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El amor que nos ‘devuelve’ Facebook: ¿Que tan real?

El amor en los tiempos de Facebook…

Minuto30.com .- La aparición de las redes sociales, especialmente de Facebook, ha permitido que volvamos a encontrar las personas que fueron importantes en nuestra vida estudiantil.

El amor en los tiempos de Facebook…

Algunos amores de la juventud, algunos ‘odios’ de la juventud que ya no recordamos porque, nuestras mejores amigos y nuestros compañeros de juegos; todos regresan a nuestra vida.

El artículo escrito por la sicóloga Adriana Arias es una de las muchas historias reales que han traspasado las barreras de las pantallas del computador y en el que Facebook es protagonista de una nueva historia de amor que debió vivirse muchos años atrás

Un viejo amor se coló en Facebook

Pasaron veinte años. Una vida. Por momentos siento como que aquel tiempo no me pertenece, de tan lejano, de tan ajeno.

Fue una sorpresa que me produjo una sensación ambivalente: alguien decidió despertar una etapa de mi vida que no cabía en mi realidad hoy.

Mi primera reacción fue ciertamente negativa. Volver a encontrarme con mis compañeros del colegio me parecía como sumergirme en un viaje misterioso e inquietante. Las ideas respecto al paso del tiempo me torturaban, el imaginar vernos en el espejo que todos nos ofreceríamos me parecía patético, la sensación de no tener nada que ver con esa gente a la que suponía extraños y desconocidos implicaba, para mí, un esfuerzo que no estaba dispuesta a transitar.

La red del pasado

Hasta hace muy poco no tenía Facebook, ni Twitter, ni Messenger. Honestamente, no me parecían esenciales; por el contrario, los vivía como una atadura más entre las tantas a las que la informática nos instiga. Pero los chicos, adictos y talentosos consumidores de las bondades de la cibernética, decidieron incluirme en su mundo.

Casi inmediatamente comenzaron a llegar los mensajes de mis viejos compañeros de colegio. Confieso que me costó mucho reconocer sus nombres y sus rostros, me molestaba la familiaridad con la que creían tener derecho a inmiscuirse en mi vida. ¿Quiénes son? ¿En qué extraña confianza se apoyan para suponerse una comunidad activa y vital?

Nada, no estoy obligada a meterme en este juego ridículo. Tengo una vida plena, un matrimonio feliz, hijos encantadores y una profesión que me nutre y con la que me identifico. También tengo amigos y amigas elegidos y sostenidos desde mis valores y creencias actuales. No tengo razón para hacerme pasar por otra. Esa otra tan extranjera en mi realidad estable y cómoda.

Pero mirá que son insistentes estos tipos y tipas. Intiman, se ríen, cuentan anécdotas, se los percibe excitadísimos con la idea del reencuentro.

Conmigo no, ya lo dije, no entro en esta payasada infantil y primaria. Seguramente tendrán pocas cosas importantes de las que ocuparse para pasar horas juntando fotos antiguas y colgándolas para compartirlas con los amiguitos de la infancia… ¡Qué cursilería!

Recordar, inevitable

Sin embargo algo inesperado me ocurrió. Especialmente de noche, antes de entregarme al sueño, imágenes desordenadas acudían a mi memoria. Rostros, escenas, sensaciones guardadas quién sabe en qué cajón de mis recuerdos.

Me encontré, de manera insospechada, recorriendo en mi imaginación cada banco del aula con el objetivo de asociar rostros y nombres y, más sorpresivamente aún, recordaba a casi todos y todas. Esas noches me descubría en mi cama, de espaldas, estirando la previa y con una deliciosa sonrisa instalada.

De un día para el otro, me encontré siguiendo los comentarios de mis compañeros y divirtiéndome con ellos. Hasta que descubrí entre todos a Juan Manuel, incluido con total familiaridad en el intercambio grupal.

Juan Manuel, Juanchi le decíamos en el cole. Sé que resultará exagerado y pueril, sin embargo, y de manera inmediata e inesperada, brutal y contundente, reapareció mi amor adolescente hacia él. Mi primer amor, el cobijo de todas mis más encendidas fantasías, el sueño imposible.

