Afganistán y la perversa relación de política y religión

Por: Jorge Mejía Martinez

Lo de Afganistán fue brutal. Imposible eludir las comparaciones con las imágenes de la derrota de los EEUU en Vietnam en 1975, después de sacrificar miles de vidas de soldados norteamericanos y pobladores vietnamitas y despilfarrar miles de miles de millones de dólares en una guerra condenada al fracaso porque la mayoría de la población estaba por el cambio del sistema y del gobierno. Esfuerzos y costos similares se asumieron en Afganistán por la comunidad internacional en cabeza del país norteamericano.

Todas las manos de las potencias se posaron en suelo afgano, desde los ejércitos soviéticos inicialmente y luego los rusos, desalojados por los guerrilleros afganos musulmanes, muyahidines, apoyados por los EEUU, hoy víctima de sus antiguos socios. El panorama tiene muchas complejidades, como el papel de las drogas duras como la amapola y el opio convertidas en el combustible del conflicto, y el papel de la religión islámica como la motivación ideológica del mismo.

El islam es la segunda religión más importante, en número de creyentes en el mundo, con una cifra cercana a los 1.800 millones de musulmanes. Esta religión surgió en la península Arábiga durante el siglo VII con el profeta Mahoma, que difundía las enseñanzas de Alá, el dios de los musulmanes.

Mahoma murió sin descendencia masculina en el año 632 y su muerte desencadenó una lucha de poder entre sus seguidores. Las dos principales ramas del islam, sunismo y chiismo, se enfrentaron entonces para decidir quién tenía el derecho legítimo a liderar a los musulmanes. Este enfrentamiento provocó una profunda división que todavía sigue en la actualidad.

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Aproximadamente el 99,7% de la población en Afganistán profesa el islam, pero entre ellos podemos encontrar diferentes variantes de la misma. El 90% de ese porcentaje practica el islam sunita, el 9’7 profesa el islam chií y el 0’3% restante otras religiones minoritarias, como el hinduismo o el budismo. Este fin de semana las banderas enarboladas en Kabul, sin ninguna resistencia y con un Presidente del país huyendo, fueron portadas por guerrilleros sunitas. El sector más radical del islamismo y cuyo recuerdo de hace dos décadas cuando fueron gobierno, produce desazón e incertidumbre por el irrespeto a los derechos humanos, en especial por el maltrato a las mujeres.

La relación política y religión siempre ha sido una muestra de perversión. La política aprovecha la religión y esta aprovecha la política. La iglesia cristiana ocupó un papel protagónico durante el feudalismo para avalar el absolutismo que permitía la concentración del poder en una persona, ungida como monarca por voluntad divina y contra quien no valía la rebelión so pena del castigo eterno.

Hasta que la revolución francesa reivindicó el derecho del pueblo a elegir sus gobernantes y la división y separación de los poderes. La conquista de América por los españoles tuvo a la iglesia católica como su protagonista. Al lado de un soldado o aventurero español, había un misionero con la misión de imponer a las buenas o a las malas una religión monoteísta como la cristiana en lugar de politeísmo imperante entre los aborígenes.

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La iglesia por su lealtad a la corona recibió prebendas especiales como la posesión de vastas extensiones de tierras a perpetuidad y exentas de impuestos, privilegios que conservó mucho después de la independencia hasta que en 1861 Tomás Cipriano de Mosquera sancionó la abolición de las manos muertas, para indicar que tales propiedades de tierras podrían cambiar de manos y dinamizar, por tanto, la maltrecha economía de la república.

La relación de la política y la religión no desapareció con el fin del concordato entre el Estado colombiano y el Vaticano, ni con la adopción de la nueva constitución laica del año 91. Las iglesias cristianas son protagonistas del quehacer electoral, con partidos y movimientos propios, lo que contribuye a la confusión ineludible de las fronteras entre el pastoreo religioso y el afán de conseguir votos, y por parte de algunos o muchos miembros de las iglesias, sonsacar dinero a los ilusos candidatos que muy devotos se acercan a las pilas bautismales o a los altares por una bendición delante de la feligresía conminada a brindar su apoyo.

Lo de Afganistán es un simple recorderis de la perversa relación entre la política y la religión. El fusil y la espada bajo el amparo de la biblia o el Corán, evidencian lo mucho que nos falta de humanidad.

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