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24-4-1999. El día en el que la selección española aprendió a ganar

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Más allá del oasis en el desierto que supuso, durante demasiados años, la victoria en la Eurocopa del 1964, parecía imposible ver a un español levantar un trofeo de prestigio hacia el cielo.

Pero todo comenzó a cambiar el 24 de abril del 1999, cuando el combinado sub20, liderado por Xavi Hernández desde el centro del campo, abrió la puerta a todos los triunfos que el balompié nacional ha ido celebrando después, hasta hoy, ganando el Mundial de la categoría, en Nigeria.

«No sé si fue una coincidencia o no, pero quizás se podría decir que el boom de la selección se inició ahí, en Lagos», asegura a EFE, con una mezcla de modestia e indisimulado orgullo, el exdelantero gallego Pablo González Couñago (Redondela, Pontevedra; 1979).

Catapultó al equipo de Iñaki Sáez hacia el título con cinco goles que le sirvieron, además, para conseguir la Bota de Oro y el Balón de Bronce del torneo y para hacerse un hueco en el once ideal de la competición.

«Por muchos años que pasen, lo vamos a recordar siempre. Siempre. Todo aquello está grabado a fuego. Fueron momentos muy bonitos. Preciosos. De aquellos a los que siempre te gustaría volver. Para todos los que estuvimos ahí, para todos los que lo vivimos, fue algo increíble. E inolvidable», asegura en conversación telefónica.

«Cuando se cumplen años de aquel 24 de abril del 1999 siempre es un día bonito para recordar todo lo que vivimos ahí, en Nigeria», prosigue el ‘9’ de aquella selección; que cuando era un chaval que empezaba a adentrarse en el mundo del balompié ataviado con la camiseta del Casa Paco de su Redondela natal ni siquiera podía llegar a imaginarse ganar un Mundial.

Recuerda que es «una experiencia para toda la vida», pero que fue fácil. «No fue nada fácil. Hubo momentos duros a lo largo de la competición. La estancia ahí fue caótica. Fueron días felices, pero, a la vez, complicados y largos», remarca.

España debutó en aquel Mundial el 5 de abril, doblegando a la Brasil de Ronaldinho, Geovanni Deiberson, Matuzalem, exjugador del Real Zaragoza, o Luís Eduardo Schmidt, ‘Edu’, exjugador del Celta de Vigo y el Real Betis, por 2-0.

Dos tantos del culé Gabri García de la Torre en la primer acto, en uno de los partidos de la primera jornada de la fase de grupos. El combinado español estaba formado por los porteros Dani Aranzubia (Athletic Club), Iker Casillas (Real Madrid), los defensas Carlos Marchena (Sevilla), David Bermudo (Barcelona), Álvaro Rubio (Real Zaragoza), Pablo Coira (Compostela) y Francisco Javier Jusué (Osasuna)y los centrocampistas Pablo Orbaiz (Osasuna), Fernando Varela (Betis), Gonzalo Colsa (Logroñés), Xavi Hernández (Barcelona), José Javier Barkero (Real Sociedad) y Fran Yeste (Athletic Club).

Delante estaban los delanteros Pablo Couñago (Numancia), Rubén Suárez (Sporting de Gijón), Gabri García (Barcelona), Álex Lombardero (Lugo) y un David Aganzo (Real Madrid) que un día antes de que la expedición partiera hacia Nigeria reemplazó el lesionado Gerard López. En la segunda jornada, España empató sin goles ante Zambia.

El conjunto de Iñaki Sáez afianzó la clasificación por los octavos de final en la tercera y última jornada de la fase de grupos, superando a Honduras, en Port Harcourt, por 1-3, con dianas, en la primera mitad, de Pablo Couñago, Fernando Varela y Rubén Suárez.

Su destino se cruzó entonces con el del conjunto estadounidense. Un doblete de Pablo Couñago, formado en la cantera del Celta, y una diana de Xavi Hernández allanaron, en la primera media hora, el camino de la selección hacia los cuartos de final.

Los norteamericanos reaccionaron tras el paso por los vestuarios, con un gol al inicio del segundo acto y otro en el epílogo del encuentro, pero el equipo reafirmó su candidatura avanzando a la siguiente ronda, en la que se encontró con Ghana.

La selección española sub20, que había sido subcampeona en 1985 y que volvería a serlo en el 2003, se adelantó en el minuto 54 por mediación de José Javier Barkero, que transformó un penalti cometido sobre él mismo, pero, ya en el tiempo añadido, el conjunto africano restableció el equilibrio inicial con un gol de Peter Ofori-Quaye, el que era el jugador más joven en anotar un tanto en la Liga de Campeones, con 17 años y 195 días, hasta que el azulgrana Ansu Fati le arrebató el récord en diciembre.

