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Temperamento y carácter ¿Por qué es fundamental distinguirles?

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Por: Alexander Havard

De origen francés, ruso y georgiano, Alexander Havard es el creador del Sistema Liderazgo Virtuoso. Sus libros “Liderazgo Virtuoso”” (2007),“Creados para la grandeza” (2011), “Del temperamento al carácter” (2018), “Corazón libre” se han traducido a más de 20 idiomas. Alexander se graduó en Derecho por la Universidad René Descartes de París y ejerció como abogado en Estrasburgo y Helsinki en los años 1980-1990. Desde 2007 reside y trabaja en Moscú. Alexander es el fundador de unos 15 institutos de Liderazgo Virtuoso en los cuatro continentes.

El temperamento es una predisposición natural e innata a reaccionar de una determinada manera. Es un don de la naturaleza y, en último término, de Dios. Podemos ser coléricos o melancólicos, sanguíneos o flemáticos. Nacemos con un temperamento y no podemos cambiarlo: moriremos con las cualidades y los defectos de nuestro temperamento.

Sobre la base del temperamento, forjamos el carácter. El carácter está compuesto por virtudes, y las más importantes son: la prudencia, la fortaleza, el dominio de sí, la justicia, la magnanimidad y la humildad. Las virtudes son hábitos morales, fuerzas espirituales adquiridas y desarrolladas por la práctica. No hemos nacido con nuestro carácter: es algo que construimos nosotros.

Mediante la educación del carácter, aprendemos a superar los defectos de nuestro temperamento. Aprendemos a hacer, cuando es necesario, lo contrario de «lo que me pide la inclinación natural», porque con frecuencia eso dista de ser perfecto. El colérico, por ejemplo, está naturalmente inclinado al orgullo y a la ira. Sin embargo, puede superar sus defectos mediante la práctica de la humildad y del dominio de sí. A su primera reacción, que es fisiológica, puede responder con una segunda reacción, que es espiritual.

Los cuatro temperamentos se definen de la siguiente manera:

  • El colérico es enérgico: está orientado a la Acción.
  • El melancólico es profundo: gira en torno a la Idea.
  • El sanguíneo es espontáneo: vive de su relación con las Personas.
  • El flemático es comedido: busca por encima de todo la Paz.

En Rusia y en Portugal predomina el temperamento melancólico. En España, el colérico. En Italia y en América latina, el sanguíneo. En Finlandia, el flemático. En muchos países, por ejemplo, en Francia y en Estados Unidos, no se puede identificar ningún temperamento predominante.

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Nuestro temperamento nos inclina en una dirección o en otra: el colérico está inclinado a hacer muchas cosas, pero le cuesta preocuparse por las personas; el melancólico está inclinado a contemplar bellas ideas, pero le cuesta ponerlas en práctica; el sanguíneo está inclinado a compartir sus sentimientos con los demás, pero le cuesta poner la última piedra a sus proyectos; el flemático tiende a analizar procesos, pero se le hace difícil soñar grandes cosas.

La virtud compensa los defectos de nuestro temperamento: el colérico que practica la humildad se preocupa de las personas; el melancólico que practica la audacia se pone en acción; el sanguíneo que practica la resistencia termina sus proyectos; el flemático que se hace magnánimo sueña a lo grande. Cada uno escala la cima de la excelencia por un camino y una pendiente que le son propios, pero es el temperamento el que le indica esa pendiente y ese camino.

Es importante discernir, en cada uno y en los demás, qué depende de lo fisiológico y qué depende de lo espiritual. La energía fisiológica no es la fortaleza, pero la favorece; la apatía fisiológica no es la pereza, pero la favorece. Así, hay dos extremos que deben evitarse: uno consiste en negar la realidad del carácter, otro, en negar la realidad del temperamento. El primer error es el «determinismo», el segundo, el «voluntarismo».

Los deterministas niegan el espíritu, el carácter, la virtud: así, interpretan las acciones humanas desde el punto de vista exclusivo de la biología. Al justificar sus bajas acciones por la peculiaridad de su temperamento, los deterministas están negando, de hecho, su libertad, su responsabilidad, su dignidad. Y la de los demás.

Los voluntaristas niegan el temperamento. Interpretan las acciones humanas exclusivamente desde el punto de vista de la voluntad (de la libertad). Conciben las tendencias fisiológicas como defectos espirituales. En la acción incansable del colérico no ven más que orgullo; en el ensimismamiento creativo del melancólico, egoísmo; en la alegría de vivir del sanguíneo creen ver falta de dominio de sí, y el flemático no es, a su juicio, más que un perezoso y un holgazán.

Los voluntaristas aman la uniformidad espiritual, y no toleran fácilmente la multiplicidad de comportamientos. Solo tienen un modelo de excelencia en la cabeza: el modelo forjado por su propio temperamento. Con frecuencia acusan a los que hablan de diversos temperamentos de «categorizar» a las personas, de «encasillarlas», cuando ellos mismos ya han metido a toda la humanidad en una sola casilla: la de su temperamento, que en realidad es una prisión espiritual para los que tienen un temperamento diferente. Es una mala idea elegir a un mentor o director espiritual entre los voluntaristas.

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