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Cuánta ‘culpa’ tienes en cada golpe que te da él?

Sentirnos amadas por el hombre que hemos escogido para pasar cada día de nuestra existencia es el mayor regalo que esperamos como mujeres, pero el momento en el que sentimos que ese hombre se convierte en el ser mas despreciable del mundo luego de hacernos sentir como lo peor que hay sobre la faz de la tierra es indescriptible. Alejate a tiempo de ese infierno: Por difícil que sea lo lograrás.

Testimonio de una mujer que ha sido víctima de violencia intrafamiliar

“Vos me provocaste”. ¿Cuántas veces escuchamos esta frase. ¿Cuántas veces, desde varios ámbitos, pusieron en cuestión una situación de violencia con preguntas como ‘qué le hiciste’, ‘qué le dijiste’?

Y nosotras, con la enferma costumbre de hacernos responsables de todo, nos ponemos en duda una vez más y terminamos justificando el maltrato de “la persona que nos ama”.

Me encantaría decir que hace un año “me separé”, pero la realidad es que de mi casa, yo me fui corriendo. Después de varias noches de miedo y atosigamiento, le avisé dos veces a mi ex pareja que me iba -recibí como respuesta ignorancia y burla-; alcé a mi hija, agarré una mochila y salí corriendo con el corazón a mil. No era la primera vez que me iba, pero esa vez fue para siempre.

Ahora no tengo mochila, mi hija dejó de enfermarse seguido y no tiene más cara de susto. Por mi parte, empiezo a saber de qué se trata la libertad, el bienestar, estar tranquila. Antes, me parecían palabras sin sentido, situaciones utópicas.

No tardaron en llegar sus llamados: “Me prohibís a la nena”, “te voy a denunciar”, “vos también estás loca, exagerás, no era para tanto, sos una nena de mamá, en la vida se sufre…”. Pero eso tiene un nombre: violencia de género.

No estamos locas, no exageramos. Si elegimos mal, estamos siempre a tiempo de cambiar.

Seguramente también fuimos “violentas”, pero ante la relación de fuerzas con un hombre prefiero llamarle “defensa”. Las palabras hirientes, el control del dinero, los celos, las psicopateadas.

Cuando queremos decir “basta”, viene un amor incondicional y arrepentimientos eternos del otro lado. Cuántas veces nos pidieron perdón.

No se trata de amor. O sí, pero de amor propio. Amor propio es no permitir que nos obliguen a tener relaciones sexuales, que nos celen, que nos prohíban ver gente, amigos, familia.

Sentimos impotencia. Romper costumbres patriarcales tiene que ser una tarea diaria. En el trabajo, puertas adentro, donde vayamos. Los lugares de trabajo que nos obligan a vestirnos para provocar, ubicándonos como objetos, que nos discriminan con menores sueldos y tareas varias.

No tenemos la culpa. No lo provocamos. Pero sí es responsabilidad nuestra cortar con eso si queremos. Sabemos que es muy difícil, que nos volvemos paranoicas si se enteran que contamos lo que pasa. Pero existen lugares y mujeres que pasaron por lo mismo que nos dan herramientas concretas para dejar de ser víctimas y elegir una vida mejor.

Cuando “me separé” pensé que a mi hija tenía que darle el mejor ejemplo de mujer, madre y compañera. Eso me dio la fuerza para poder tomar el primer impulso y tratar de no permitir la violencia nunca más.

Con información de entremujeres.com



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