por la incapacidad para competir en precios y calidad con los productos importados, es el rezago tecnológico del aparato productivo sostenido al calor del proteccionismo. Nuestros empresarios poco esfuerzo demostraron para modernizar equipos y procesos, cualificar el recurso humano y buscar nuevos mercados.

Pero la culpa no es solo del sector privado. José Antonio Ocampo recuerda que, en materia de inversión en ciencia y tecnología, los datos del país son una verdadera vergüenza: invertimos en 2018 el 0,24% del PIB, según la Unesco, una décima parte de lo que invierte un país de la OCDE. Somos el décimo país en Latinoamérica, y hoy invertimos menos que en 1996.

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