Por -

Madonna llenó en su segundo concierto en Medellín, aunque no a todos les gustó

Mucha gente se fue a mitad del show. La espera fue eterna. La Reina se hizo esperar; Las filas de occidental fueron largas y cansonas y la salida del estadio fue una pesadilla.

Un público adulto que la esperaba salió entre ofendido y cansado. La gente que iba a verla por su repertorio de radio llegó a Paul Oakenfold y no entendió qué hacía un tipo poniendo discos como si estuviera en una miniteca.

Eso sí, el control de trago estuvo impecable. Aunque sí se vio mucho trago encaletado, la venta se hizo bastante difícil dentro del Atanasio.

Lo cual me pone a pensar: cuándo vamos a podernos tomar una cerveza en un concierto? Por qué en las cabalgatas y en las fondas de ferias sí se puede tomar trago pero en el estadio no? Cuál es la vaina?

Si usted era de los que iba a ver a Madonna para verla cantar “La Isla Bonita”, probablemente salió del Atanasio ayer pensando que perdió su dinero.

Porque si lo que esperaba era un espectáculo musical, MDNA no era el espectáculo.

La Reina del Pop y su séquito de compañías llegaron a Medellín no para mostrar un repertorio de radio, porque ella pasó por ahí en la época de Blonde Ambition hace veinte años.

Aunque SI hizo muchos de sus éxitos. Probablemente no como la gente esperaba, pero los hizo.

Madonna vino a mostrar la corporatización del pop, el negocio que ella ayudó a inventar. Vino a mostrar de lo que está hecha la música en nuestros días.

No de música, sino de dinero.

En alguna época, el pop tenía alma. Pero esa época no es hoy. Vivimos en una era muy distinta.

Madonna sabe esto. Y ha hecho todo el dinero del mundo para hacer algo más que un simple concierto.

Porque solo el dinero la puede mantener vigente, joven para siempre, like a prayer, like a virgin.

Las nuevas canciones…no tanto.

Por eso el sinsabor de mucha gente. Muchos amigos y familiares fueron a verla por lo que fue en los ochenta. No por el montaje ni por las nuevas canciones. Y salieron decepcionados.

Pero usted no puede llamarse Madonna y llegar al 2012 cantando solo “los clásicos”.

Aunque obviamente para muchos en este país, esa era la obligación de la artista: venir, cantar Papa Don’t Preach, ponerse un sombrero vueltiao, animar a su público haciéndolo sentir “especial”, coger la bandera, ondear el tricolor, comer chicharrón, hablar con Fajardo.

Pero Madonna ha estado en el mundo del entretenimiento durante 30 años, cambiando las reglas del juego, adaptándolo a sus necesidades, modificándolo a su parecer, y recogiendo las ganancias.

Y en esos treinta años han pasado muchísimas cosas.

Madonna ha viajado. Ha buscado. Ha encontrado. Se ha perdido. Se ha reinventado. Ha conocido bailarines y compañías, paisajes y religiones, personas y personajes. Ha tenido esposos, novias, novios, hijos. Ha hecho cine, televisión. Ha sido faro de la moda, buscadora incansable de la espiritualidad, provocadora sexual, opinadora política y social, empresaria, bailarina, actriz, artista.

Y cada una de esas experiencias se ve reflejada en la tarima de MDNA, de alguna u otra forma.

De todas esas cosas está hecho el concierto de Madonna: de la vida misma que le ha tocado vivir y de cómo la ha querido vivir. Son tres décadas que no se detienen porque no tienen cómo, porque no se puede devolver el tiempo, porque en su búsqueda constante de la belleza y de la perfección, de la inmortalidad y del show soñado, el resultado no puede ser otro que un asalto a mano armada a los sentidos, una gran mirada desde adentro a la cultura pop desde diferentes disciplinas, no solamente la música.

[Minuto30.com]yDSweoLP2ss[/Minuto30.com]

El concierto

Extravagante y macabra, Madonna inicia esa secuencia de producciones teatrales en el fondo de un pebetero gigantesco que, colgado en la mitad del escenario en el Atanasio Girardot, abre con ceremonia y ritual un paseo de introspección, crítica y talento.

Con monjes salidos de una película de Kubrick, escuálidos contorsionistas con máscaras de gas y simulando dioses egipcios y oraciones paganas a la Virgen María, la primera etapa del show es una campaña de asombro y escándalo, un ejercicio de espiritualidad y mortalidad.

Ese inicio de transgresión es suficiente para que cualquier beato o fan de atrás se quiera ir. Madonna entra después de este ritual a hacer GIRL GONE WILD, GANG BANG y REVOLVER, vestida completamente de negro, orgiásticamente provocando una explosión de sensaciones, ofendiendo a su público con su belleza natural supurando brutalmente sexy entre el latex, sus piernas como dos columnas griegas, sus ojos verdes, su pelo como Barbarella, su culo de piedra.

Inmediatamente después de ritualizar la apertura del show, Madonna ingresa al terreno de la controversia y procede a imitar una masacre en plena tarima, disparando una AK – 47 a diestra y siniestra, asesinando a cuanto bailarín se encuentra en su camino, mientras de fondo las visuales de Akerlund – Doom And Gloom, Smack My Bitch Up – empantanan de sangre las gigantescas pantallas de LEDs.

Cuando no queda un solo bailarín vivo en la tarima, la artista se lanza a una versión minimalista de ‘Papa Don’t Preach’, con la pista original de fondo mientras sale la primera gran atracción malabarística del show, cortesía de Michel Laprise de Cirque Du Soleil: una compañía de funámbulos la acompaña en la transición de “Preach” hacia “Hung Up”, mientras la artista de 54 años, que se niega a envejecer, se quita sus hermosas y altas botas de tacón de plata, para acompañarlos en una maravillosa odisea de brinco en cuerdas flojas y elásticas.

