Foto de archivo.
Gustavo Petro envió una carta a su homólogo estadounidense, Donald Trump, proponiendo una «tregua» en el intercambio de declaraciones y un enfoque renovado en la cooperación bilateral. La misiva, fechada el 22 de junio, se dio a conocer días antes de que la relación entre ambos países se viera afectada por el llamado a consultas de los embajadores en Washington y Bogotá.
En el texto, el mandatario colombiano hizo una reflexión sobre el reciente «intercambio de opiniones» entre la Secretaría de Estado de EE. UU. y la Presidencia de Colombia, que alcanzó notable visibilidad pública. Petro reconoció la responsabilidad compartida de los líderes en «cuidar las palabras y los gestos», especialmente en un contexto de «agitación y desinformación».
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La carta busca aclarar interpretaciones sobre algunas de sus expresiones pasadas. Petro afirmó que cualquier declaración suya que pudo haberse entendido como una acusación directa de participación estadounidense en un «supuesto golpe de Estado» en Colombia, «no tenía la intención de señalar a nadie de manera personal ni de cuestionar sin fundamentos el papel de los Estados Unidos».
Sin embargo, el presidente colombiano también manifestó su «preocupación profunda» por la insinuación pública de que la «retórica violenta» de su administración fue un detonante del atentado contra el senador Miguel Uribe Turbay. Petro reiteró que las autoridades investigativas no han encontrado pruebas que vinculen a su gobierno o sus discursos con ese lamentable hecho, enfatizando la necesidad de que los responsables sean juzgados «sin sesgos ni intereses políticos».
En un llamado a «pasar la página de los malentendidos», Petro instó a mirar hacia adelante, enfatizando que los desafíos hemisféricos —como la crisis climática, la desigualdad, la migración y la violencia transnacional— exigen cooperación y no «recriminaciones». Concluyó reiterando su propuesta de convocar una cumbre entre el gobierno de Estados Unidos y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), no solo como un gesto simbólico, sino como una «oportunidad real de sentarnos como iguales a pensar el futuro que compartimos».
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