El duelo, disputado el día 18 de abril en la ciudad de Kaduna, en el corazón de Nigeria, tuvo que decidirse en la tanda de penaltis, en la que, después de que Xavi, Lombardero y Yeste anotaran sus penas máximas, un error de Gabri pudo suponer el adiós de la selección española.

Pero, justo después de que Jusué marcara el quinto penalti español, el capitán ghanés, Hamza Mohammed, estrelló el suyo en el travesaño; dándole una vida extra al cuadro de Iñaki Sáez.

Bermudo, Marchena, Orbaiz y Varela materializaron sus penaltis, y, ya en la 18ª pena máxima, Iker Casillas detuvo el lanzamiento de George Blay para darle al equipo español un billete para las semifinales.

La selección maliense, liderada por un Seydou Keita, que acabaría ganando el Balón de Oro del torneo, y en la que destacaba, también, el exmadridista Mahamadou Diarra, fue el siguiente escollo en el camino de los pupilos de Iñaki Sáez; que se avanzaron en el marcador con dos tantos de Fernando Varela en los primeros 30 minutos del duelo, disputado en Kaduna.

Mahamadou Dissa, que cerró el torneo con cinco goles, como Couñago, recortó distancias en los primeros compases de la segunda parte, pero, y aunque Mali acarició el empate en varias ocasiones, la selección española acabó imponiéndose por 1-3 gracias a un chut de Xavi desde el balcón del área, ya en el minuto 90.

El sorprendente combinado japonés, que en las semifinales había superado a la Uruguay de Diego Forlán o Javier Chevantón, y en cuartos y octavos, a la México de Rafael Márquez o Gerardo Torrado y a la Portugal de Simão Sabrosa, fue el rival del conjunto español en la gran final; aunque los 38.000 espectadores que acudieron al National Stadium de Lagos tan solo vieron un equipo sobre el césped.

El equipo de Iñaki Sáez, formado, de inicio, por Aranzubia; Coira, Marchena, Jusué, Bermudo; Varela, Orbaiz, Xavi, Barkero; Gabri y Couñago, arrolló al cuadro nipón, dejando decidida la final en la primera parte. Barkero estrenó el marcador en el minuto 5, marcando un libro indirecto dentro del área, y, antes de la media hora, Couñago sentenció la final con su cuarto y su quinto, y último, tanto en el Mundial.

Ya en el minuto 51, España celebró el 4-0 definitivo por mediación de Gabri, asistido por un Couñago que sigue sonriendo al revivir aquellos días, y al ver la medalla de oro, la Bota de Oro y el Balón de Bronce de esa Copa del Mundo.

«Los tengo aquí, en casa; expuestos en una sala con varios trofeos que he ido logrando a lo largo de mi carrera. No es la de Xavi o la de Iker, pero también está bien. He disfrutado muchísimo y he vivido grandes momentos. De vez en cuando, mis hijos traen a casa algún amigo que quiere verlos porque sus padres les han contado que jugué con Xavi Hernández e Iker Casillas», apunta, sonriente.

Para Pablo Couñago haber compartido vestuario «con dos referentes tan grandes» todavía le da «más brillo», a todo aquello. «Es un orgullo enorme. A veces te paras y te dices: ‘¡Guau! He jugado con estos dos, que se han comido el mundo del fútbol’. Es la hostia. Es la hostia, realmente», asegura.

Tras regresar de Nigeria, y sin hueco en un Celta de Vigo que, a principios de siglo, estaba escribiendo los días más gloriosos de su historia, Pablo, que creció idolatrando a Hristo Stoichkov, Éric Cantona y Ronaldo y que jamás llegaría a debutar con la selección absoluta, fue cedido al Recreativo de Huelva, que jugaba en Segunda; al igual que el Numancia, en el que había militado en calidad de préstamo durante la temporada 1998-99.

El ariete gallego volvió a Balaídos en la 2000-01, pero, tras jugar apenas 17 partidos, decidió irse al fútbol británico, al Ipswich Town de la Premier League.

El Málaga, el Ipswich, de nuevo, el Crystal Palace, el Dong Tam Long An vietnamita, el Kitchee de Hong Kong, el Choco de su Redondela natal, donde sigue residiendo, el Honka Espoo y el PK-35 Vantaa finlandeses y el Alondras gallego fueron sus siguientes clubs hasta que en 2018 colgó las botas vistiendo la camiseta del Choco, del conjunto en el que había jugado su padre, que falleció cuando él tenía nueve años.

«Me hacía ilusión acabar aquí. En el club del pueblo. Fue muy emotivo. Precioso. Súper especial», afirma Pablo González Couñago que, en la actualidad, ejerce como segundo entrenador del equipo juvenil del Choco, que aguarda a que se retome la competición para hacer realidad la gesta de ascender la máxima categoría, y que, desde los banquillos, sigue disfrutando del fútbol como lo hizo aquel 24 de abril de hace justo 21 años en el que fue uno de los grandes protagonistas de una de las victorias más importantes del balompié estatal.

EFE

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