Estatua

En una de las tres visitas que hizo el escritor argentino, Jorge Luis Borges, al país quedó tan impresionado por la frondosa selva de estatuas erigidas en los parques y esquinas de Bogotá, que exclamó ante la comitiva que le acompañaba, con esa manía suya de ciego de hablar para sí mismo: “esta ciudad tiene más estatuas que próceres”, sonrió con crispación.

Entonces y ahora parece que tenía razón Borges el memorioso, pero no solo en lo que tiene que ver con Bogotá, sino con la mayoría de ciudades del país. En donde, debido a los tiempos de estética cutre que corren, se han levantado estatuas a cantantes aún vivos que son una afrenta no solo a la verdad, sino al buen gusto.

Un rápido recorrido al mobiliario de estatuas diseminado en Bogotá permite hacer un inventario borgiano que hace justicia a sus proféticas palabras. En los parques son frecuentes los templetes, en las esquinas los nichos marmóreos y en el centro de las plazas los vistosos ornamentos patrios. Y todos tienen en el centro, con severas letras góticas y fechas inapelables, un busto, una estatua pedestre o ecuestre de un prohombre, desconocido o no, con poses de alto rango y teatralidad que suelen ser para estos tiempos ademanes cursis, cuando no gestos de vacía prepotencia.

Pero volviendo a Borges, el curioso puede encontrar estatuas de todo tipo: esclavistas, tiranos, genocidas, fascistas e instigadores de violencias, usurpadores, farsantes y un sartal de personajes cuyo pasado suele no tener nada de eminente o egregio para ocupar el pináculo que le ofrece la Historia en esos altares públicos. En suma, hay—como lo dijo Borges, el de las milongas y el puñal, el del Libro de Arena y El Aleph—más estatuas que próceres.

Y en Bogotá, donde parece que sobran los espacios para estos monumentos, no solo hay estatuas dedicadas a aventureros, hombres de leyes, sabios botánicos y hasta abogados y políticos protagonistas de alguna de tantas constituciones, normas o enmiendas que dio ese periodo llamado Olimpo Radical. Todos estos personajes, cuyos bronces y estatuas en cemento armado han sido vencidos por la carcoma de la intemperie y las heces de pájaro—hacen parte de ese extenso mausoleo costumbrista de nuestra historia.

Pero no solo los nichos patrios bogotanos están coronados por esos modestos personajes de nuestra ficción. Hace unos dieciocho años, hice una crónica sobre la llegada al país de la estatua de un faraón. Era una réplica de dos metros del original del rey egipcio Tutmosis III, olvidado hasta en su país al que dio la grandeza imperial ante los hititas, y que de repente se convirtió en uno de los próceres de la interminable lista de las calles bogotanas. Una extraordinaria coincidencia llevó a que este guerrero e implacable recaudador de impuestos, terminara adornando la fachada de la Superintendencia Financiera, en el centro de la capital. Y ahí continúa.

En el siglo pasado fueron frecuentes en Francia los depósitos de estatuas usadas. La razón es que las oficinas de ornato público de varios países de Europa no solo se encargaban—y se encargan aún—de preservar y restaurar estos íconos, sino de retirarlos de acuerdo a procesos judiciales instaurados por los ciudadanos contra ciertos próceres cuestionados. De este modo, fue muy frecuente que dichos depósitos de estatuas fuesen revendidos a marchantes y mercachifles, quienes los negociaban a aquellos que buscaran una talla a bajo costo para agasajar a algún primate de cualquier país tercermundista.

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Este hecho irrisorio lo ejemplifica en su discurso, “La soledad de América Latina”, al recibir el Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez: “El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas”.

Cada período histórico produce sus propios ídolos y héroes que convierten en estatuas y monumentalizan en estos nichos marmóreos, grabados con sentencias y fechas inapelables. Y también los tiempos se encargan de desmontarlos, destronarlos o desmonumentalizarlos por razones que los historiadores conocen muy bien y que tiene que ver con la recuperación de la memoria. Las mismas sociedades que los elevaron los bajan del pedestal porque ya no los consideran tan eminentes ni tan egregios.

En Europa desmontaron la escultura de Leopoldo II, el llamado Rey de los Belgas y sádico homicida de al menos diez millones de congoleses, a quienes esclavizó, torturó y masacró valiéndose de la fachada, la primera ONG supuestamente benéfica que existió en el mundo y que protegería a los africanos contra los esclavistas árabes, como él mismo se encargó de propagar. Leopoldo II—el lobo con piel de oveja—terminó siendo el propietario de un país entero, el esclavista más vesánico de la Historia y convertido en uno de los hombres más ricos de su época, producto de la explotación inhumana de marfil, diamante y caucho.

También en Boston y otras ciudades de los Estados Unidos derribaron y decapitaron las estatuas de Cristóbal Colón, quien parecía inmune a esta arremetida iconoclasta en el mundo. Sus bronces terminaron en el fondo de ríos y lagos, luego de que 530 años antes fuera el héroe mundial, capaz de atravesar el Mare Tenebrosum y toparse de golpe—en su búsqueda de las Indias Orientales—con un vasto continente.

