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Málaga abre su festival de cine, todo ilusión y poca gente, pero muy a favor

El Festival de Málaga celebra su 23 edición, probablemente la más “rara” de cuantas ha hecho, no solo por el cambio de fecha obligado por el parón de la covid en marzo, sino por las medidas de precaución que, según ha podido comprobar Efe, tranquilizan a una ciudad espera con “ilusión” el evento.

Málaga está distinta. Ante la ausencia de turismo, y con muchos de sus negocios cerrados, la ciudad está preocupada, tristona; sus terrazas a medio gas y sin la habitual cartelería que recibe en las calles al festival: no están las escuetas vallas que suelen separar al público de los artistas ante el Cervantes, ni las alfombras rojas que lo decoran, ni la del Albéniz.

Tampoco la que arropa la calle del marqués de Larios, aunque sí se mantienen las fotos de cine, esta vez, una colección de cineastas ilustres, captados por Óscar Fernández Orengo.

Con un 70% de aforo en los cines y entradas precompradas, y con los espacios donde se desarrolla el festival reducidos al mínimo, sin conciertos ni encuentros colectivos, el público debe conformarse con tratar de reconocer a los famosos detrás de sus mascarillas; aún así, hay festival, y los periodistas han venido para contarlo.

Eso sí, con algunas ruedas de prensa virtuales -las de las cintas latinas, cuyos protagonistas no pueden salir de sus países- entradas reservadas un día antes, prohibición de salir o entrar de los recintos a voluntad y prácticamente cerrada la mítica tercera planta del Teatro Cervantes donde se ubicaba la cariñosa sala de prensa -juntos medios locales, nacionales e internacionales, para las entrevistas ‘one to one’ con actores y directores-.

Se conserva el escenario al aire libre del Muelle Uno para las fotos de presentación de las películas y se suma otro de lujo, el palacio Gran Hotel Miramar; eso sí, con acceso por invitación, única queja de Dolores, que compró su entrada y la de su amiga Magda para la película de inauguración “y otro par de ellas más”, sonríe cómplice, pero no podrá ver a los famosos de cerca. “Qué le vamos a hacer, es lo que hay”, se resigna.

“Hombre, no estamos para bullicios”, aporta Paco, camarero de uno de los bares abiertos en la calle Alcazabilla, “pero se ve a la gente bastante tranquila, todos vamos con nuestras mascarillas. Y sí, yo creo que hace ilusión que se mueva algo, que empiece el festival”.

Coincide con él Pedro, uno de los taxistas que sigue trabajando, porque ve este agosto “peor que el peor invierno” que recuerda.

A Nieves Peñuelas, jefe de comunicación de la cinta de clausura, la argentina “El robo del siglo”, su vida laboral la ha traído durante más de diez años al Festival; esta vez viene “preparada y con reservas”.

Contenta, eso sí, dice a Efe, porque le parece “estupendo que se haga el festival, que nos ayude a perder los miedos y a concienciarnos de que, con las medidas oportunas, se puede seguir teniendo actividades sociales”.

Sin olvidar, añade, que “el mundo tiene el ojito encima” de Málaga.

Y el director de la muestra, Juan Antonio Vigar, lo sabe: “Va a ser un banco de experiencias, pero estoy convencido de que serán positivas y servirán de referencia para el futuro. Todo el mundo desea que las cosas salgan bien, porque será fundamental para empezar a caminar”, añade a Efe.

Laura Olaizola, que fue relaciones públicas del festival en su tercera edición, cumple su festival décimo octavo como directora de Olaizola Comunicación, este año con la película inaugural, “La boda de Rosa”.

“Dentro del miedo con el que viajamos todos, el equipo de mi película está muy concienciado y estamos todos muy tranquilos porque vemos que, por parte del festival, se ha hecho un esfuerzo grande con la seguridad; creemos que está todo muy bien controlado, los veo muy encima”, comenta con Efe.

El dramaturgo Antonio Álamo, que se estrena en esta 23 edición del festival como director de cine, a medias con el veterano Antonio Hens (“Mi gran despedida”, en Málaga Premier), aporta su sabiduría:

“El cine y el teatro son lugares de reunión, donde compartimos un sueño con otras personas, y asistir con prevención y miedo al contacto social parece lo más contrario a la propia naturaleza del medio”, señala en declaraciones a Efe.

“Pero me alegra ver que, pese a las restricciones y limitaciones de aforo, el público sigue acercándose. En cualquier caso, con seguridad, también esto pasará”, opina, y recuerda que “Shakespeare tuvo que cerrar su teatro varias veces por la peste (dicen que ‘El Rey Lear’ y ‘Macbeth’ fueron creadas durante una de esas epidemias), pero siempre acababa reabriéndolo”.

EFE

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