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La calma tensa de seis médicas en vacaciones: “Da miedo septiembre”

Son médicas jóvenes y cada verano van de vacaciones juntas. Nunca habían necesitado el descanso como ahora: han llegado a agosto agotadas de lidiar contra una pandemia que ni en sus peores pesadillas habían imaginado, y viven en una “calma tensa”, con miedo a cómo será septiembre en sus centros sanitarios.

Beatriz Arizcun, Bethania Pérez, Leticia de Miguel, Berta Lluch, Beatriz Corredor y Natalia Barahona tienen 32 años, estudiaron juntas medicina en la universidad de Alcalá de Henares, y han hecho frente a la COVID-19 desde distintos centros sanitarios y especialidades, puestos de trabajo donde volverán en breve, casi seguro a combatir una segunda oleada.

Aún así, el descanso de este año en Asturias les ha sabido mejor que sus estancias en México, Tailandia o Costa Rica. Necesitaban desconectar, dejar atrás la tensión de unos meses de mucho trabajo y elevada carga emocional, y prepararse para lo que viene. “Los números no dejan margen para el optimismo”, dice una de ellas.

Algunas temían incluso tener que volver a sus puestos de trabajo si la situación se agravaba, pero no ha sido así. Han tratado de conversar sobre sus vidas, proyectos, necesidades, aunque tampoco han podido aparcar los comentarios sobre el “monotema del verano”.

Del coronavirus y de sus experiencias personales en sus centros sanitarios charlan con EFE estas seis médicas en vacaciones.

LA PEDIATRA QUE SINTIÓ ALIVIO DE AYUDAR EN LA UCI: “ESTOY EN ‘STAND BY’, A LA ESPERA DEL SIGUIENTE BROTE”

Es especialista en cuidados intensivos pediátricos, pero Beatriz Arizcun se incorporó en el mes de marzo junto con otros 5 pediatras al equipo de la UCI de adultos del hospital La Paz, sin tener experiencia previa en ese tipo de trabajo.

“No dábamos abasto. Las camas de UCI se quintuplicaron: de 30 pasaron a 150, y no éramos médicos suficientes”, relata.

Para ella fue un “alivio” trabajar porque se sentía “desaprovechada”. “Había muy pocos intensivistas que pudiesen ayudar. El resto de especialidades ayudaron en las plantas, pero para estar en cuidados intensivos necesitas gente que sepa manejar los ventiladores y técnicas específicas”, explica.

Aún así, tuvo que adaptarse a manejar a adultos, porque, dice, “no es igual un paciente de tres o diez kilos que uno de cien”.

La carga emocional fue también alta. A diferencia del contacto casi permanente con las familias en la UCI pediátrica, durante la crisis de la COVID-19 Beatriz solo podía comunicarse con las familias por teléfono. “Los escuchabas llorar al otro lado del teléfono y solo podían escuchar tu voz, no podían verte”, rememora.

Aquellas vivencias van quedando atrás, pero Beatriz se siente ahora “en ‘stand by’, a la espera del siguiente brote”, como si le hubieran dado un descanso entre oleada y oleada. “Nosotros teníamos claro que iba a volver a pasar”, apunta Beatriz, que se queja de que la desescalada fue demasiado rápida.

“En Madrid se pasó de la fase 1 a la 3 casi de golpe”, incide esta pediatra intensivista que está casi segura de que, a la vuelta de vacaciones, no se incorporará a su puesto sino de nuevo a la UCI de adultos. “Los números de contagios no dan confianza”.

“CALMA TENSA”, ASÍ ESPERA A SEPTIEMBRE LA INTERNISTA EN EL HOSPITAL DEL SURESTE

A Bethania Pérez, la crisis de la COVID-19 la pilló en el hospital del Sureste, en Arganda del Rey (Madrid), donde acudía en días alternos para cumplir con su contrato de guardias. La emergencia obligó a que tanto ella como sus compañeros trabajasen de lunes a domingo, sin descanso, durante tres semanas seguidas.

Su primera sensación fue el miedo. “Sentía que no tenía la experiencia suficiente para abordar lo que se venía encima, que yo no había estudiado pensando que iba a vivir algo así”. Logró bloquear los pensamientos negativos y “trabajar en automático”, dice, pero aún le duele la soledad con que murieron sus pacientes.

“Solos, viendo la televisión. Y quizás pensando: ‘¿Seré yo mañana uno de los fallecidos?'”, resume Bethania, que se lamenta por todos los que podrían haber sobrevivido si hubiera habido más medios.

Esta internista de 32 años trabajó en una planta en la que estaban pacientes graves pero que no necesitaban UCI o aquellos “que no cumplían las características” para estar en vigilancia intensiva, es decir, los que no pasaban el ‘triaje’.

Tras meses de sentirse desanimada y sin ganas de nada, está ya mejor porque el fin del estado de alarma le ha permitido recuperar sus rutinas, pero vive inmersa en una “calma tensa”.

“Nos acercamos peligrosamente a una situación parecida y podríamos haberlo hecho mejor, porque ahora sabemos más de lo que sabíamos entonces”, explica la internista.

LA MÉDICA DE FAMILIA DE MADRID QUE “JAMÁS” HA VISTO UN RASTREADOR

Leticia de Miguel trabaja en un centro de salud de Madrid y desde marzo no ha hecho otra cosa que ver a pacientes con COVID, con pocas excepciones. Su ritmo de trabajo antes de irse de vacaciones no era mucho mejor que el de marzo, y teme por cómo será septiembre.

“Ha sido el peor agosto de mi vida, he visto a más pacientes que en la época de la gripe. Me saco mi lista de 50 y leo: ‘contacto COVID, se siente mal, fiebre, diarrea’… O sea, locura”, resume Leticia, que además de atender a los pacientes se ocupa de buscar en sus entornos para aislar a los posibles positivos.