Glorificados ayer, son repudiados hoy. Y de esta tendencia mundial no se libra el país. Durante años, las estatuas de Colón y de Américo Vespucio (el judío en quien recayó la gloria del nombre del continente con el que tropezó Colón), que están ubicadas en la avenida séptima con calle 98, han sido blanco de pintadas blasfemas y mutilaciones. También se ha protestado contra la entronización de los bronces de dos polémicos personajes de la historia colombiana reciente: Laureano Gómez, en la avenida 19 con calle 99, y Julio César Turbay Ayala, en la calle 94 con carrera séptima.

Pero el acto más impactante ocurrió la semana pasada en el Morro de Tulcán, un antiguo cementerio indígena en Popayán y que es reverenciado por la comunidad Misak, que en un acto grabado por ellos mismos y publicado en las redes sociales, tumbaron la estatua ecuestre de Sebastián de Belalcázar. Lo señalan de genocida de su pueblo y reclaman que en este cerro sagrado, en donde fue erigida su estatua en 1930 por las élites gobernantes de entonces, debe levantarse la efigie del cacique Pubén, quien reivindica la memoria de estos descendientes indoamericanos. Este hecho hace pensar que acaso toda estatua y el sitio donde se erige sean un acto de provocación.

Lo cierto es que una escultura es ante todo un símbolo, un texto que habla de algo a alguien, y en su entronización con dimensiones y alturas colosales tienen un significado que ambiciona el porvenir. Desde el Coloso de Rodas, que un cataclismo natural echara por tierra, hasta la Estatua de la Libertad gobernando toda la bahía de Nueva York, estas figuras significan y reescriben con su presencia la historia y sus antecedentes. Sin duda. Eso lo tienen claro los abanderados de esta ola iconoclasta que buscan tumbar muchos de estos emblemas políticos.

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Una tarde, paseando por el centro de Buenos Aires, llegué a un cruce en diagonal donde decidí, como buen turista, tomarme una foto. No me gustan las selfies, de modo que le pedí el favor a un muchacho que pasaba. Le entregué el celular. Él tomó distancia pero antes de hacer la foto me interpeló con un despliegue borgiano de buena memoria: “¿sabe usted, de quién es esa estatua? Es de Julio Argentino Roca, un genocida y esclavista. Aquí hay monumentos que valen más la pena que este”. El hombre, visiblemente molesto, me entregó el celular y se marchó. Esa foto nunca la hice, pero jamás olvidé el nombre del ceñudo general sobre su corcel descomunal.

Esa misma tarde consulté quién era este prócer venido a menos. Y encontré que el historiador Osvaldo Bayer lo defenestraba de la historia nacional argentina en un artículo de 1996. A él se unieron otros críticos como el escritor, Néstor García Canclini, a quien había leído en la Universidad Javeriana como un teórico destacado de la antropología cultural.

El juicio contra Julio Argentino Roca resulta inapelable: se le acusa de reimplantar la esclavitud en la Argentina, al destinar a miles de indígenas a trabajos forzados en cañaverales tucumanos y las propiedades de las “familias de bien”, en su mayoría inmigrantes ingleses a quienes privilegió.

Es por eso que cuando hoy comienzan a caer todas estas estatuas en muchos países, incluido el nuestro, vale la pena preguntarse si estos actos logrados en tribunales o acometidos de facto en protestas, contribuyen a reparar las víctimas y la historia escrita por los vencedores. Si acaso no son solo actos de provocación que no tienen mayor alcance en la Historia y la memoria de los pueblos. Las preguntas son más válidas que tratar de resolver infructuosamente en un breve relato un tema que ha necesitado tanta tinta y discusiones académicas.

Detrás de las estatuas caídas hay un impulso ético, un castigo a la memoria ya que no se logró condenar en vida al entronizado, y de reivindicación de la verdad que ha aplastado estas efigies, pero también hay un temor que subyace de que todo esto no traiga más que revancha, violencia y encono sobre la historia remota.

Yo era apenas un niño cuando vi cómo una carga explosiva pulverizó un busto de Jorge Eliécer Gaitán. También vi una tarde la talla en cemento armado del cura Camilo Torres en una plaza del pueblo y en la mañana siguiente solo su nicho con el acero crispado de la dinamita. No vi ninguna gavilla de hombres con sogas, ni ciudadanos indignados intentando destronar las figuras. Habían sido manos siniestras. Muchos años después, comprendí que todo aquello buscaba borrar aquellos símbolos. Exterminarlos, para que tal vez niños como yo no volvieran a recordarlos.

Es por tal razón, que hay quienes piensan también que en los últimos años sigue persistiendo un memoricidio, es decir, el homicidio de la memoria, de la cultura, de la verdad, que erige inmerecidamente a usurpadores y borra y sepulta y olvida a quienes escribieron también una historia que resulta inconveniente para ciertas élites que se relevan el poder.

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