Después de un rato de baile y canto, las imágenes comienzan a hacerse cada vez más importantes. Akerlund proyecta bellísimas facturas de Lil Wayne y Nicki Minaj para la reina, y contrasta la decadencia colorida del imperio Cash Money con imágenes sórdidas a blanco y negro de cementerios, que abre una segunda parte del show, el ya famoso ‘Prophecy’, y en el que de nuevo se hace presente la experticia del Cirque Du Soleil y de Laprise al colgar a toda una banda de guerra en el aire durante los minutos iniciales de “Express Yourself”.

A la mitad de este set se produce uno de los intermedios más importantes del show, y quizá uno de los más nostálgicos. Akerlund usa la radio como motivo de deja vu y proyecta diversas imágenes de la reina a lo largo de treinta años, mientras la estática se apodera del Atanasio y de fondo suenan las viejas épocas, las que mucha gente quería ir a ver anoche: algunas de sus más grandes canciones rápidamente pasan por los parlantes, evaporándose al ritmo del trío Karakan, que la acompaña en los coros desde el principio del show.

Fue aquí el único momento de conexión con la audiencia más allá del espectáculo. Fue el único instante en que la artista hizo un alto en el camino para mostrarse como ha sido siempre: obscena, tierna, dominante, de buen humor, muy fuerte de carácter. En este proceso la acompaña su hijo Roco y el séquito de bailarines se movía de oriental a occidental según su antojo.

Como muestra de aprecio por la ciudad de Medellín, presentó un número llamado “Spanish Lesson”, probablemente acomodado a la necesidad del público colombiano, pero que pasará inadvertido como un número sin fondo ni impacto alguno en un auditorio que estaba enmudecido por el poder de la artista en tarima y también, por la falta de un repertorio reconocible.

Pero el show no se detiene aquí. Akerlund vuelve al ataque y en esta ocasión, Justify My Love reaparece en el repertorio de Madonna, de una forma muy distinta y sin ella presente. La producción de William Orbit es quizá la más notoria de todo el show MDNA: los Jabbawockeez salen y hacen un número de hip hop mientras el remix de Orbit satura los parlantes del Atanasio y al ritmo del más limpio y poderoso de los dubsteps, Justify le va abriendo paso al remix de Shep Pettibone de ‘Vogue’, quizá el momento más hermoso de vieja guardia, el más respetable de los números de antaño de la artista, y el mejor interpretado de la noche.

Madonna procedió entonces a desnudarse lentamente en el Atanasio. Después de ir liberándose de los corpiños y los brasieres Gaultier que la hicieron tan famosa en 1990, la diva va quedando sola en mitad de tarima, con un pianista que la acompaña en una sórdida campaña hacia “Like A Virgin”. Acompañada solo de un puñado de dólares, la escena de hace veinte años por la que casi la meten a la cárcel después de un concierto en Chicago, es ahora menos sexy pero no menos provocadora.

Con sus perfectas y firmes nalgas metidas entre cacheteros y medias de malla, Madge se tira al piso y de repente las palabras “You make me feel so shiny and new” parecen no tener tanto sentido. Como una viuda negra se regodea en su propia sexualidad febril y adulta, mientras lame un micrófono en el piso e intenta alcanzar con la lengua una manzana, que da después de un mordisco a algún espectador, después de decirle: “no sabes en lo que te estás metiendo.”

Los decibelios vuelven a tomar fuerza después de este íntimo número nuevamente ayudados por el morbo y la visión grotesca de Jonas Akerlund, quien durante más de 10 minutos dispara versiones distintas de Madonna en una pantalla, a lo largo de estos años, como retazos de prensa pegados al azar y puestos en collage a toda velocidad, de forma caótica y violenta. Antes de eso desfilan por la pantalla una veintena de fotos de niños víctimas del matoneo, quizá el momento más crudo del show, el más polémico y creo que al que menos bolas le para la gente.

Al ritmo de Like A Prayer en su versión original comienza a despedirse el show de MDNA. Los coros no son hechos en vivo y se nota, pero no importa. Es una de sus cacniones más importantes. La artista va cerrando con Holiday y Celebration, al ritmo de sus bailarines y de su hijo, y de una maravillosa exhibición de mapping tridimensional que desemboca en el rave más grande que ha visto Colombia en vivo y en directo.

Al cerrar con Give It To Me, Madonna simplemente dijo, mientras descendía al fondo de su multimillionario escenario, “muchas gracias Medellín, yo te quiero mucho”, y Medellín aplaudió en señal de respeto, sofoco, exorcismo y escándalo, a la reina del pop, inagotable, incomparable, sin rivales, la que manda, o cuando seamos viejos y le digamos a nuestros nietos, la que mandó en el mundo de la música durante la segunda mitad del siglo veinte y gran parte del siglo veintiuno.


Con información de themusicpimp.com



Deja tu comentario

Te puede interesar


Suscríbete a nuestros boletines

Recibe todos los días las noticias más relevantes de Minuto30.com

Instala nuestras Apps

Todas las noticias de Minuto30 en tu bolsillo
  • Minuto30 para Android
  • Minuto30 Play para Android
  • Minuto30 Play para iOS
  • Síguenos en las redes

    Minuto30.com
  • Minuto30 S.A.S - Copyright © 2020 | Superintendencia de Industria y Comercio - Nit: 900604924-8 | Medellín - Antioquia, Colombia | info@minuto30.com