En ese exacto momento decidí que iría a la reunión programada. Moría por encontrarme con él, volver a ver sus ojos verdes, su sonrisa socarrona, su soberbia apoyada en el hecho de ser “el más lindo de todos”. Porque Juanchi era -sin duda alguna- el chico más popular del colegio. Todas caían a sus pies y cumplían cada una de sus sugerencias así como reían como locas ante cada una de sus ocurrencias.

Yo siempre lo miraba de lejos. Mi timidez, la inseguridad con mi cuerpo en aquel tiempo flaco, alto y desgarbado, hacía que no entrara en ninguna categoría que me permitiera demostrarle lo que por sentía él. Jamás nadie llegó a saber que cada noche escribía un poema dirigido a él y que conciliaba el sueño luego de un largo rato de llanto profundo e impotente.

De Facebook a la vida real

Y llegó el esperado día del reencuentro. Resultó ser que una de nuestras compañeras es psicóloga y, típico de la profesión, propuso un juego para remontarnos a nuestra historia compartida. La consigna era: “cada uno tiene que contar algo que haya ocultado en ese tiempo o relatar una historia no conocida por todos.

Los relatos giraban alrededor de travesuras infantiles, bromas gastadas a profesores, mentiras sostenidas durante mucho tiempo, la vez que alguno le robó la lapicera a otro, la vez que alguno buchoneó o se cubrió echándole la culpa a otro frente a algún profe, etcétera. Algunos se animaban un poco más y, entonces, surgían graciosas anécdotas sobre juegos sexuales infantiles, transgresiones que hoy nos parecían tan inocentes a todos.

El clima se tornaba acogedor y relajado, casi íntimo, como una familia que recuerda su historia, delata sus secretos, desoculta. Fuimos nuevamente nosotros, los de quinto B, reconstruimos nuestra identidad grupal de forma casi mágica.

Hasta que le llegó el turno a Juanchi. Hizo un pequeño silencio que pareció premeditado dado lo relajado que estaba y soltó, de una, sin anestesia:

-Yo siempre estuve enamorado de Cecilia.

Se hizo un silencio importante, como si de un minuto al otro se hubieran cortado los chistes. Todos nos pusimos serios.

-¿Pero si Cecilia soy yo?, solté la pregunta sin darme cuenta.

De inmediato me sumergí en un mutismo total y mi memoria se llenó de aquellos momentos: mi desesperación y su desinterés, mi inhibición y su despliegue, las chicas bellas a su alrededor y mi ridícula estética.

Me di cuenta que todos nos miraban a los dos y, perpleja, descubrí su mirada posada en mí.

De golpe volvieron las risas en conjunto acompañadas de frases multiplicadas que resaltaban la declaración de Juanchi.

Aún sumida en mi estupor, me asustó el hecho de que todo fuera una gran broma consensuada y que el objetivo de esas risas fuera yo. Sin embargo, la mano de Juan sobre la mía, su dulce media sonrisa y la frase susurrada: Ceci, es verdad, nunca pude olvidarme de lo que sentí por vos. A veces creo que aún lo siento.

Y en un instante el tiempo se esfumó, cronos sucumbió ante sus palabras y su contacto y las mariposas en mi panza se desplegaron como si solo hubieran estado descansando por veinte años y volvieran a abarcarme toda.

Dicen que el amor se construye con las vivencias, que el amor se define en acto, que es la suma de todo lo compartido y construido, que la famosa “mitad” no existe, que Cupido está viejo y perimido.

Sin embargo, puedo asegurar que eso que nos ocurrió es amor, a destiempo, insostenible, interpretable por donde lo mires, pero tan verdadero, tan orgánico y visceral, tan líder de todos los deseos, tan superior a todos los mandatos.

Y aquí estamos, entregando nuestros cuerpos y nuestras almas a ese amor tan conocido, tan esencial, tan propio y tan nuestro. Todo gracias a Facebook.



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