“Dicen que han hecho contratos, pero yo no he visto un rastreador jamás. Dicen que han reforzado la atención primaria y es falso”, se queja Leticia. Su familia está ahora confinada porque su madre se infectó y nadie la llamó para dar instrucciones. “Si sus contactos se han hecho la PCR es porque se lo he indicado yo”, se queja. Su padre y su hermano también dieron positivo.

La forma de trabajar en el centro de salud cambió radicalmente en marzo. “Dejó de existir la diabetes, la hipertensión, el colesterol… Pasó de ser todo presencial a telefónico, y nuestra labor principal era la de contención, la de evitar que los pacientes que no estaban muy mal fuesen a los hospitales para no saturarlos”, relata a Efe.

Leticia atendía telefónicamente, les explicaba a los pacientes cómo son los síntomas leves, cuáles son los motivos de alarma, y solo les pedía que se dirigiesen al centro de salud si tenía dudas sobre el diagnóstico. “Venía gente que necesitaba irse al hospital directa y en ambulancia”, recuerda.

Ahora, por lo general, atiende casos más leves, pero está convencida de que la situación empeorará. “Estoy de vacaciones pero temo la vuelta… Cuando me fui, cada día era más, y más y más”.

LA CIRUJANA QUE NO PUEDE OPERAR: “PUEDE MORIR GENTE POR FALTA DE DIAGNÓSTICO”

Berta Lluch es cirujana en el hospital de La Plana, en Vila-Real (Castellón), y el número de intervenciones que realiza ha disminuido considerablemente desde marzo.

Las operaciones programadas y las consultas presenciales se cancelaron por la pandemia. A día de hoy, aún no se ha restablecido el ritmo habitual, aunque sí se han retomado las intervenciones oncológicas.

“Las listas de espera son tremendas. Se ha visto un incremento de pacientes con cánceres que han sido diagnosticados meses más tarde de lo que correspondía”, cuenta Berta.

Además, el miedo de algunos pacientes a ir al hospital llevó a que, por esperar, su patología estuviese avanzada. “Hemos visto pacientes con peritonitis y perforaciones de colon con varios días de evolución”, alerta esta cirujana.

Porque, explica, “no se puede comparar una cirugía cuando un tumor se coge a tiempo que cuando está avanzado”.

“No quiero imaginar cómo será si hay una segunda oleada. ¡Es que se dejan de hacer colonoscopias programadas! Hay gente que se puede morir por falta de diagnóstico”, se queja.

Para ella, marzo fue un mes muy confuso: las órdenes cambiaban. Al final organizaron un sistema de retenes: siete días trabajaba un grupo, la siguiente semana otro. “Si había un contagio en uno de los dos equipos, quedaba el otro para trabajar”, cuenta.

Ella es cirujana y quiere operar, no esperar a que todo pase.

LA PEDIATRA QUE CREE QUE LO PEOR PARA LOS NIÑOS ESTÁ POR VENIR

Beatriz Corredor vive en Madrid y trabaja como pediatra en un hospital de Toledo. Sus compañeros tuvieron que reforzar las plantas con pacientes COVID y ella se quedó sola, llamando por teléfono a los padres de los niños a los que ya no podía visitar, porque las consultas físicas se redujeron a los casos imprescindibles.

Su principal agobio fue “organizativo”.

“Lo más llamativo es que venían niños muy enfermos a urgencias, porque no tenían al pediatra de atención primaria para valorarlos y se quedaban en su casa”, explica Beatriz.

Atendió niños con sospecha de COVID y con neumonías bilaterales, pero cree que el gran reto en pediatría viene ahora, con la vuelta a las aulas y la llegada del invierno.

“Creemos que van convivir tres virus: la gripe, el coronavirus y el VRS, que causa la bronquiolitis y hace que los niños se pongan muy malitos”, comenta Beatriz, que cree que no habrá medios ni capacidad suficiente para atender tantos casos en invierno, cuando, dice, “aumenta la patología en pediatría”.

UNA MÉDICO DE FAMILIA “CANSADA” QUE NECESITARÍA UN RESPIRO

“Cansada y cabreada” está Natalia Barahona, que comenzó a trabajar en un centro de salud de Fuenlabrada dos semanas antes de que saltase la emergencia sanitaria, y allí sigue, con mucha carga de trabajo y la sensación de que faltan recursos humanos.

“Me he ido de vacaciones y es como si no me hubiera ido. Estoy muy estresada y con la sensación de no llegar a cosas que son importantes. Hay tareas como el rastreo de contactos o dar las bajas a personas asintomáticas que podrían hacer otras personas y recaen en nosotros”, explica Natalia.

Cree que el sistema sanitario madrileño necesita más gente contratada porque ya de base los facultativos tienen mucha carga de trabajo. “En marzo se iban sumando bajas de compañeros que se habían infectado, así que en momentos en que necesitabas un extra, teníamos menos gente”, explica a EFE.

Joven y apasionada de su trabajo, Natalia siente que cuando pase esa situación, quizás necesite un parón.

Las seis apuran sus vacaciones y, aunque han decidido viajar, aseguran que miran con lupa qué actividades realizan, siempre al aire libre, sin relacionarse con nadie más de fuera del grupo para tratar de cuidarse el máximo posible. Y como son médicas, no tienen que recordarse unas a otras las medidas de protección.

Les molesta ver cómo algunos han salido a la calle como si el confinamiento no hubiera existido y que las administraciones hayan permitido quizás más actividades de las que sanitariamente eran recomendables. Pero también ellas necesitaban socializar. “Lo hemos pasado muy mal pero somos personas normales”, resume una de ellas.

EFE

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